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Tal como fuimos

8 octubre, 2017

Hace años me contaba mi admirado Daniel Innerarity un chiste que circulaba por Euskadi. Dos conocidos se encontraban en el aeropuerto de Bilbao, y el que acababa de aterrizar le preguntaba al que salía: “¿hay muchas novedades?”, a lo que el otro le respondía: “depende de cuando te fueras, si te fuiste la semana pasada, esto está tan cambiado que no lo vas a conocer, pero si te marchaste hace diez años, entonces todo sigue igual que entonces”.
A las puertas de las elecciones de noviembre de 2011, una ciudadanía quejosa con los recortes sociales del gobierno socialista, en lugar de darle una mayoría absoluta a Izquierda Unida, se preparaba para dársela al PP, un partido cuya sensibilidad social ya era bien conocida. Cosas del soberano. En lo territorial la sentencia del Estatut había sido una decepción, pero eso no había impedido que el gobierno de la Generalitat, presidido por Artur Mas, se apoyara en el PP para sacar adelante los presupuestos de Cataluña de 2012. Pelillos a la mar.

Seis años después de aquellas elecciones, alguien que se hubiera ido entonces y volviera ahora no daría crédito a la existencia de un proceso secesionista en Cataluña, y a la presencia, también, de un nuevo y numeroso grupo político en el Congreso decidido a desbordar la institucionalidad constitucional y democrática vigente. Sin embargo, como en el chiste de mi amigo Innerarity, si esa persona se hubiera ido de nuestra tierra, tal día como hoy, en octubre de 1934, es decir, en plena revolución de Asturias y con el president Companys declarando, anteayer, la independencia de Catalunya, pensaría que la situación no habría cambiado prácticamente nada.

Ochenta y tres años después, es Puigdemont el que trata de declarar la independencia de Catalunya, y en lugar de anarquistas, comunistas y socialistas, haciendo una revolución en Asturias, tenemos al populismo radical, que se dice de izquierdas, jugando a la revolución social para barrer a escobazos toda la maldad del mundo e instaurar el gobierno directo de la (buena) gente. Hay quienes parecen haber aprendido poco o nada de nuestra historia, aunque afortunadamente, a diferencia de lo que ocurría en los años 30 del siglo pasado, no parece que en Europa estén floreciendo los regímenes totalitarios. Eso sí, todo se puede arreglar.

Los socialistas europeos aprendieron en los años treinta que no hay otro camino para sus aspiraciones que el de la democracia parlamentaria y las reformas sociales. Las aventuras como la revolución del 34 en Asturias solo condujeron a debilitar a una República que ya no pudo defender la democracia frente al fascismo. Tampoco el independentismo ayudó mucho. Eso es algo que nadie en el PSOE ha olvidado. Por el contrario, los dirigentes de Unidos Podemos, que no pertenecen a la tradición de la socialdemocracia, creen haber encontrado en el desafío soberanista del gobierno de la Generalitat un atajo para su proyecto constituyente. Sin embargo, lo único que se aprecia estos días en las plazas y las calles de nuestro país es el despertar de la extrema derecha nacionalista española.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 8 de octubre de 2017

Lección de español

1 octubre, 2017

En ocasiones, a la tristeza por la pérdida del amigo, o la amiga en este caso, se une la tristeza por la pérdida de quien podía liderarnos en momentos de máxima dificultad. El miércoles pasado vi en el balcón de una casa cercana al Congreso de los Diputados dos banderas juntas, la española y la catalana. No es una imagen frecuente, y enseguida me acordé de una idea que me contó Carmen Chacón cuando los independentistas catalanes convocaron el anterior referéndum de secesión del 9 de noviembre de 2014. Carmen decía que ese día habría que izar la senyera en todos los ayuntamientos de España para decirle a Cataluña, de una forma imposible de tergiversar, que forma parte de España, y que la queremos.
Inexplicablemente, los españoles hemos dejado que sea la extrema derecha la que se apodere de la defensa simbólica de la unidad de España, y claro, la defienden a su manera, que es la peor manera, la más contraproducente. Y es que, nos pongamos como nos pongamos, no es lo mismo, visto por un catalán o una catalana, que para decirle que los queremos, cuelguen la senyera en el ayuntamiento del pueblo de sus abuelos en Almería, que ver a unos cuantos centenares de personas gritando como energúmenos: “a por ellos, oe”. La emoción es distinta en un caso y en otro, es más, la reacción instintiva ante el “a por ellos, oe”, es salir corriendo, aunque no se refieran a uno, no vaya a ser.

