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Guerra cultural y calentamiento climático

2 febrero, 2020

 

Cuenta Terry Eagleton, hablando de las guerras culturales, que allá por los años sesenta del siglo pasado el concepto de cultura cambió de manera radical, de modo que, a partir de entonces, la cultura pasó de ser lo que escuchabas en el tocadiscos de tu casa a aquello por lo que matabas en Belfast o Sarajevo. Cierta derecha norteamericana, primero, y cierta derecha europea después, iniciaron a partir de los ochenta una guerra cultural que han intensificado en los últimos años. En general, las guerras son un mal negocio, incluidas las culturales, y conviene pensárselo muy bien antes de ponerlas en marcha.

 

La polémica de la semana pasada sobre el veto parental es la batalla más reciente de esa guerra cultural. No parece que les haya ido muy bien a sus promotores. La sociedad española ofrece fuertes resistencias frente a la homofobia, a la xenofobia y al machismo, y esos son los valores que laten de manera más que evidente en la dirigencia política y mediática de la extrema derecha y la derecha extrema. Con todo, ni esta, ni otras derrotas que vengan en el futuro van a disuadirlos de seguir golpeando cada día los valores que ellos consideran de la izquierda, pero que, en buena medida, son los valores universalistas de la cultura occidental. Y no van a dejar de hacerlo porque quienes, en sus lejanos orígenes, inspiraron a la derecha norteamericana de postguerra la idea de la guerra cultural, habían comprendido, leyendo a Gramsci, que, si quieres estar seguro en el poder, primero debes ganar la batalla de la política, y esa siempre es de valores. El problema son los valores que han elegido.

 

La extrema derecha y la derecha extrema sueñan con dar un verdadero pelotazo de poder, y para eso están haciendo una arriesgadísima apuesta en los valores.  Cuanto más extravagantes sean los valores que tratan de imponer, calculan, mayor será el beneficio en términos de poder si ganan. ¿Qué clase de poder tendrían si la sociedad española se entregara a la xenofobia, a la homofobia y al machismo? ¿Qué poder tendrían si renunciáramos a la tolerancia y abrazáramos colectivamente la intransigencia? Seguramente un poder extraordinario, total. Algo nunca descartable del todo, aunque lo más probable es que pierdan completamente la apuesta, eso sí, después de organizar un buen destrozo.

 

De esa guerra cultural forma parte el negacionismo del calentamiento global de nuestro planeta. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) pregunta en su último barómetro, correspondiente al mes de enero, por la opinión de la ciudadanía española sobre la verdad y gravedad del cambio climático. La respuesta de los electores de los partidos de la derecha, en todo su espectro, es muy alentadora. De manera muy mayoritaria esos electores reconocen que el problema del clima es real, está provocado por los seres humanos, es grave y debe ser abordado con urgencia. Otra batalla que tienen perdida. A esa derecha ya solo le queda la bandera, no como un símbolo de unidad, sino como un engaño.

 Publicado en el diario SUR el 2 de febrero de 2020.

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