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Casilla de salida

28 mayo, 2018

Es común que en el Pleno del debate de Presupuestos no se haga un receso para almorzar, así que de manera más o menos escalonada, yo diría que nada escalonada, al terminar la larga votación del medio día del miércoles, nos fuimos casi todos los diputados y, obviamente, las diputadas, a comer algo en la cafetería del Congreso o en los restaurantes de los alrededores. A esa hora ya era evidente que el Gobierno había conseguido sacar adelante, con el apoyo del PNV, los presupuestos de 2018, lo que nos hacía reflexionar a mis compañeros y a mí sobre el carácter tan azaroso e imprevisible de la política.

Mientras almorzábamos, repasábamos las últimas semanas y comentábamos cómo, de un día para otro, la situación de los partidos y sus líderes cambiaba de manera tan abrupta como insospechada. Hace tan solo tres semanas, nos decíamos, el PP estaba hundido, como consecuencia del escándalo de la Comunidad de Madrid, y hoy se acaban de asegurar dos años más de legislatura. Hace dos semanas, comentábamos, Podemos aparecía en algunas encuestas por delante del PSOE, y de pronto, como consecuencia de algo tan insospechado como que sus dos máximos dirigentes se compraran un chalé, ahora tenían una crisis de credibilidad política que los podía llevar, incluso, a tener que abandonar la dirección de su partido. Hasta el domingo pasado Ciudadanos parecía haber sido tocado por los dioses, proseguíamos, hasta que, un discurso de su líder, inspirado en otro del presidente Obama, evocó, de manera tan insospechada como sospechosa, al de José Antonio Primo de Rivera en el Teatro de la Comedia, allá por 1933. Con lo que, de pronto, se había cortado el flujo de simpatías de ciertos sectores de centro izquierda hacia ese partido, que ahora parecía escorarse más hacia el nacionalismo español más exacerbado, que hacia el aseado centro tecnocrático con el que había amagado.

Después de comer volvimos al Hemiciclo a escuchar las intervenciones que quedaban, que se prolongaron más de lo previsto y, mientras algunos amigos veían impotentes como partían sus aviones, votábamos, cada diez segundos, cada una de las decenas de enmiendas, con una ventaja de seis o siete votos para el Gobierno en cada ocasión. Al terminar la última votación, los diputados del PP se levantaron aplaudiendo al ministro Montoro al grito de “¡sí se puede!, ¡sí se puede!”, sin que, por ello, nadie los confundiera con un círculo de Podemos. El miércoles por la noche, los miembros del Gobierno y de su partido, estaban eufóricos.

El jueves por la  mañana la rueda de la fortuna política volvió a girar, y conocimos la sentencia del caso Gürtel. Después de un inmenso destrozo a nuestra democracia, el presidente Rajoy se encuentra en la misma casilla en la que estaba el 1 de agosto de 2013, cuando debió dimitir, y no lo hizo, a raíz del escándalo de los papeles de Bárcenas.

Decía Maquiavelo que la política es fortuna y virtud. En la España de nuestro tiempo la rueda de la fortuna política, ya lo vemos, gira a velocidad de vértigo.

Publicado en el diario SUR el 27 de mayo de 2018

Extraña mente

20 mayo, 2018

Si algo se le puede pedir a un gobernante es que conozca la sociedad que va a gobernar. No es fácil, porque todos, gobernantes y gobernados, tendemos a confundir el mundo con nuestro mundo. Cuando una sociedad está muy fragmentada en clases, o comunidades lingüísticas, o religiosas, todos solemos tener un ángulo ciego por el que se nos escapa buena parte de la realidad social, y que la sociología ayuda a corregir.

Se critica al nuevo president de la Generalitat, el señor Torra, por haber escrito, referidas a quienes llegaron a Cataluña procedentes de otras regiones de España, cosas como esta: “Están aquí, entre nosotros. Les repugna cualquier expresión de catalanidad. Es una fobia enfermiza. Hay algo freudiano en estas bestias. O un pequeño bache en su cadena de ADN. ¡Pobres individuos! Viven en un país del que lo desconocen todo: su cultura, sus tradiciones, su historia. Se pasean impermeables a cualquier evento que represente el hecho catalán. Les crea urticaria. Les rebota todo lo que no sea español y en castellano”.