Obviamente la idea de Carmen es la de quien sabe, por experiencia propia, que una mayoría de catalanes y catalanas son, y se sienten, tan españoles como los andaluces o los aragoneses. Algo que, aunque parezca increíble, desconocían quienes boicotearon, en su día, los productos catalanes, ¡ojo!, no los productos de los independentistas catalanes, sino de los catalanes, que son nuestros compatriotas.

También a Carmen hubo quien la boicoteó en Cataluña por ser española, y en otros lugares de España por ser catalana. Así suele ser el pensamiento nacionalista, demasiado pequeño para un mundo cuya mejor riqueza no comprende. Porque la riqueza del mundo es su diversidad, esa diversidad que nace de infinitas mezclas y combinaciones de personas e ideas, y que hace sorprendente nuestro planeta, e interesante la vida.

Cuando esta semana vi la senyera junto a la bandera española en aquella casa cerca del Congreso pensé, aquí viven unos españoles muy españoles. Hay que ser muy español para decirles a los nacionalistas excluyentes españoles que los catalanes, su lengua y su cultura, son España, en lugar de reírle las gracietas anticatalanas en la barra del bar. No se le hace ningún favor a España confundiendo a los independentistas con Cataluña, qué más quisieran los independentistas que ser Cataluña. Son algunos hombres y mujeres del País Vasco y de Cataluña, como Carmen Chacón, quienes nos han dado, con modestia y sin proponérselo, las mejores lecciones de lo que es ser español. En esta hora de España, todos nosotros tenemos un deber de solidaridad con nuestros compatriotas catalanes, y debemos hacerles ver que no nos vamos a desentender de su destino.

Publicado en el diario SUR el 1 de octubre de 2017

La realidad social catalana y el sueño nacionalpopulista 

28 septiembre, 2017

Entre las cosas que los populistas y los nacionalistas tienen en común está el hablar en nombre de un sujeto, el pueblo o la nación, que nunca ha visto nadie. Por cierto, no son ni los primeros, ni los únicos, que han descubierto las ventajas de hablar en nombre de alguien que nunca va a aparecer para desmentirlos. De modo que, como dijo mi maestro Julio Carabaña -refiriéndose a algunos colegas teóricos de la educación-, podrán decir que saben lo que quiere el pueblo catalán, pero no podrán decir que lo saben científicamente.

 

El Centre d’ Estudis d’ Opinió (CEO), que depende del gobierno de la Generalitat de Catalunya publica cuatrimestralmente un barómetro de opinión pública a partir de una encuesta, a mil quinientas personas, estadísticamente representativa de la sociedad catalana. Se trata de un estudio al que se puede acceder libremente, y cuyos datos pueden ser analizados por cualquiera que tenga el interés y la curiosidad de hacerlo, como ocurre también con los del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

 

El último barómetro publicado por el CEO corresponde a una encuesta realizada entre los últimos días de junio y primeros de julio del presente año. Lo primero que se observa al estudiar las respuestas a la pregunta ¿qué debería ser Cataluña?, es que un 5% de las personas entrevistadas dicen que una región de España, un 31% una comunidad autónoma de España, un 22% un Estado dentro de una España Federal, y un 35% un Estado independiente, el 8% restante o no saben o no contestan. Es decir, que frente al 35% que ve la independencia de Cataluña como lo más deseable, hay un 58% que preferiría algún tipo de solución que mantuviera la unidad con el resto de España.

 

¿Es este un resultado raro? Lo sería si nos atuviéramos a lo que nos dicen los dirigentes independentistas, pero no lo es si tenemos en cuenta los sentimientos de pertenencia nacional que declaran los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña. Un 23% de esas personas entrevistadas en la encuesta de junio se sienten solo catalanas, un 22% se sienten más catalanas que españolas, un 39% se sienten tan catalanas como españolas, un 5% se sienten más españolas que catalanas y un 7%, de las mil quinientas personas que fueron entrevistadas, se sienten solo españolas.

