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El pozo envenenado

30 julio, 2017

 Lo fácil sería decir aquí que el PP es un partido corrupto hasta los tuétanos, pero sería injusto. La inmensa mayoría de los afiliados, concejales, diputados, del PP, son personas honestas que nada tienen que ver con la corrupción. Esto debería ser una obviedad, pero, por desgracia, hace ya muchos años que, precisamente desde las filas del PP, se importaron técnicas de marketing político de Estados Unidos que se basan en destruir la reputación de los adversarios mediante gruesos brochazos de acusaciones de corrupción. Con el tiempo muchos han aprendido esas técnicas. Mi madre suele cantar una coplilla que dice: “A mi amigo lo llevé/ a casa de quien yo amaba/ tan bien aprendió el camino/ que luego él me llevaba”. El camino que nos enseñaron los estrategas de la derecha está ahora muy transitado. ¿Para qué discutir sobre modelos de crecimiento económico o los mecanismos de financiación de la sanidad pública, pudiendo acusar de corrupción al adversario? En retórica se llama “envenenar el pozo”. Si consigo que la gente piense de alguien que es un corrupto, todo lo que salga de él será rechazado.

 

El miércoles pasado vimos al presidente Rajoy sentado en el banquillo. Es verdad que como testigo, un testigo que afirma que ni vio nada, ni supo nada. Mucha gente no lo cree, pero es posible que, mientras desde los comités de campaña electoral, el señor Rajoy dirigía la estrategia de ensuciar a todo el PSOE con acusaciones de corrupción, ni se le ocurriera preguntarse de dónde salía el dinero para alimentar a sus propias filas. Uno puede concederle el beneficio de la duda al señor Rajoy, pero ¿y sus mensajes al tesorero Bárcenas? ¿Por qué le pedía que resistiera? ¿Qué es lo que hacía el presidente Rajoy cuando le decía a Bárcenas “hacemos lo que podemos”? No es todo el PP, no son todos los dirigentes del PP, hay muchas personas, la inmensa mayoría sobre las que no tenemos derecho a albergar ninguna duda, el problema es que sí es razonable sospechar del señor Rajoy, y esa sospecha es demoledora para la legitimidad de todo nuestro sistema democrático. Algo que han sabido aprovechar muy bien los enemigos tradicionales del sistema político que los españoles nos dimos en 1978.

 

Los resultados de las dos últimas elecciones generales no dieron la victoria a la izquierda, se pongan como se pongan quienes sostienen lo contrario. De hecho los desafío a un duelo, pero en lugar de a espada, les propongo que el arma sea una suma. Lamentablemente ni la crisis, ni la gestión de la derecha de la crisis, dieron la victoria a la izquierda, pero la izquierda pudo propiciar un gobierno cuyo presidente no estuviera bajo la sombra de la sospecha. Ese presidente pudo ser el señor Sánchez, pero el señor Iglesias no quiso. O pudo ser un dirigente del PP que no fuera Rajoy, pero nadie quiso explorar esa posibilidad. ¿Por qué? Quizá ocurra que hay demasiada gente en todas partes interesada en que el pozo de la política siga envenenado. Mientras algunos hacen su agosto todo el año, a la inmensa mayoría se nos van los días mirando la bolita.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 30 de julio de 2017

Irse

23 julio, 2017

 

Esta semana hemos sabido que la Academia de la Lengua ha aprobado el uso de iros en lugar de idos, que, al parecer, está casi en desuso. Personalmente prefiero el idos, porque queda, más que correcto, señorial: idos a hacer puñetas suena más respetuoso que iros a hacer puñetas. Lo bueno es que podemos seguir usando el idos, y además tenemos el iros, una maravilla. Una pena que todo no tenga una solución tan sencilla y barata.

 

Cuando el presidente Rodríguez Zapatero dijo aquello de que el concepto de nación es discutido y discutible, trataba de aprovechar la amplitud de sentido de la palabra nación, para buscar una solución a un problema de estrechez de sentido de algunas personas. Quienes se lanzaron contra él presidente socialista deberían copiar cien veces las seiscientas referencias bibliográficas de la tesis doctoral de mi colega Araceli Serrano, para que vean lo discutible y discutido que es el concepto de nación. Claro que ni los nacionalistas españoles ni los nacionalistas catalanes estaban dispuestos a hacer el más mínimo esfuerzo para ampliar el sentido de la palabra nación, y menos todavía su propio sentido común. Y en estas estamos.