Lo cierto es que, más allá del muy merecido reproche intelectual, moral y político que se le hace al señor Torra, también conviene señalar su preocupante desconocimiento de la realidad social catalana. En la última encuesta del Centre d´ Estudis d´ Opinió, al igual que todas las anteriores, hay dos preguntas que, si se cruzan, dan unos resultados que deberían hacer pensar al nuevo president de la Generalitat. La primera es “¿Cuántos abuelos nacidos en Cataluña tiene usted?”. La segunda es una escala sobre el sentimiento de pertenencia, en la que se les pide a las personas entrevistadas que elijan la posición que mejor refleja sus sentimientos de identidad territorial: “1) Solo española; 2) Más española que catalana; 3) Tan española como catalana; 4) Más catalana que española; y 5) Solo catalana”.

El 48% de las personas cuyos cuatro abuelos nacieron fuera de Cataluña declaran que se sienten tan catalanas como españolas, una posición que solo comparte el 10% de las personas cuyos cuatro abuelos nacieron en Cataluña. Es más, cuando se les pide que se sitúen en esta escala a quienes tienen sus cuatro abuelos nacidos en Cataluña, el 58% declaran que sienten exclusivamente catalanes, sin mezcla española. Y cuando se les hace la misma petición a aquellos cuyos cuatro abuelos han nacido fuera de Cataluña, solo el 9% contestan que se sienten exclusivamente españoles.

Por otra parte, cuando se les pregunta en qué idioma quieren hacer la entrevista, un 25% de los entrevistados cuyos cuatro abuelos nacieron fuera de Cataluña elige que le hagan la entrevista en catalán. Por el contrario, solo el 9% de quienes tienen los cuatro abuelos catalanes pide que se la hagan en castellano. De modo que si alguien muestra un carácter más impermeable a la identidad de los otros, a su cultura y a su lengua, no son los nietos de quienes llegaron, sino algunos nietos de quienes ya estaban. La realidad social catalana es justo al revés de como la ve el hombre que va a gobernarla.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 20 de mayo de 2018

La rompí porque era mía

13 mayo, 2018

El pasado jueves, después de conocerse la decisión del ex presidente Puigdemont, sobre su candidato a presidir el gobierno de la Generalitat llamé a mis amigos catalanes para que me dieran su opinión sobre el señor Quim Torra. Mis amigos catalanes, conviene decirlo, son casi todos del PSC y, en general, se mostraron muy decepcionados. Luego la prensa publicó el rastro de xenofobia que el señor Torra ha ido dejando en las redes sociales durante estos últimos años y entendí perfectamente las razones de su decepción. Salvo sorpresa, que siempre las hay, la apuesta evidente del señor Puigdemont es profundizar en la división de la sociedad catalana y avanzar hacia un conflicto cuyas últimas consecuencias  nadie puede prever, pero que los socialistas hemos intentado prevenir durante muchos años.

Hace unos días el profesor Oriol Bartomeus escribía un interesante y acertado artículo en el que constataba el aumento de la correlación entre lengua y voto en Cataluña, quienes hablan habitualmente en catalán se agrupan en torno a los partidos secesionistas y quienes lo hacen en castellano se agrupan en torno a los partidos no secesionistas. Dice Bartomeus, y no le falta razón, que cualquier sociedad está hecha del ensamblaje de muchos retales, formados por comunidades humanas heterogéneas, que han sido unidos sin que generalmente se hayan fusionado del todo, de modo que se notan las costuras. Esas costuras son unas veces la religión, otras el color de la piel, el origen territorial, la lengua. En fin, como diría mi maestro Paramio, los humanos tenéis mucho donde elegir para diferenciaros unos de otros.

Tras intentar, durante décadas, construir un solo pueblo, las tensiones actuales muestran algo que muchos nos habíamos querido negar: la existencia de dos comunidades lingüísticas en Cataluña. Es verdad que se trata de una sociedad bilingüe. Según la última encuesta postelectoral del CIS en Cataluña, un 83% de las personas entrevistadas declaraban poder hablar el catalán con fluidez y un 99% decían entenderlo. Sin embargo, según la última encuesta del Centre d´ Estudis d´ Opinió (CEO), que es el CIS catalán, y que acaba de publicarse la semana pasada, cuando se les pregunta a los entrevistados cuál es la lengua que consideran propia, y un 45% dice que el castellano, un 42% dice que el catalán y un 12% dice que las dos.