 

Una cosa es lo que dicen los nacionalistas que quiere la nación o el pueblo de Cataluña, pero para la gran mayoría de las personas de carne y hueso a las que podemos preguntar su opinión, lo español y lo catalán andan bastante unidos. Y no parece que sea fácil separarlos. Si ahora un 39% de las personas entrevistadas manifiesta que se sienten tan catalanas como españolas, podemos encontrar que, hace diez años, en octubre de 2007, pensaban lo mismo el 39,5%, y si viajamos más atrás en el tiempo, y miramos, en esta ocasión los datos del CIS, pues los del CEO no llegan tan atrás, en 1992, el año de las Olimpiadas de Barcelona, el porcentaje de personas que se sentían tan catalanas como españolas era del 35%. Desde que tenemos registros de esa la pregunta por la identidad, de todas las opciones que se les ofrecen a los entrevistados, la del sentimiento inclusivo de identidad catalana y española ha sido siempre la más numerosa. Si en la serie del CIS de las cinco opciones de identidad nacional le diéramos un 1 a solamente español y un 5 a solamente catalán, en abril de 1984 la media sería de 3,2 y todavía en diciembre de 2010 era del 3,3, solo a partir de 2012 se produjo una subida hasta 3,6, en septiembre de 2015. Es obvio que, a pesar de los pesares, los sentimientos de pertenencia no cambian fácilmente.

 

La sociedad catalana, con su identidad nacional compuesta e inclusiva, ha sabido convivir unida, pacífica y libre durante los últimos cuarenta años de democracia. Es más, el deseo de que, con diferentes sentimientos de identidad nacional, la sociedad catalana se constituyera en un solo pueblo fue determinante para que los socialistas, por ejemplo, apoyaran que todos los niños se educaran en catalán. Algunos temieron, o desearon, que esa medida “desespañolizara” a los niños catalanes, lo que llevó, por ejemplo, al ministro Wert a decir que había que “españolizarlos”.

 

Otra vez, los datos de la realidad desmienten los prejuicios de la ideología. En la encuesta del CEO que comentamos, cuando se les pregunta a las personas entrevistadas cuál consideran su lengua propia, las personas mayores de 65 años responden en un 48% que el castellano, y los más jóvenes, que son quienes tienen edades comprendidas entre 18 y 24 años, responden en un 47% también que el castellano. Una diferencia de un punto en una muestra de mil quinientas personas está por debajo del margen de error, por tanto debemos concluir que quienes se han educado en la inmersión lingüística en catalán y quienes tuvieron prohibido el catalán en la escuela, no han variado sus hábitos lingüísticos, para desesperación de los señores Wert y Tardà, por poner un ejemplo. Lo que sí parece haber crecido es el porcentaje de quienes dicen que ambas lenguas por igual, del 5 al 10% en los dos grupos de edad extremos.

 

Del mismo modo que el nacionalismo español no consiguió, con cuarenta años de prohibición del catalán en las aulas, que desapareciera la identidad catalana de Cataluña, tampoco, como temían algunos, la educación de todos los niños en catalán ha conseguido que el castellano deje de ser la lengua más hablada en el recreo. Y mucho menos que desaparezca el sentimiento de identidad y pertenencia a España de una parte muy importante de la sociedad catalana. De hecho, en la encuesta que estamos comentando, cuando se les pregunta a las personas entrevistadas por su deseo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente no hay diferencias estadísticamente significativas por grupos de edad, siendo mayoritaria, del 55% contra el 45%, la opción contraria a que Cataluña sea un Estado independiente.

 

El nacionalismo se sustenta sobre la creencia de que Dios, la Historia o la Naturaleza crearon las naciones y les otorgaron una parcela del ancho mundo para que ejercieran su soberanía sobre ella. Los nacionalistas suelen construir sus naciones con determinadas características étnicas preexistentes en sus sociedades, los ancestros comunes y la lengua son, quizá, las más destacadas. Desde el principio, los nacionalistas siempre encontraron que la realidad de sus sociedades era más diversa y plural que la idea de nación que ellos se habían forjado, lo que les llevó a hacer algunas barbaridades para adecuar la realidad social a su fantasía, o para adueñarse de territorios en los que Dios, la Historia o la Naturaleza no fueron muy claros a la hora de atribuirlos a una nación determinada. Durante los siglos XVIII, XIX y XX, los nacionalistas hicieron un sujeto nuevo con materiales muy antiguos, y tuvieron bastante éxito, pero el sujeto se les fue de las manos, dos Guerras Mundiales, entre otras muchas atrocidades, lo atestiguan. Después de 1945 parecía que habíamos aprendido, pero estamos viendo un proceso de renacionalización de los discursos y las políticas en muchos lugares del mundo.

