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Desubicados

26 mayo, 2019

 

Es conocido que la costumbre de distribuirse a izquierda y derecha en los parlamentos, en función de la ideología de los parlamentarios, data de los tiempos de la Revolución Francesa. De hecho, cuando pensamos en política, una gran parte de la ciudadanía nos situamos en el eje izquierda-derecha. En el caso de los parlamentarios, suelen tener tan asumida su posición que, en ocasiones, hasta cuando hacen un curso fuera del parlamento, y asisten diputados de distintas ideologías, se sitúan automáticamente en el aula como lo harían en un hemiciclo o en una sala de comisiones.

 

No obstante todo lo anterior, los cambios políticos que hemos vivido en los últimos tiempos, como consecuencia de la aparición de nuevos partidos, están produciendo ciertos desajustes que dan lugar a escenas tan chocantes como la que vimos el martes pasado, en la que los diputados de un partido que se sitúa en las posiciones de la derecha más extrema de nuestro arco político, se sentaron, durante la sesión constitutiva del nuevo Congreso, en los bancos que tradicionalmente vienen ocupando los diputados y diputadas socialistas.

 

La escena me recordó otra que viví la pasada legislatura. Esa mañana se celebraba en la Sala Ernest Lluch la Comisión de Cultura. La sala Lluch es, después del Hemiciclo, la más grande del Congreso. Un pasillo central la divide a la manera bipartidista, y cuando sesionan las comisiones en ella, dado el  tamaño de la sala y la composición de las comisiones, los diputados apenas ocupan las dos o tres primeras filas.

 

Aquella mañana coincidimos, al entrar en la sala, el portavoz del PP y yo, nos saludamos y nos dirigimos al pasillo central mientras hablábamos sobre los asuntos más relevantes del orden del día, que eran pacíficos, o en todo caso, que entre todos pacificaríamos, pues ese fue el espíritu de la Comisión de Cultura en la legislatura pasada. Al llegar a la altura de la primera fila, que es donde a izquierda y derecha del pasillo se sientan los portavoces del PP y del PSOE, encontramos que la fila del PP estaba vacía, sin embargo, en la que habitualmente nos sentamos los socialistas, estaba ocupada por los portavoces y algunos diputados de Unidos Podemos y Ciudadanos.

 

Jocosamente, el portavoz del PP me dijo: “yo que tú me preocuparía, os están ocupando el espacio a los socialistas”. A lo que le respondí: “es normal, todo el mundo quiere nuestro espacio, más bien quienes deberíais preocuparos sois vosotros, porque nadie quiere el vuestro”. Luego, me senté en la segunda fila, y en adelante procuré llegar el primero a la sala.

 

El pasado martes, cuando vi por televisión a los diputados de la extrema derecha en los bancos habituales de los socialistas me acordé de esta anécdota y pensé: ahora toda la derecha quiere ser como ese partido que no nombraré, pero que podría llamarse Ecos del Franquismo, y resulta que los de ese partido, más que desubicados en el espacio, lo que están es perdidos en el tiempo, y todavía no se han enterado de dónde se sientan los parlamentarios como ellos después de la Revolución Francesa.

Publicado en el diario SUR el 26 de mayo de 2019

Razonando lo razonable

19 mayo, 2019

 

 

Al final solemos hacer lo razonable después de haber intentado todo lo demás. El comportamiento de los secesionistas catalanes en la elección de Miquel Iceta como senador autonómico es la prueba de que todavía están intentado todo lo demás. Lo razonable hubiera sido respetar la decisión del PSC de proponer el senador autonómico que le corresponde, por cuota, en función de los votos populares obtenidos.

 

Hay consensos que deberían estar fuera del debate partidario convencional, y algo va mal cuando entran a formar parte de él. Por ejemplo, en 2011, por decisión del PP, los diputados de ERC en el Congreso quedaron excluidos de la Comisión de Secretos Oficiales. Cuando se produjeron las votaciones, los socialistas apoyamos la permanencia de ERC en la Comisión, sin que se nos ocurriera pedirles nada a cambio. Por supuesto no estábamos, ni estamos, de acuerdo con ERC en asuntos fundamentales, pero no se nos ocurrió chantajearlos, y votamos a su candidato. En 2017 el PP hizo lo razonable y permitió que ERC volviera a la Comisión de Secretos Oficiales.