En julio de 2006, el CEO preguntaba por la valoración del presidente Maragall, y lo aprobaba el 73% de la población, sin diferencia alguna por la lengua, y lo mismo ocurría, en aquel momento, con Artur Mas. En abril de 2018, la diferencia en la aprobación de Puigdemont entre las dos comunidades lingüísticas es de más de cincuenta puntos porcentuales, y de más de cuarenta puntos en el caso de Arrimadas. En 2006 el presidente de la Generalitat era el presidente de un solo pueblo con dos comunidades lingüísticas. Entonces algunos no supieron ni comprenderlo, ni valorarlo, y decidieron romper ese pueblo en dos comunidades nacionales. Esa estrategia ya se ha vuelto contra quienes la promovieron, pero por desgracia no solo contra ellos.

Publicado en el Diario SUR el 13 de mayo de 2018

Infames por un día

6 mayo, 2018

Hace años, muchos si lo pienso, allá por finales de los noventa, se estrenó una película, protagonizada por Denzel Washington, que contaba la historia de un ángel caído que se apoderaba de los cuerpos de las personas para cometer sus crímenes. La dificultad que tenía el policía para detener al demonio estribaba en la facilidad que tenía este para pasar de un cuerpo a otro.

Lo cierto es que, en los últimos tiempos ocurre que, en cuestión de horas y sin que importe mucho la gravedad del asunto, de repente una cadena de personas se van volviendo, una a una, objeto de las iras de todo el mundo, y después de haber recibido las atenciones de tertulianos, columnistas, políticos, monjas de clausura, comunidades veganas, asociaciones de vecinos, cofradías, redes sociales, o asociaciones deportivas, de esas personas solo quedan los huesos, mondos y lirondos, como aquellos que encontraba Charlton Heston después de que hubiera pasado la marabunta.

Así las cosas, lo más sensato es atrincherarse en casa y no salir para nada, como hacían los nobles medievales cuando la peste asolaba el mundo. Estás apedreando tranquilamente, en mitad de la multitud, a un chivo expiatorio y, de pronto, la gente te mira. Y ya solo puedes esperar que tu final sea rápido.

Y aunque lo mejor es no apuntarse a apedrear a nadie, eso no te garantiza nada. Hace poco publicaron que una compañera diputada había añadido una titulación nueva a su currículum. Cosa que hizo legítimamente tras aprobar las pocas asignatura que le faltaban. No obstante le dieron la del pulpo. Por supuesto quienes la atacaron gratuitamente ya lo habrán olvidado. Los seres humanos tenemos memoria de pez para el daño que hacemos y memoria de elefante para el daño que nos hacen.

Es verdad que si no te metes en política no es fácil que te conviertan en el blanco de las iras populares, pero eso puede cambiar deprisa. El Ministerio de Hacienda quiere publicar las listas de los funcionarios absentistas. No les basta con apercibimentos y sanciones, necesitan el linchamiento. De modo que, algunos empleados públicos, mientras hacen tiempo para fichar la salida del trabajo, podrán poner a parir en Facebook, Twitter o Instagram, a los compañeros que aparezcan en la lista de absentistas. Naturalmente, el siguiente paso, ya lo habrá adivinado la amable lectora, o lector, es que Internet, que todo lo sabe, facilite los accesos a las redes sociales de los trabajadores públicos durante su horario de trabajo. Al fin y al cabo, como se argumenta para los políticos, también su sueldo lo pagamos todos. Y seguro que pronto se encontrará una buena razón para extender el derecho a un minucioso escrutinio público de las vidas de todo el mundo. Bienvenidos al juego.

En los últimos años ha hecho fortuna un libro del escritor israelí Yuval Noah Harari, titulado ‘Sapiens’, donde explica que una razón de la fenomenal evolución de la especie humana es su capacidad para el cotilleo. Ahora ha escrito otro en el que sostiene que en un par de siglos seremos como dioses, y desde luego, si es por cotillear, seguro que lo logramos.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 6 de mayo de 2018.