 

Es verdad que hay una parte de la sociedad catalana que habla catalán como primera lengua y tiene a alguno de sus abuelos nacidos en Cataluña y que mayoritariamente quiere la independencia, según la encuesta del CEO, son el 34% de la población total en Cataluña. También es cierto que hay otra parte de la sociedad catalana, el 36%, que no tiene ningún abuelo nacido en Cataluña y que habla en castellano como primera lengua, y que mayoritariamente no quiere la independencia. Con cada uno de esos grupos se pueden construir dos naciones homogéneas, como le gustan a los nacionalistas de uno y otro bando, pero a costa de mucho sufrimiento, en la que una nación tendrá que asimilar cultural y políticamente a la otra, o expulsarla, física o políticamente, del territorio para satisfacer el sueño castrante del nacionalismo.

 

Hasta hace muy poco los nacionalistas han realizado esas operaciones mediante la violencia a diferente escala. Sin duda resolver un asunto como este con una votación es un avance sobre los métodos del pasado, pero no deja de ser lo mismo, es decir, resolver la cuestión nacional en un determinado territorio mediante la confrontación, solo que en lugar de en el campo de batalla, se hace en las urnas. Votar en un referéndum de secesión, en el caso de Cataluña, supone un grave retroceso sobre el estatus quo existente, aunque sea un referéndum acordado.

 

Un referéndum en Cataluña ni siquiera supondría un juego de suma cero, en el que unos ganan todo y otros pierden todo. Eso sería así si se decidiera entre la situación existente durante el franquismo y la independencia, pero no es el caso, ni por asomo. En la situación actual de Cataluña se satisface, aunque de manera incompleta, los deseos de las dos comunidades nacionales en presencia, quienes se sienten exclusivamente catalanes tienen un amplio nivel de autogobierno, y quienes se sienten tanto catalanes como españoles, permanecen ligados políticamente a los españoles que viven en el resto de España. En una hipotética victoria del no, los nacionalistas catalanes conservarían su autogobierno, en una hipotética victoria del sí a la independencia, los españoles verían aparecer una frontera política entre ellos y el resto de sus compatriotas, en términos nacionalistas, los españoles, después de muchos cientos de años serían, por primera vez, una nación dividida en dos Estados.

 

Pensar que, porque se haga en las urnas, una confrontación de dos comunidades que han convivido pacífica y prósperamente, durante siglos en la historia, y durante los años de las vidas vividas de sus miembros actuales, es la forma de resolver sus supuestos problemas de convivencia, es un enorme error. La solución no es acordar un referéndum, sino refrendar un acuerdo, un acuerdo que no puede hacerse bajo el chantaje de la escisión, como tampoco podría hacerse bajo la amenaza de la asimilación. Salvo que, desde hace cuarenta años la amenaza de la asimilación del catalán por el castellano desapareció en Cataluña con el firme compromiso constitucional de todos los españoles. Unos españoles que, además, como se ve en las encuestas, asumieron en Cataluña una identidad compuesta e inclusiva, es decir, asumieron como algo lógico que lo catalán es una forma de lo español, no de lo castellano, como tergiversan los independentistas. Ese compromiso constitucional lo adquirió la sociedad catalana apoyando, más que ninguna otra en España, la Constitución de 1978. Y no sólo lo refrendó entonces, sino que lo ha mantenido vivo en las treinta y ocho ocasiones que en estos cuarenta años ha acudido a las urnas. Los independentistas no pueden saltarse las leyes, los compromisos, que también ellos se dieron junto con todos los españoles, no ya para irse de España, en expresión errónea de unos y otros, porque los independentistas no se van a ninguna parte, sino para expulsar de Cataluña a una parte de la Cataluña plural, que es donde acaba su proyecto. No pueden saltarse las leyes, ni para expulsar a las instituciones que unen a los catalanes al resto de los españoles, ni para expulsar a la cultura catalana que habla también en castellano, ni, en última instancia, para expulsar, física o políticamente, a las personas que se sientan españolas además de catalanas, ni tampoco pueden saltarse las leyes para, unilateral e ilegalmente, declararnos extranjeros en Cataluña a quienes durante siglos no lo hemos sido.