 

Ahora, en el Parlamento de Cataluña, los secesionistas actúan contra los socialistas de la misma manera que los populares actuaron contra ellos en el Congreso de los Diputados. Como ahora le ocurre a la dirección de ERC, también entonces la dirección del PP tenía un arsenal de excusas, pero ninguna les da derecho a privar a los socialistas y a sus votantes de la representación en el Senado. Una arbitrariedad aprobada en votación sigue siendo una arbitrariedad. Los secesionistas usan su mayoría para forzar la ley y vulnerar la democracia. Y  no es una excepción, sino un método. El secesionismo catalán tiene una malsana afición a votar para cercenar los derechos de las minorías, y el respeto a las minorías define el carácter de una democracia tanto como el voto.

 

Durante los años que fui diputado me tocó votar en muchas ocasiones, ya fuera para las mesas del Congreso y de las comisiones, o para órganos como la Comisión de Secretos Oficiales, a personas cuyas ideas no compartía, pero que tenían derecho a formar parte de esos órganos. Votar a esas personas, incluso cuando mi voto era secreto, iba más allá de la cortesía parlamentaria, lo hacía por respeto a un principio democrático más elevado. Y ese siempre fue el comportamiento de la inmensa mayoría de los diputados y diputadas con los que coincidí a lo largo de cinco legislaturas.

 

Por eso estos días me gustaría poder encontrarme con algún diputado de ERC de los que voté en alguna ocasión y decirle, como le dije más de una vez: no te haces una idea del daño que estáis haciendo, no a Miquel Iceta, no al PSC o al PSOE, que es lo de menos, sino a la convivencia democrática entre millones de personas. Es verdad que no son los únicos, es verdad que su juego necesita más jugadores, y no les han faltado. Muchas veces me pregunto si unos y otros no tendrán una madre con Alzheimer, un hijo en el paro, un hermano enfermo, no sé, algún problema de adulto, de esos que atraviesan todas las fronteras, las vallas, las tapias y los muros.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 19 de mayo de 2019

 

 

Dani Pérez y la hora de Málaga  

12 mayo, 2019

Después de todo, si algo quedó claro en las pasadas elecciones generales es que la mayoría del electorado prefiere las posiciones moderadas y rechaza las radicales. Algo parecido se puede concluir de la encuesta de la empresa Celeste Tel que se publicaba en las páginas de este periódico el pasado miércoles. Los dos candidatos con más posibilidades de lograr la victoria en las elecciones municipales de la ciudad de Málaga el próximo 26 son, por este orden, Dani Pérez y Paco de la Torre. Los dos son los únicos candidatos que alcanzan el aprobado, y los dos militan en las filas de la moderación, que es una coincidencia importante, pero ahí se acaban las coincidencias, porque Dani Pérez lo hace en las filas de la moderación reformista, y Paco de la Torre en las del conservadurismo moderado, lo que no es precisamente una cuestión de matiz, sobre todo cuando de lo que se trata es de no quedarnos atrás en un mundo que cambia todos los días.

 

Hay otras diferencias a tener en cuenta. Es verdad que, después de la distinta orientación política de ambos candidatos, la edad es la diferencia más obvia. Sin embargo, en sí misma no me parece tan importante. Nadie es responsable del momento en que nació. Ciertamente, su edad le impide a Dani Pérez llevar un cuarto de siglo en la alcaldía de Málaga, como le sucede a Paco de la Torre, salvo que hubiera empezado con catorce años. Probablemente, si las cosas hubieran sucedido así, y a pesar de no haber cumplido los cuarenta años, nuestro hipotético alcalde sufriría el mismo mal que padece el proyecto político de Paco de la Torre después de veinticinco años de mandato: fatiga de materiales.

 

No es razonable, por ejemplo, que la Word Travel & Tourism Council, los Goya, o la cumbre internacional de los parques tecnológicos, hayan ido a parar a otras ciudades de nuestro entorno que no son potencias turísticas como nosotros, ni han hecho el esfuerzo hacia el cine que ha hecho nuestra ciudad, ni tienen un parque tecnológico que deba envidiar el nuestro. El mundo actual es todo menos rutinario, y en eso se convierte cualquier liderazgo después de veinticinco años. Es verdad que esa rutina es el principal activo que tiene el PP en estas elecciones municipales en la ciudad de Málaga, pero lo que le da ventaja como partido, es una desventaja para la ciudad.