 

Lo curioso es que tanto los nacionalistas catalanes, como los nacionalistas españoles, han cambiado, gratis, el significado de otra palabra cuyo sentido, en principio, no es discutido ni discutible en ninguna parte, salvo, quizá, en Galicia. Me refiero a la palabra irse. Cuando uno se va de un sitio lo que hace es dejar de estar en ese sitio, para estar en otro. Irse de casa es una acción por la cual, cuando se ha completado plenamente, si alguien se asoma a tu habitación, no estás. Es más, tu madre la tendrá tan ordenada que resultará obvio para cualquiera que ya no vives allí desde hace bastante tiempo.

 

Esta semana hemos leído que el nuevo jefe de los mossos d’esquadra escribió un tuit en el que decía: «Espero que nos vayamos ya porque me dais pena todos los españoles». También es frecuente oír a decir a los nacionalistas españoles al referirse a los independentistas catalanes: ¡que se vayan! Y es ahí donde creo yo que está el problema con el significado de irse. ¿Alguien ha tenido noticias de que los independentistas haya pedido cobijo en algún otro lugar de la tierra? No, no hay noticias de que lo hayan pedido.

 

¿Por qué no están buscando sitio en la ancha geografía del mundo los independentistas catalanes que se quieren ir de España? Muy sencillo, porque hay un error de interpretación del término irse. Lo que quieren los independentistas no es irse de España, sino echar de Cataluña a las instituciones españolas. Y, si se tercia, a los catalanes que también se sienten españoles, que a partir de la independencia serán considerados extranjeros en su propio país por la autoridad competente. Si los independentistas catalanes consiguieran su propósito de irse de España, no habría que buscarlos en el Mediterráneo, sino en sus casas, por ejemplo, en Girona. La independencia no consiste en que los catalanes se vayan de España, sino en que los españoles se vayan de Cataluña, a ver si nos enteramos.

Publicado en el Diario SUR el 23 de julio de 2017

Todos los hijos de Zapatero

16 julio, 2017

 Me recuerdo corriendo por la Ciudad Universitaria de Madrid, cerca de donde hoy está el rectorado de la Complutense. Corría de prisa, muy de prisa, los diecinueve años y el miedo me daban alas. Volví la cara y vi claramente como el policía, exhausto, se paraba y me apuntaba con su pistola, corrí más de prisa, volé, hasta caer por un terraplén, que me sirvió para esconderme y alejarme. Era el mes de diciembre de 1979. Nos manifestábamos contra el proyecto de ley de Autonomía Universitaria (LAU) del gobierno de UCD. Estudiaba tercero de Sociología, y José María Maravall era dirigente del PSOE y mi profesor de Cambio Social, al terminar la clase me acerqué a él y le conté lo que estaba ocurriendo con la policía. Maravall me dio el teléfono de Javier Solana, y le expliqué lo mismo, Solana me dijo que ya habían hablado con Rosón, que entonces era el gobernador civil de Madrid, sobre las actuaciones policiales y que Rosón les había dicho que no eran capaces de controlar a toda la policía. Me obsesionaba la idea de morir luchando contra un proyecto de ley que ni siquiera había leído, y traté de hacerme con una copia. Gracias a la manía adolescente de llevar un diario recuperé, treinta años después, en la casa de mis padres, en Yunquera, aquellas conversaciones. Al día siguiente nos manifestamos de nuevo. Cuando volví con Enrique Martínez a nuestro Colegio Mayor, nos enteramos de que la policía había matado a José Luis Martínez y a Emilio Montañés, de veinte y veintitrés años respectivamente. José Luis estudiaba en mi facultad. Fui al funeral con Joaquín Arango, que había sido mi profesor de Historia en primero, dimos el pésame a los padres de los chicos. Allí comprendí lo fácil que es llevar a los adolescentes al matadero, y el precio brutal que pagan sus padres. 

El otro día leí que un guardia nacional venezolano había matado a un chico de veintidós años, David José Vallenilla, que era hijo del jefe, del supervisor, del presidente Maduro, cuando éste trabajaba de conductor de autobús en el Metro de Caracas. Luego vi en la tele al padre del chico decirle al presidente de Venezuela que ese joven era el mismo niño que él había conocido años atrás. He visto fotos del chico mientras se le escapaba la vida.