 

Siempre que los seres humanos cometemos los mismos errores del pasado decimos que esta vez no será igual, pero, al final, es igual. Dividir políticamente a una sociedad en la que conviven sin problemas personas con culturas e identidades diversas, utilizando como elemento separador precisamente su riqueza cultural e identitaria, suele acabar muy mal, y nadie tiene derecho a probar suerte por si esta vez no pasa. Los ciudadanos y ciudadanas del presente no deberíamos dejarnos arrastrar, como ya ocurrió lamentablemente en la Europa del siglo XX, por quienes ahora mismo están empeñados en despertar en nuestro país a un monstruo que ya conocemos, un monstruo que bebe sangre, a hectólitros.

Publicado en Infolibre el 27 de septiembre de 2017

Y no es una nación

24 septiembre, 2017

Los sociólogos también tenemos nuestros teoremas. Uno de los más importantes es el de Thomas, que viene a decir que si la gente piensa que algo es real, ese algo tendrá consecuencias reales. Se puede dudar de la existencia de Dios, pero no es prudente coger carrerilla y embestir con la cabeza contra los muros de la catedral. Como ocurre con Dios, quienes creen en la nación la habrán podido imaginar, podrán creer en ella firmemente, pero lo que se dice verla, no la han visto nunca, ni ellos, ni nadie. Con todo, existan o no las naciones, de lo que no cabe ninguna duda es de la existencia de los nacionalistas. Que son muchos y muy variados. Por cierto, al igual que con los muros de la catedral, tampoco es conveniente embestir contra los nacionalistas, con independencia de la bandera que les cobije, porque te puedes hacer bastante daño.

El nacionalismo, como todas las ideologías, tiende a aprovechar algunas singulares características del lenguaje humano, por ejemplo, las figuras retóricas. De hecho, el nacionalismo le debe mucho a la sinécdoque, esa figura en la que nombramos la parte por el todo, o viceversa. De modo que cuando el periódico titula “España ganó a Liechtenstein por 8 a 0”, se está refiriendo a las selecciones de fútbol de ambos países, y no a que todos los españoles y españolas nos batiéramos en el Rheinpark Stadion contra los habitantes de Lieschtenstein en un partido de fútbol. Se trata sólo de una figura retórica, de un tropo, por eso ningún amigo inglés o alemán se nos acerca al día siguiente y nos pregunta si tenemos agujetas después del partido, o lo que es peor, nos llama abusones por ser tantos contra un país tan pequeño.

Ahora bien, si hubiera titulado esta columna “Cataluña no es una nación, y España tampoco”, como llegué a acariciar en mi atolondramiento juvenil, me hubieran dado la del pulpo en las redes, y hasta es posible que alguien de la dirección de mi partido me hubiera llamado a su despacho. Pero, bien pensado, Francia es un territorio, o si se quiere, un país o un Estado, en el que viven los franceses. Los franceses, y francesas, serían la nación, pero Francia es simplemente el lugar en el que viven. Otra vez la puñetera sinécdoque haciendo de las suyas. Decir que Francia es una nación es llamar al país por sus habitantes. A algunos nacionalistas les viene muy bien confundir el continente con el contenido, pero en la vida práctica procuran no hacerlo por la cuenta que les trae. Cuando un, o una, nacionalista le dice a su pareja, “me he comido dos platos”, ambos saben perfectamente que lo que tienen que comprar es más judías, o garbanzos, no una vajilla nueva. Pues bien, si pensamos que España, Cataluña, o Murcia, no son naciones, sino territorios en los que vive gente con muy diversas identidades, ya sean nacionales, de género, de clase, o de equipo de fútbol, a lo mejor también se nos ocurre cómo articular que toda esa gente tan distinta viva junta, con los mismos derechos, en el mismo territorio, sin necesidad de hacer más fronteras, que ya hay muchas, oiga.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 24 de septiembre de 2017

Margen de error 

17 septiembre, 2017

 Con bastante frecuencia vemos solo aquello que queremos ver. En las campañas electorales, por ejemplo, tendemos a pensar que, como los mítines están llenos, son las encuestas las que se equivocan. Sin embargo, la noche electoral descubrimos que los mítines estaban llenos porque las malas perspectivas electorales habían movilizado a los más fieles de los nuestros. No digo que pase siempre, por supuesto, pero pasa mucho. Por eso me tranquilizo cuando la asistencia a los mítines y las previsiones de las encuestas coinciden, sobre todo si es para bien, y me inquieto cuando no coinciden.

