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El proceso de incivilización

25 diciembre, 2019

 

 

Hace unos días circuló por las redes un vídeo de la sala de espera de un hospital en China en el que se veía cómo el marido de una mujer embarazada se sentaba en el suelo para que la mujer pudiera, a su vez, sentarse sobre los hombros del marido, mientras la gente miraba sus teléfonos móviles sin que nadie le ofreciera un asiento a la mujer. Si la policía dio a conocer el vídeo, y si el vídeo se volvió viral, cabe pensar que tanto la falta de civismo como el escándalo ante la falta de civismo están a la orden del día.

 

Preparando las clases del próximo cuatrimestre vuelvo a leer ‘El proceso de civilización’ de Norbert Elías. Resulta paradójico que el autor publicara el libro en 1939, cuando la humanidad estaba preparándose para dar una de sus mayores muestras de incivilidad, como fue la II Guerra Mundial, después de haber calentado en nuestro país con una guerra que paradójicamente llamamos civil.

 

Hubo un tiempo, cuenta Elías en que fueron necesarios libros con consejos como estos: “no se debe escupir por encima de la mesa, ni sonarse la nariz en el mantel, que también sirve para limpiarse los dedos. Tampoco hay que sonarse con los dedos con los que luego se coge la comida de la fuente común. Es natural el hecho de comer de una fuente común o del mismo plato que otro. Lo que no hay que hacer es abalanzarse sobre la fuente común, como un cerdo, ni tampoco volver a meter en la salsera los trozos ya mordidos.

 

Si estos consejos fueron necesarios es porque, en ciertos momentos de la historia humana, las costumbres que se reprimen en el párrafo anterior eran vistas como naturales, por más que ahora nos resulten vergonzosas y repugnantes. Fueron las élites caballerescas y aristocráticas, primero, y las élites burguesas, después, las que impulsaron ese proceso de autocontrol, higiene, intimidad, que hoy caracteriza a quien consideramos una persona civilizada. La Iglesia y los intelectuales fueron importantes actores en ese proceso por el que cambiaron las normas en aspectos de la vida humana tan diferentes como el comportamiento sexual, la violencia o los modales en la mesa.

 

Hoy parte de nuestras élites parecen empeñadas en promover lo que podríamos llamar un proceso de incivilización, en particular en la vida política, aunque no solo. En el pasado se animaba a los hijos de la aristocracia primero, la burguesía después y, por último, de la clase obrera, a mirarse en aquellos libros que se llamaban ‘Espejos de príncipes’. Ahora el espejo en el que se nos anima a mirarnos a todos son las tertulias a gritos en la televisión. Si alguna vez aprendimos a respetar el turno de palabra, a no levantar la voz, a no insultar, ahora se nos muestra que el éxito se alcanza haciendo lo contrario. Si nuestros maestros nos enseñaron que no estaba bien poner motes, insultar o vejar, hoy, desde los poderes económicos se estimula a los poderes mediáticos para que promuevan y den visibilidad a ese tipo de comportamientos. Lo malo de criar cuervos es que, tarde o temprano, esos mismos cuervos, u otros parecidos, les sacan los ojos a sus criadores.

Publicado en el diario SUR el 22 de diciembre de 2019

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