 

Si todos los esfuerzos que está haciendo el presidente Rodríguez Zapatero en Venezuela, sirven para salvar la vida de un solo chico, de uno solo, habrán valido la pena. Duele cuando le preguntan: “¿cree, señor Zapatero, que todavía es posible el diálogo en Venezuela?”. Cómo si fuera un pobre ingenuo, o algo peor. ¿Les parecería más listo si les respondiera que no, que nada hay que hacer, salvo alentar el conflicto y esperar los cadáveres adolescentes de los hijos de los otros? ¿Aceptarían quienes lo critican que fueran los de sus propios hijos? Al menos, a diferencia de esas personas, él sabe que todos los hijos valen para sus padres igual que los nuestros para nosotros: todos los esfuerzos, la esperanza más desesperada. Y, sí, no hace falta tan listo como sus críticos, basta con ser tan decente como él.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 16 de julio de 2017

Puerto Gallego

9 julio, 2017

 Conozco a muchas personas a las que una determinada situación les recuerda una película, a otras una canción, a mi también me pasa, pero con frecuencia las cosas me recuerdan a un libro. No siempre el mismo libro, no siempre Republicanismo, de Philip Pettit, como intuyo que estará pensando algún amigo malpensado. Por ejemplo, cuando escribo estas líneas me acaba de llegar una buena noticia, el archivo de la causa que obligó a una magnífica diputada a dejar el escaño hace unos meses. Y lo primero que me ha venido a la cabeza es el título de un excelente libro del profesor Ángel Rodríguez, catedrático de derecho constitucional de la Universidad de Málaga: El honor de los inocentes.

 

En su libro el profesor Rodríguez advierte de un triángulo al que debemos prestar atención, el que componen los medios de comunicación, por un lado, los policías y fiscales, por otro, y los jueces, no sé si en el vértice. Un triángulo en el que, en ocasiones, desaparece el honor de personas inocentes, en medio de operaciones policiales diseñadas como un espectáculo mediático, y seguidas de juicios paralelos y ejecuciones sumarias llevadas a cabo por columnistas justicieros, por no hablar de los ciberlinchamientos, por llamarlos de algún modo, a manos de sujetos sin perfil y por perfiles sin sujeto, por robots insultadores.

 

Todo eso es posible gracias a una justificación que ha hecho fortuna. Hace unos años un amigo politólogo me decía que para recuperar el prestigio de nuestra democracia era necesario sacrificar a algunos políticos inocentes. ¿Cuántos? cabría preguntarse. Todos, contestarían algunos de los que hoy disputan el poder político a la democracia. Estos días leemos que algunos altos mandos de la policía llevan años haciendo un uso espurio de su poder y de los instrumentos que la democracia ha puesto en sus manos. Resulta que esos policías, al igual que algunos fiscales, jueces y periodistas, hacen más política, y una política más corrupta, que los representantes elegidos por los ciudadanos, y uno de sus servicios es ofrecer víctimas propiciatorias en el altar de la regeneración democrática. Resulta paradójico que se instituya el crimen como instrumento para recuperar la virtud.

 

También los partidos han ido pasando de aprovecharse oportunistamente de los casos de corrupción que surgían entre los adversarios a reaccionar aterrorizados aplicando la consigna de mi amigo politólogo, es decir, a sacrificar preventivamente a personas inocentes al severo dios de la regeneración de la democracia.

 

Puerto Gallego, que así se llama la exdiputada cuya causa ha sido archivada esta semana, es una pediatra con una enorme vocación social, fue alcaldesa de Santoña con mayoría absoluta. Un adversario político la denunció, y hoy en nuestro país una denuncia es ya una condena. Ella, sabiéndose inocente, dimitió antes de ser juzgada, para no perjudicar a su partido. Quienes la conocemos no necesitábamos que la rompieran para saber de qué está hecha, de su integridad y de su nobleza. Mi amigo está equivocado, sacrificar a inocentes no mejora la democracia.

 Publicado en el diario SUR el 9 de julio de 2017

La boda de Helenita 

2 julio, 2017

Helenita era un bella joven que vivía en una pequeña ciudad Estado del Mediterráneo. Helenita era hija de Tindáreo, el rey, y acababa de volver a su ciudad después de pasar su primer curso en una universidad extranjera. Una tibia tarde de verano, Leda, que así se llamaba la madre de Helenita, le dijo: “Helenita, hija, tu padre ha acordado con Agamenón que te vas a casar con su hermano Menelao”. Helenita, poniendo el grito en el cielo, contestó a su madre: “¡ni muerta!, ¡con Menelao no!, mamá, con Menelao no, que es feo y viejuno. Además, a mí el que me gusta es Paris, el hermano de Héctor, que vive en un Colegio Mayor que hay al lado del mío”. La madre de Helenita insistió: “hija, esta es una decisión de tu padre, que es el rey, y tienes que acatarla”. A lo que Helenita, que acababa de terminar el primer curso de Ciencias Políticas, dijo: “papá es un tirano, y me gustaría que hubiera una revolución democrática para que sea el pueblo quien tome las decisiones”.
 