El vídeo es el mensaje

29 abril, 2018

Hace unas semanas escribí un artículo en el que hacía una interpretación un tanto libre y extensiva de lo que es violencia. Un amigo, experto jurista, me dijo que probablemente como sociólogo yo tenía razón, pero que en el derecho penal es fundamental atenerse a la literalidad del código y no permitirse muchas libertades interpretativas. De modo que me abstendré prudentemente de hacer ningún juicio sobre cualquier sentencia. No obstante me parece legítimo hacer algunas reflexiones no jurídicas sobre la fuerte discrepancia entre gran parte de la opinión pública y la sentencia que hemos conocido esta semana. ¿Cómo es posible que los tres jueces, que han visto las imágenes del vídeo, digan que no ha sido una violación y tantas personas, que no las han visto, digan que sí lo ha sido? Quizá en torno a la existencia del vídeo esté una posible explicación de esa discrepancia.

Ahora Facebook, para evitar suplantaciones de identidad, nos avisa si alguien ha subido una foto nuestra a Internet. Obviamente, para que el programa funcione, antes debemos mostrarle a Facebook una imagen auténtica de nuestro rostro. Los tres jueces, tras ver el vídeo, tienen, al menos dos interpretaciones muy diferentes de lo que sucede en él. ¿Qué esperaban encontrar para tener la certeza absoluta de que se trataba de una violación? Obviamente ninguno encontró lo que esperaba, pero ¿qué tenían derecho a esperar? ¿Con qué imágenes mentales comparaban las que veían en el vídeo?

No todas las violaciones reales son iguales, y no creo que haya una muestra representativa de vídeos de todas las violaciones reales. Tanta vileza y tanta idiotez juntas, como para grabarlas, no deben ser muy frecuentes. Así que lo más probable es que los jueces hayan visto, más o menos, las mismas violaciones que hemos visto cualquiera de nosotros, y en el mismo sitio: en una película. Y, por tanto, la única referencia que tenemos todos son violaciones en la ficción. De modo que es posible que, si la realidad no se parece a la ficción, sea la realidad la que se lleve la peor parte, porque no se puede reconocer lo que no se conoce.

La gente que no ha visto el vídeo tiene menos dificultades que los jueces para llegar a la conclusión de que se trata de una violación, porque la clave de lo sucedido es la existencia del vídeo, y no su contenido. Ya lo decía Thomas de Quincey, se empieza robando y matando y se termina por no dar los buenos días. Si cinco tíos hacen ese vídeo de una chica, le roban el móvil, y la dejan desnuda y abandonada, es fácil deducir qué ha pasado antes.

El mensaje no está en el vídeo, sino que el vídeo es el mensaje. Muchas personas comprendieron, casi con las vísceras, al ver el vídeo de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que el verdadero crimen no era el robo de unos tarros de crema, sino la existencia de una mafia que había guardado esas imágenes durante siete años para chantajear a una política y destruir a un ser humano. Decía Marshall McLuhan que el medio es el mensaje, y creo que todo el mundo ha comprendido el mensaje.

Publicado en el diario SUR el 29 de abril de 2018

Paradojando

22 abril, 2018

Acabamos de conocer la noticia de que se normalizan las relaciones diplomáticas entre Venezuela y España. Mientras leía el periódico pensaba en el debate que tuvimos, aparentemente, sobre el país caribeño hace un par de semanas en el Congreso. Y digo aparentemente, porque creo que como casi siempre que los seres humanos debatimos sobre algo, no necesariamente lo hacemos sobre aquello que decimos que estamos debatiendo.

Y es que, escuchando a algunos intervinientes en el debate parlamentario, se tenía la sensación de que no estaban hablando sobre otro país, aunque sea un país hermano como lo es Venezuela, sino que parecía que estaban, estábamos, hablando de los españoles mismos, de nuestra propia historia política, tales eran las pasiones que latían en las palabras de unos y otros oradores. Para unos, Venezuela resulta una tiranía inaceptable que no merece más que el aislamiento, para otros es más bien una democracia ejemplar, que requiere todo el reconocimiento y apoyo. Para unos la única salida de la situación venezolana es la ruptura radical con el régimen de Maduro, para otros el reconocimiento de la completa legitimidad del mismo. Por supuesto a los equidistantes o, como dice la Biblia, a los tibios, el Señor los escupirá de su boca. O sea, que estamos fastidiados, todos, aquí y allí, o acá y allá.

