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De cine

19 enero, 2020

 

Uno de los chistes que más me gustan de los que contaba el genial Eugenio es aquel que dice: “me encanta jugar a la lotería y perder”. Y el amigo le pregunta: “¿y ganar?”. A lo que el primero responde: “¡Eso debe ser la leche!”. El pasado 11 de enero se celebraron los Premios Forqué, con los que los productores reconocen anualmente las mejores películas, directores y protagonistas del cine español. Durante bastantes ediciones he podido asistir a los premios, invitado por los organizadores, como portavoz de la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados. Este año, ya como profesor de Universidad, no contaba con ser invitado. Así que cuando nos avisaron, a quienes fuimos portavoces de los distintos grupos políticos de la legislatura pasada, de que recibiríamos una medalla de reconocimiento durante la ceremonia de los premios, me llevé una gran alegría y una sorpresa todavía mayor. No solo estaba invitado, sino que, además, estaba premiado.Como diría el personaje de Eugenio, fue la leche.

 

Lo mejor de todo es que era un reconocimiento a un grupo de personas a las que admiro, que es una muy buena forma de querer. Cuando se constituyó la Comisión de Cultura, al comienzo de la XII Legislatura, yo era el portavoz más veterano de la comisión. En el Congreso se había producido una verdadera revolución de expectativas, en distintos sentidos, con la llegada de los nuevos partidos. Se me hacía divertido ver a algunos (bastantes) de los nuevos entrar en la institución con la misma aprensión que un hipocondríaco entraría en las urgencias de un hospital, como si los del bipartidismo les fuéramos a contagiar algo. Pronto la lógica de la actividad parlamentaria nos fue acercando. Como nadie tenía mayoría absoluta, todos necesitábamos recabar apoyos para sacar adelante nuestras propuestas, y eso nos obligaba al diálogo y a la reciprocidad.

 

Lo cierto es que el diálogo y la reciprocidad son dos mecanismos de generación de confianza muy eficaces. La voluntad de cumplir la promesa electoral de hacer un Estatuto del Artista, que varios partidos llevábamos en nuestros programas electorales, nos reunió a los portavoces de la comisión en torno a largas jornadas de comparecencias en las que escuchamos las necesidades y las esperanzas de la gente de la cultura. Y de ahí pasamos a la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual, que son palabras mayores, y también hubo comparecencias y largas horas de deliberación, pero para entonces ya sabíamos que, independientemente de nuestros colores políticos, nos unía la decisión de hacer algo bueno, algo que mereciera la pena, por la cultura y quienes la hacen. Nuestro espíritu de colaboración salió indemne de la moción de censura y el cambio de gobierno. Y ese espíritu se extendió de los grupos más grandes a los más pequeños, de modo que, al final, ir a la Comisión de Cultura era una tarea amable y placentera. 

 

Así que, en el escenario de los Premios Forqué, Marta Rivera, Emilio del Río, Eduardo Maura, Xavier Eritja y yo mismo, mientras Enrique Cerezo nos entregaba las medallas, tuvimos un final de cine.

Publicado en el diario SUR el 19 de enero de 2019

 

 

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