Por aquellos tiempos se estaba produciendo un proceso de transición a la democracia en la mayor parte de las ciudades de la región. De modo que, al poco tiempo de que Helenita tuviera esta conversación con su madre, la ola democratizadora, que se había iniciado unos meses antes en una ciudad vecina, alcanzó a la ciudad de Helenita. El rey fue depuesto y sustituido por la asamblea permanente de los ciudadanos y ciudadanas de la ciudad. La democracia se extendió hasta el último confín de la vida social, y desde ese momento todas las decisiones se tomaron por mayoría.

 

De modo que, cuando nuestra heroína volvió a su casa en las siguientes vacaciones, una delegación de mozos y mozas se acercó a la casa de Helenita y le dijeron: “ciudadana Helena, hija de Tindáreo y Leda, los mozos y mozas de la ciudad, después de deliberar y votar democráticamente, hemos decidido que te vas a casar con Menelao, el hermano de Agamenón”. Naturalmente Helenita se agarró un rebote notable y, acordándose del libro de un autor llamado Philippos de Hibernia sobre un ideal político llamado republicanismo, que le había recomendado el profesor Andréas de Kiko, replicó a la delegación de jóvenes demócratas: “¡qué vais a ser demócratas!, vosotros sois unos populistas de mierda (sic), eso que vosotros estáis haciendo se llama tiranía de la mayoría, no democracia, sois un pueblo liberticida y no acato vuestra decisión”.

 

Helenita había comprendido que lo importante no es quién tiene el poder, si una persona o una multitud, sino los límites de ese poder. La gente de la ciudad seguía usando el poder en los mismos términos que su padre, el rey Tindáreo, es decir, como un tirano. Lo importante, recordó Helenita del ideal republicano, es no estar sometido al capricho arbitrario de nadie. Ya sea ese capricho la voluntad de su padre o de una mayoría de los ciudadanos. En la práctica tanto o más importante que decidir quién tiene el poder, es definir cómo se ejercer el poder y para qué se puede usar. Querido lector o lectora ¿a que se entiende?

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 1 de julio de 2017

Constitucionalismo para usuarios

25 junio, 2017

 

El pasado jueves, al terminar el Pleno del Congreso, los miembros de la Comisión para las Políticas Integrales de la Discapacidad elegimos al nuevo presidente de la misma, a mi buen amigo Jordi Xuclà, diputado de PDeCAT, la antigua Convergencia. Salió elegido por unanimidad, y después de que nos diera las gracias con un breve discurso me acerqué a felicitarlo. Con una sonrisa cercana a la carcajada le dije: “espero que reconsideres lo de la independencia, al fin y al cabo, ahora eres presidente de una Comisión del Congreso de los Diputados, y no querrás perder el puesto”. Luego le hice una foto con mi móvil, con la imagen de los padres de la Constitución a su espalda, incluido Miquel Roca, que, además, fue uno de los fundadores de Convergencia. Jordi Xuclà me recordó que yo le hice su mejor foto, y es verdad. Unas vacaciones de verano de hace muchos años tuve la fortuna de atrapar con mi cámara las miradas arrobadas que le dedicaban sus dos hijas pequeñas. Él y yo sabemos que nunca nadie lo volverá a mirar así, y aquella foto se convirtió en la rosa sustraída del paraíso que prueba que, efectivamente, una vez estuvo allí.

 

Estoy seguro de que Xuclà será un buen presidente de Comisión, es decir, que velará con independencia e imparcialidad por los derechos de todos los diputados y diputadas que la conformamos. Por eso es frecuente que se produzcan unanimidades a la hora de elegir a los miembros de las mesas de las comisiones del Congreso, porque esa elección por los diputados de todos los grupos políticos simboliza que, desde ese momento, el elegido ya no se debe al grupo que lo ha propuesto, sino a la institución que preside. Su honor, y el honor político del grupo que lo propone, se juega, a partir de ese momento, en el terreno de la lealtad a la institución.