 

La encuesta que hemos conocido esta semana viene a ser el reflejo estadístico de una percepción cada vez más extendida en la ciudad, y es que ha llegado la hora de un cambio razonable, de un nuevo liderazgo que renueve fuerzas e ideas en el gobierno de nuestra ciudad. Dani Pérez tiene la edad que tenía Pedro Aparicio cuando fue elegido alcalde de Málaga, pero además tiene una experiencia en gestión y representación política que está al alcance de muy pocas personas de su juventud. La democracia, a pesar de sus críticos, es una magnífica proveedora de liderazgos políticos. Como decía Hölderlin, allí donde crece el peligro, crece también lo que nos salva. Cuando el gobierno de la ciudad naufraga en la rutina, surge con fuerza la esperanza.

 

Publicado en el diario SUR el 12 de mayo de 2019

Mentir con arte

5 mayo, 2019

 

Se atribuye a Jonathan Swift, el autor de Los viajes de Gulliver, el opúsculo El arte de la mentira política, que seguramente, y en coherencia con su título y contenido, es casi seguro obra de John Arbuthnot, un íntimo amigo de Swift, ingenioso escritor y buen tipo en general. Se trata de un texto escrito a comienzos del siglo XVIII, bastante breve aunque muy enjundioso, en el que se dan algunos consejos para mentir políticamente de manera eficaz. 

 

Es verdad que algunas de las lecciones del libro podían servir para el siglo XVIII, pero sin duda han quedado algo desfasadas en la actualidad, como, por ejemplo, la recomendación de no exagerar a la hora de mentir. El Brexit fue un excelente ejemplo de hasta qué punto las mentiras sobre el coste de la pertenencia a la Unión Europea podían ser exageradas sin perder eficacia, una exageración en la que los secesionistas de Puigdemont no les van a la zaga a los populistas de Boris Johnson. 

 

Visto desde la perspectiva del siglo XXI, enseguida se toma conciencia de lo mucho que la humanidad ha avanzado en esta materia a lo largo de los trescientos añostranscurridos desde la publicación del libro. El pasado mes de enero, el servicio de verificación del Washington Postpublicaba que el señor Trump había hecho 7.645 “afirmaciones falsas o engañosas” desde que asumió la presidencia de los Estados Unidos. God bless America.

 

No obstante, es justo reconocer que aquellos escritores satíricos irlandeses y escoceses ya establecieron, de manera eficaz y rigurosa, sólidas bases para el desarrollo del arte de mentir políticamente. Por ejemplo, nuestro autor hace una clasificación de las mentiras en tres tipos que resulta tremendamente práctica y actual: la mentira calumniosa, la mentira por aumento y la mentira por traslación. De los tres tipos de mentira me detendré en la mentira por traslación. No es que las otras dos no sean dignas de atención, pues la merecen tanto por su eficacia como por su volumen, pero la tercera requiere una mayor sofisticación y solo por eso resulta más interesante.

 

La mentira por traslación consiste en atribuirle el mérito de una persona a otra. Que es, por ejemplo, lo que hizo el señor Casado, el candidato del PP, al afirmar en un mitin de campaña que “fue Aznar quien paró el plan Ibarretxe”, cuando lo cierto es que quien paró el plan Ibarretxe fue el presidente Rodríguez Zapatero, y lo hizo sin ningún tipo de alharacas, de una forma exquisitamente democrática y personalmente respetuosa con el lehendakari. Lo que sí hizo el presidente Aznar, y después el presidente Rajoy, fue atizar el problema territorial como estrategia electoral para beneficiar a su partido, hasta que esa estrategia se les fue de las manos. Para que la mentira por traslación funcione es necesario, dice John Arbuthnot, que la persona a la que se atribuye la acción meritoria posea, en apariencia, cualidades superiores a quien realmente la ha llevado a cabo. De la apariencia de patriotismo, y a costa del socialismo, vive y medra el nacionalismo excluyente, también el español.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 5 de mayo de 2019

Jornada de reflexión y sexo

29 abril, 2019

 

¿Tiene sentido la jornada de reflexión? me preguntaba el viernes una amable periodista. Y, sin pensármelo mucho, la verdad, le contesté: sí, siempre tiene sentido pararse a reflexionar antes de tomar una decisión. La periodista me volvió a preguntar: pero, ¿no hacen obsoleta la idea de una jornada de reflexión las nuevas tecnologías? A lo que respondí: ¿nos está permitido hacer todo lo que podemos hacer? Las nuevas tecnologías permiten que durante la jornada de reflexión se pueda seguir haciendo campaña, pero ¿se debe seguir haciendo campaña? ¿sería razonable que unos tipos con megáfono pudieran acompañarnos hasta la misma urna gritándonos al oído las virtudes de su partido y los defectos de los contrarios?

