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Electorado Bovary

10 noviembre, 2019

 

La vida confortable y aburrida de Emma Bovary no encajaba en las novelas románticas que tanto le gustaban, de modo que decidió perseguir sus fantasías, con la mala fortuna de que los hombres que eligió para alcanzarlas no estaban a la altura de sus sueños, y lo que es peor, ni siquiera a la de su marido. Flaubert da un final muy triste a la vida de madame Bovary y a la novela homónima. Ese final le evitó algunos problemas al autor, que fue acusado de inmoralidad y llevado a juicio por publicarla. Sin embargo la permanente insatisfacción de su personaje por la distancia entre la realidad y sus fantasías dio lugar, además de a la genial novela, a un término psicológico, el bovarismo, con el que se describe ese estado de decepción constante en el que viven sus vidas algunas personas.

 

Desde 2011, una parte de la sociedad española vive algo parecido al bovarismo. Decepcionadas con la respuesta del gobierno de Rodríguez Zapatero a la crisis, que consideraba insuficientemente de izquierdas, muchas personas salieron a las calles y las plazas el 15M, y muchas más se identificaron con ellas, pidiendo un cambio radical en el sistema. Extrañamente, una semana más tarde dieron la victoria en las elecciones autonómicas y municipales, y seis meses más tarde en las generales, al PP, que no es exactamente lo que el común de la sociedad española consideraría un partido antisistema. 

 

Las cosas salieron como cabía esperar. De modo que hartos de políticas de derechas, recortes y casos de corrupción, una parte del electorado volvió a ilusionarse, y votaron, literalmente, la foto de un presentador de televisión y profesor de universidad. Frente a los políticos viejos y arrugados, el electorado bovary optó con entusiasmo por el joven héroe moral, o por su foto. Al tiempo una parte del electorado bovary de la derecha decidió que también tenía derecho a la ilusión, porque el señor Rajoy no daba para exaltados sueños románticos de limpieza moral y eficacia económica, de modo que se entregaron a un joven bancario que se fotografiaba semidesnudo en la playa, y que prometía bajar los impuestos y subir la libido, todo en uno. ¡Qué tiempos! Parece que fue hace un siglo, pero no han pasado ni cuatro años desde las elecciones de 2015.

 

Cuatro años para un electorado tradicional, de su casa, no es nada. Imagine la amable lectora, o lector, al electorado socialista: ciento cuarenta años de fidelidad. Sin embargo, para el electorado bovary, esa es una idea insoportable. De modo que apenas hace un año, en las elecciones andaluzas, apareció, a caballo, un nuevo objeto del deseo. Y el electorado bovary se movilizó una vez más, otra vez más, buscando esa ilusión que lo haga vibrar un rato, hasta que descubra sus corruptelas, su pasado oscuro, hasta que sienta vergüenza al escuchar sus propuestas. Al final los electores bovary necesitarán una nueva ilusión para vivir, y cambiarán, o al menos es lo que cabría desear, porque si este es el final, si resulta que se plantan aquí, va a ser un final triste, muy triste.

 Publicado en el diario SUR el 10 de noviembre de 2019

 

 

 

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