 

Precisamente, para evitar tentaciones, es decir, para evitar que su partido intente instrumentalizar a los presidentes o a los miembros de las mesas, viciando su función institucional, todos ellos son elegidos por todos los diputados. Los portavoces, por el contario, son comunicados a la Cámara por el grupo al que pertenecen y basta con otra simple comunicación para revocarlos. Recuerdo que en mi época de presidente de la Comisión de Educación solía ser muy generoso con los tiempos de intervención de la oposición cuando comparecían los miembros del gobierno de mi partido, no sé si eso molestaba a alguien pero yo sabía que, en todo caso, los míos se tenían que aguantar, porque no me podían quitar.

 

Cuando cambia la dirección política de un grupo parlamentario, se puede estar más o menos de acuerdo, puede parecer más o menos ético o estético, pero es legítimo que la nueva dirección cambie a los portavoces para poner a otros en los que tenga más confianza política. No sería igual de legítimo, desde el punto de vista constitucional, sustituir a los presidentes y miembros de mesa por razones de confianza política de la nueva dirección, porque ellos se deben a la totalidad de la institución, y la sola insinuación de lo contrario los deshonraría a ellos y a su grupo.

Publicado en el diario SUR el 25 de junio de 2017

Parpadeos

18 junio, 2017

A Maribel Martínez Marín

y a Carlos Martínez Orgado,

que supieron decir lo esencial a tiempo.

 

En la tribuna del Congreso hay una luz que empieza a parpadear cuando se te acaba el tiempo del que disponías para intervenir. A diferencia de lo que ocurre con las intervenciones parlamentarias, en la vida no sabemos con precisión cuánto tiempo nos queda, pero, a partir de cierta edad, como ocurre con la luz que hay en la tribuna, la vida te hace un parpadeo.

 

A los veinte años eres inmortal, la muerte no te toca, va con los abuelos, pero los abuelos no son como tú. Es como si fueran de otra raza, incluso de otra especie, de una especie mortal. Te entristece su muerte, pero los abuelos son de otro tiempo, piensas que han vuelto a ese tiempo, con sus colegas. Un tiempo que ya pasó, un tiempo lejano, que ya no está. Por el contrario tu tiempo está aquí, lo puedes sentir, puedes percibir sus colores, brillantes, nuevecitos. Incluso, cuando en esa primera juventud pierdes a un amigo de tu edad, más allá del dolor de la pérdida, más allá del impresionante dolor de sus padres, y del reflejo de ese dolor en el abrazo que te dan los tuyos, sientes que la muerte no va contigo.

 

Al paso de los años, de pronto, un día, sin saber por qué, te das cuenta de que en el camino perdiste el don de la inmortalidad. Algo hiciste, algo pasó, pero un día notas el parpadeo ese de la vida, que se parece al de la luz que hay en la tribuna de oradores del Congreso. Esa señal puede ser la llamada de un íntimo amigo al que le han diagnosticado un cáncer, o la muerte de una amiga de juventud, que apenas había cumplido los cincuenta. Lo cierto es que te das cuenta de que has perdido la inmortalidad. Hubo un tiempo en el que pensaba que la gente se muere porque se olvida de que es inmortal, en ocasiones todavía lo pienso. Pero no, es todo lo contrario. Nos morimos porque somos de la misma raza que nuestros abuelos, lo que ocurre es que nos olvidamos constantemente de que somos una especie mortal.

 

Cuando en el Congreso ves que la luz parpadea sabes que ya estás en manos de la benevolencia de la Presidencia, y que en un instante te puede quitar la palabra. Entonces es el momento de aprovechar el tiempo, de decir lo más importante que tenías que decir, de saber distinguir entre lo esencial y lo accesorio, porque todo tu discurso puede echarse a perder si le falta la clave de bóveda, esa frase que pones al final y le da sentido a todo lo que has dicho.

 

En la vida pasa igual, cuando ves el parpadeo que te avisa de que estás en manos de la benevolencia de Dios, del azar, del destino, o como sea que se llame, debes darte prisa en decir y hacer lo importante. En la tribuna unos ruegan más tiempo o discuten con la Presidencia, y así estropean su discurso, otros gesticulan con el micro cortado tratando de decirlo todo, sin que ya nadie pueda oír nada, y otros pelean consigo mismos para renunciar a decir todo con tal de decir lo esencial. Al final todos nos tenemos que bajar de la tribuna, es verdad, pero sólo los que luchan contra sí mismos, escuchan aplausos verdaderamente sentidos.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 18 de junio de 2017