 

No se trata de ponernos exquisitos y criticar elitistamente la deriva de la democracia hacia el espectáculo. La democracia siempre ha tenido algo de espectáculo, entre otras cosas porque los humanos solemos entregar nuestra atención a lo más llamativo y no necesariamente a lo más relevante. Quizá lo que ha cambiado es que hasta no hace mucho el espectáculo electoral estaba al servicio de la política y ahora ese espectáculo está al servicio del negocio publicitario. Los medios de comunicación cobran por la audiencia, y la audiencia se fija en lo más llamativo y estridente.

 

Sería fácil resolver todo esto con un juicio moral, naturalmente condenatorio, a medios de comunicación, partidos políticos y ciudadanos en general. Los medios de comunicación son empresas que, obviamente, necesitan tener beneficios para subsistir. Para lo cual necesitan audiencia, lo que les lleva a publicar lo más llamativo, lo que obliga a los políticos a decir cosas cada vez más estridentes, que es lo que capta la atención de la gente. En esta cadena podemos cargar las tintas de la  crítica moral contra unos u otros: los medios, los anunciantes, los políticos o la ciudadanía. Sin duda todos tenemos alguna responsabilidad, pero también, y eso nos lo enseñó Marx, todos estamos atados por una lógica ciega y poderosa. Y rebelarte unilateralmente contra esa lógica te puede dejar fuera de la partida. Sobre todo si esa rebelión es algo más profundo y honesto que una cínica estratagema publicitaria para denunciar que aquí se juega, como hacía el personaje de Casablanca, mientras se recogen las ganancias.

 

En las últimas décadas se ha impuesto la superstición de que si cada uno vamos a nuestro interés o a nuestro capricho egoísta y particular, las lógicas ciegas del mercado desregulado y del voto sin mediación institucional, convertirán la suma de nuestra acciones en algo socialmente armónico. La realidad es que muchas veces esa suma de acciones particulares produce consecuencias generales no queridas, que ninguna lógica ciega previó o evitó, y a la que no podemos pedir cuentas. Por eso necesitamos instituciones que nos ayuden a evitar ser esclavos de esas lógicas, instituciones como el Estado, la política, o el día de reflexión. Un día magnífico para ir al campo, o al cine, y para tener sexo.

 

Publicado en el diario SUR el 28 de abril de 2109

De dragones y urnas

22 abril, 2019

 

Podría decir que es una cosa nueva, un invento de los estrategas electorales norteamericanos, que hemos importado para nuestra desgracia, pero no sería justo con Alcibíades. La historia es bien conocida, se cuenta que el célebre político griego cortó el rabo a su hermoso perro, otros dicen que lo esquiló, y que cuándo le preguntaron por qué lo había hecho respondió: “porque así hablarán de mi perro y no de los errores de mi gobierno”.

 

Cuando el líder de ese nuevo y retrógrado partido que la amable lectora, o lector, sabe, dice que es bueno que cada uno de nosotros tengamos un arma con la que poder disparar a cualquiera que entre en nuestra casa a robar, no está haciendo otra cosa que alejar la atención ciudadana de su propuesta de privatizar la sanidad y las pensiones. Por cierto, que es bastante más frecuente que entren por la puerta de las casas españolas la enfermedad y la vejez, que un delincuente. Y precisamente lo que se propone es desarmarnos frente a la enfermedad y a la vejez. Cuando el líder del PP dice que el presidente Sánchez prefiere dar la mano a quienes las tienen ensangrentadas por los asesinatos de ETA que a quienes las tienen blancas, no está haciendo otra cosa que tratar de blanquear las manos de un partido cuyo último presidente envió mensajes de ánimo a un delincuente, para más señas el tesorero de su organización, que se había llevado una importante suma de dinero a Suiza, y para hacer olvidar ese pequeño detalle, y otros no menos graves, tiene que cortarle el rabo al perro, o la cabeza, si es menester.