Y, mientras los escuchaba, pensaba en nuestra propia historia, que cuando ya se van teniendo unos cuantos años, se mezcla con la propia biografía. Quienes se manifiestan más intransigentes con el gobierno venezolano, y apuestan por agudizar los problemas del país para provocar su caída, son los mismos que reivindican las bondades de nuestra Transición a la democracia. En efecto, los mismos que alaban, y se inspiran en la figura del presidente Adolfo Suárez, creen que no hay nada que hablar con el presidente Maduro. Sin embargo, Adolfo Suárez, antes de ser el primer presidente de Gobierno de nuestra democracia fue el ministro secretario general de partido único de la dictadura. Y si pudo llevar a cabo la labor que todos le reconocemos fue porque líderes como Felipe González o Santiago Carrillo no tenían como objetivo encarcelarlo y pedirle, a él y a sus correligionarios, cuentas por los crímenes de la dictadura. Y esa actitud de los antifranquistas, también vino bien, también ayudó.

Paradójicamente, lo que unos y otros quieren para España es exactamente lo contrario que quieren para Venezuela. Los contrarios al presidente Maduro, venezolanos y españoles, son partidarios de la salida reformista para la Transición española, pero opuestos a cualquier cosa que se le parezca en Venezuela. Por el contrario, a los partidarios del presidente Maduro, sean españoles o venezolanos, les disgusta la Transición reformista española, y desearían derogar la Ley de Amnistía de 1977 para meter en la cárcel a unos cuantos octogenarios, pero les gustaría para Venezuela el espíritu de concordia que aquí nos presidió en 1978. Unos y otros son muy poco kantianos y, además, no dejan de paradojar, aquí y allá.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 22 de abril de 2018.

Comunicando

15 abril, 2018

Ayer nos despertamos con las informaciones de los bombardeos que Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia han realizado sobre territorio Sirio. Bombardeos que el presidente del Gobierno de España ha considerado proporcionados. Y es que últimamente todo parece muy proporcionado. Si atacar con armas químicas a la población resulta un crimen horrendo y descomunal, enseguida alguien busca la forma de hacerlo proporcionado, en este caso los norteamericanos y europeos con su respuesta. Es lo que tienen las guerras, que buscando la proporción a cosas que no la tienen terminan siendo cada vez más desproporcionadas.

Cuando, allá por estas fechas, en 2003 la inmensa mayoría de los españoles nos opusimos a la Guerra de Irak, hubo quien escribió que oponiéndonos a aquella guerra nos hacíamos cómplices del terrorismo. Oponerse a la guerra era tachado de “buenismo”, que es un término que se ha convertido extrañamente en una forma de menosprecio e insulto. Lo cierto es, sin embargo, que aquella guerra, en lugar de paz y prosperidad a Irak, a Oriente Medio y al mundo, solo ha traído más violencia y más pobreza, quizá con la excepción de los beneficios que obtuvieron algunas empresas de seguridad norteamericanas.

Las guerras engendran guerras, y las escaladas son la tendencia natural de los conflictos. Hay una escena muy impactante en un película de Spielberg del año 2005 que se titula “Múnich”, que cuenta la historia de un comando israelí que trata de acabar con la vida de unos palestinos, a los que responsabilizan de la matanza del equipo olímpico de Israel en los juegos de Múnich de 1972. En un momento determinado, los palestinos empiezan a responder colocando bombas como respuesta a las que colocan los israelíes, a lo que un comando israelí, satisfecho, dice: “ya saben que existimos, y que nos estamos comunicando con ellos”. Y desde entonces siguen comunicándose sin parar con los recursos que les prestan hombres como los presidentes Trump o Putin.

Estos días hemos asistido en el Congreso a cómo los representantes de la nueva política, ayudados por algunos veteranos, se empezaban a comunicar entre sí en temas internacionales, concretamente respecto a la crisis en Venezuela. Sin embargo, nada más escucharlos, es muy fácil identificar la gramática con la que se comunican, y no es nueva. Cada uno había elegido un bando en el país caribeño, al que dotaba de todas las virtudes, al que excusaba de todas sus tropelías, para apoyarlo sin fisuras. Estoy seguro de que en Venezuela, después de escuchar el debate en el Congreso español, los radicales de cada bando se sintieron más fuertes, más animados a darse duro, en los medios y en las redes, a empujar a los hijos de otros, porque siempre son los hijos de otros, a darse duro en las calles. No me parece que ese deba ser el papel del Parlamento español, no creo que debamos convertirnos en Trumps o Pútines alimentando el conflicto entre nuestros hermanos venezolanos. Nosotros sabemos y podemos hacerlo mejor.

Publicado en el Diario SUR el 15 de abril de 2018