 

Es muy posible que, durante las próximas semanas, cada uno de nosotros vea en las fotografías de los mítines y manifestaciones, en las encuestas, o en las entrañas de las aves, la fuerza del independentismo en Cataluña. Personalmente yo me fiaría más de las encuestas que del análisis de las entrañas de las aves, y puestos a tener que elegir, me fiaría más de una buena interpretación de lo que dicen las entrañas de las aves, que del número de asistentes a los mítines.

 

Y para encuestas, cuando se trata de Cataluña, son muy útiles las del Centre d’ Estudis d’ Opinió (CEO), que es como el CIS de la Generalitat. Desde diciembre de 2014, el CEO, viene preguntando varias veces al año a la ciudadanía catalana si quiere que Cataluña se convierta en un Estado independiente. En diciembre de 2014, los contrarios a la independencia eran el 45,3% de los entrevistados, y los partidarios de la independencia, el 44,5%. Dicho de otro modo, los partidarios de mantenerse unidos al resto de España ganaban a los secesionistas por ocho décimas. Teniendo en cuenta que el margen de error de la muestra del barómetro del CEO es de ±2,53, podemos considerar que había un empate técnico. Un empate que siguió, siempre con una ligera ventaja para los partidarios de permanecer unidos al resto de España, hasta junio de 2016. En esa ocasión, la ventaja se invirtió, por primera, vez a favor del independentismo, un 47,7% frente al 42,4%. Desde entonces los partidarios de la unidad han ido recobrando su ventaja y la han ampliado, y en junio de este año, ganaban a los independentistas por un 49,4% frente al 41,1%. Las ocho décimas de ventaja de los partidarios de la unión con el resto de España se han multiplicado por diez hasta convertirse en ocho puntos porcentuales.

 

Conviene, no obstante, no sacar conclusiones apresuradas. Lo único que parece claro es que estamos frente a una sociedad divida por la mitad en un asunto crucial. En un contexto así, alentar el enfrentamiento, aunque sea en las urnas, es tener la garantía de que, como mínimo, la mitad de la población perderá, y mucho. En estas condiciones votar puede ser una idiotez, democrática, sí, pero una idiotez. Lo sensato es dialogar para forjar un acuerdo en el que nadie lo gane todo, pero nadie lo pierda todo. Y luego votar el acuerdo. Sin embargo, son muchos los que empujan a medir fuerzas. Y, poco a poco, nos vamos quedando sin margen de error, mientras nos llama, a voces, el abismo.

 Publicado en el diario SUR el 17 de septiembre de 2017.

Ricos y políticos

10 septiembre, 2017

A veces, cuando te timan, además del dinero pierdes otras cosas, por ejemplo tu honorabilidad. En el caso canónico del timo de la estampita además de como un idiota, quedas como una mala persona, de modo que los timadores, de tenerla, alivian su mala conciencia pensando que, al fin y al cabo, le han robado a un ladrón bastante más inmoral que ellos, porque, en ese timo, el timado trata de aprovecharse de un inocente.
 

Al poco de ser elegido, el presidente Trump anunció que renunciaba a su sueldo, cobrando solo un simbólico dólar anual. Con ese gesto el nuevo presidente le ahorraba al pueblo norteamericano cuatrocientos mil dólares anuales. En un tiempo en el que los políticos se muestran impotentes para resolver los problemas sociales, a la velocidad y con la gravedad con las que se nos presentan, abundan las pujas a la baja: yo te hago lo mismo, es decir nada, pero por mucho menos que mi contrincante. Y Trump ha hecho una oferta difícil de superar.

 

Salvo por él mismo. De hecho, el presidente Trump ha donado un millón de dólares para ayudar a las víctimas del huracán Harvey. Un día, un vecino de escaño, me dijo, ironizando, que el siguiente paso es pagar por ocupar un cargo político. La donación de Trump recuerda a aquellos políticos de la antigua Roma que, cuando había hambre, abrían sus graneros al pueblo. Ya se sabe, las campañas siempre han sido caras. Luego, eso sí, solían resarcirse bastante bien al llegar al poder.

 

Entre la noticia de la renuncia al sueldo y la noticia de la donación del millón de dólares, hemos visto publicados titulares como este: “proteger a los Trump cuesta 120 millones de dólares, ocho veces más que a los Obama”. Obama costaba los 400.000 dólares de sueldo anual más los 15 millones de su seguridad. Trump cuesta un dólar de sueldo anual y 120 millones de seguridad. Por supuesto, antes de ser elegido, Trump había criticado lo costosos que resultaban los desplazamientos de los Obama.