 

Para alguien que pertenece a la cultura política democrática que se desarrolló en la postguerra europea del siglo pasado, la agenda del debate político de cara a las elecciones del domingo próximo debería centrarse en asuntos como los efectos del cambio climático, las consecuencias para el empleo del desarrollo tecnológico, la emancipación familiar de nuestros jóvenes, la financiación de nuestro Estado del Bienestar, o la gobernanza de la globalización, pero no parece que quienes crean la opinión pública en España, o en Finlandia, vayan por ahí, habiendo asuntos mucho más morbosos. Y pocos asuntos más  morbosos que el que podríamos llamar: “ellos y nosotros”.

 

La izquierda supo desde muy pronto que el nacionalismo, más que un perro, es un verdadero dragón capaz de disputarle la agenda social. Cuando el nacionalismo divide a la izquierda, la causa social y hasta la causa de las libertades democráticas está en peligro, como vemos con el auge del partido ese que usted sabe. Por eso nunca he tenido la menor duda de que ERC no solo no es de izquierdas, sino que, además, hace un gran servicio a la derecha. Tampoco la tengo sobre la marca catalana de Unidas Podemos, cuando su candidato se ofrece como “el voto útil del independentismo sensato”.  Como si la división de las sociedades con nuevas fronteras pudiera ser sensata. Si me das a elegir, Rufián, entre tú y Cayetana Álvarez de Toledo, me quedo con Meritxell Batet. Con música de Rosalía, por supuesto.

Publicado en el diario SUR el 21 de abril de 2019

Nacionalistas y nacionales, todos iguales

14 abril, 2019

 

Estos últimos años, digamos que estos últimos veinte años, cada vez que he contrapuesto los nacionalismos catalán y español, algunos amigos me preguntaban “¿dónde están los nacionalistas españoles?”, a lo que yo les respondía: “sobre todo en el PP, de hecho, en su caso, popular no se refiere al pueblo, sino a la nación, el Partido Popular es en realidad el Partido Nacionalista Español”. La derecha española, una y trina, es nacionalista.

 

El proyecto nacionalista, en cualquier lugar, siempre es el mismo: homogeneizar culturalmente a la población de un territorio y conseguir el monopolio del poder sobre el mismo, la soberanía.  Estos días hemos conocido el programa del Partido Popular para fortalecer la nación española, un popurrí de medidas muy dispares cuyo propósito es la homogeneización cultural de toda España con la plantilla de Castilla la Vieja, y la recentralización del poder en las élites políticas, económicas y burocráticas de Madrid. Como medida cultural proponen, por ejemplo, que el INAEM organice giras por provincias, supongo que con obras de Lope y Calderón, que son españoles de fiar. Medida de poder es aplicar el artículo 155 de la Constitución por el tiempo que se considere “inexcusable”. Que dicho así no es algo muy concreto, pero que traducido a la lengua de Cervantes significa: hasta que nos salga de las narices. Y una medida mixta, cultural y de poder, es que las multas, en cualquier lugar del territorio, nos las pongan obligatoriamente en castellano. Qué gusto.

 

En general, el nacionalismo, lejos de hacer fuertes sus sociedades, las debilita, porque las divide. Así ha ocurrido en Cataluña. Nacionalistas catalanes y españoles cuestionan respectivamente la catalanidad y la españolidad de quienes no son nacionalistas como ellos. Si te gustan los toros eres un mal catalán, y si no te gustan eres un mal español. De idioteces como esa están hechas, en buena medida, las identidades nacionalistas. Ahora resulta que quienes llevan cuarenta años de democracia empeñados en hacer de España una sociedad capaz de proteger a quienes caen enfermos, o pierden su empleo, o sencillamente se hacen demasiado mayores para trabajar, una sociedad capaz de educar y dar esperanza a sus jóvenes, en resumen, quienes se han esforzado en hacer de España una sociedad fuertemente cohesionada, social y territorialmente, se han vuelto sospechosos de querer debilitar la nación.

 

Los socialistas no suelen tener suerte cuando se oponen a la espiral del enfrentamiento nacionalista. Pasó en la Europa de las Guerras Mundiales. Pero no deben callar. Quienes cuestionan ahora la lealtad a España del presidente Sánchez y de los socialistas, son herederos de quienes insultaban a los presidentes Suárez, González y Rodríguez Zapatero los días de duelo, y son igual de injustos y nocivos. Y lo mismo que los socialistas no necesitan un partido carabina de una sedicente izquierda para que garantice que harán políticas sociales, tampoco necesitan a nadie a su derecha que los avale como buenos españoles.

Publicado en el diario SUR el 14 de abril de 2019