 

Con todo ¿es un hombre generoso el presidente Trump? Se calcula que el coste del daño que ha hecho el huracán es de ciento sesenta mil millones de dólares. Como presidente las ayudas que quiere dar son de ocho mil millones, lo que es claramente insuficiente. Como mecenas, el millón de dólares de Trump es, sin duda, muy loable, pero en relación a su fortuna es como si el español medio donara ochenta euros de su patrimonio, o dos euros de un sueldo medio mensual, si no tiene patrimonio. Eso sí, si usted dona ochenta euros, puede estar completamente seguro de que no saldrá en los periódicos. Un patricio romano aplaudiría a rabiar la estrategia publicitaria de Trump. Una estrategia que se basa en la dificultad que tenemos los humanos para hacer cálculos relativos, y sobre todo con cifras muy superiores a nuestro sueldo mensual. Algo que saben muy bien los ricos cuando nos timan en política, para lo que siempre encuentran colaboradores necesarios entre la muchachada indignada de la clase media. Ya lo decía el apóstol Mateo: al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará. No falla.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo, el 10 de septiembre de 2017

La vida sigue igual

3 septiembre, 2017

Sé que hay muchas personas que lo desean, pero es altamente improbable que ocurra. No creo que veamos la siguiente escena en ningún parlamento del mundo:
 

– La presidenta de la Cámara: el señor presidente del Gobierno tiene la palabra.

– El presidente del Gobierno: señoras y señores, lo hemos hecho mal, muy mal. En política económica hemos tomado las medidas más injustas y más ineficaces para salir de la crisis. Por lo demás, nos hemos dedicado a beneficiar a los amigos en lugar de favorecer el interés general. De modo que voy a presentar mi dimisión con carácter inmediato.

– La presidenta de la Cámara: tiene la palabra el líder de la oposición.

– El líder de la oposición: no se maltrate, señor presidente, la cosa no es para tanto. En economía usted ha hecho lo único que se podía hacer, lo que hubiéramos hecho cualquiera de nosotros, incluso mejor. Es verdad que han preterido el interés general, pero, por otro lado, ustedes honran la amistad… De modo que ni se le ocurra dimitir.

No, no veremos una escena como esta en la vida. Veremos al presidente defenderse con uñas y dientes, y veremos a la oposición atacarlo con todo lo que tenga a mano. Y, después de todo, eso es lo razonable. La famosa quinta enmienda de la Constitución norteamericana se sustenta en un principio de dignidad humana elemental: no se puede obligar a una persona a hacerse daño a sí misma. Nadie tiene derecho a ordenarte que te des dos bofetadas, aunque esa es una práctica que he visto alguna vez en tiempos más infames que los actuales: “date más fuerte, Fulanito”. Lo bueno de la democracia es que puedes poner a parir al presidente del gobierno en la prensa y en sede parlamentaria sin que te pase nada, salvo que seas de su partido, claro. Y eso conlleva que él tiene derecho a defenderse.

 

Lo que vimos el miércoles pasado en el pleno extraordinario del Congreso ya lo habíamos visto en otro pleno en el verano de 2013. Entonces fue el escándalo de los telegramas a Bárcenas. Al igual que ahora, la oposición atacó lo mejor que supo, y Rajoy se defendió también lo mejor que pudo. Si la justicia no lo condena, es bastante improbable que Rajoy asuma voluntariamente el veredicto de la oposición y se vaya. Si no se determina una responsabilidad penal, nos dice el presidente Rajoy, ¿quién puede establecer la responsabilidad política sino el electorado? Después de aquello el PP volvió a ganar las elecciones dos veces. Es verdad que los ciudadanos, con su veredicto en las urnas, dejaron abierta la posibilidad de quitar a Rajoy de la presidencia, pero los líderes de la oposición han demostrado tener otras prioridades. Para unos lo importante es la independencia de Cataluña, para otros la unidad de España, para otros el triunfo de la izquierda verdadera, para todos su supervivencia política. Al final, farisaicamente, de lo que nos quejamos es de que los ciudadanos no castiguen más la corrupción política de lo que la castigan los líderes de la oposición. Y es que también esperamos que los demás sean mejores que nosotros.

Publicado en el diario SUR el 3 de septiembre de 2107