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Estilos de liderazgo

10 junio, 2018

La semana que viene se presenta al público un libro del historiador británico Archie Brown titulado: “El mito del líder fuerte: el liderazgo político en la era moderna”. Un libro, por cierto, cuya publicación en nuestro país se debe al empeño de Andrés Vicente Gómez, uno de nuestros más prominentes productores de cine, y de Rafael Escuredo, el ex presidente de la Junta de Andalucía, cuyo liderazgo cambió la historia, no solo de Andalucía, sino de todo nuestro Estado Autonómico. Y, aunque el libro habla de líderes políticos, sus enseñanzas se pueden extender a cualquier otro tipo de liderazgo, incluido el empresarial o el profesional. Porque el liderazgo es un fenómeno transversal a muchas actividades humanas, y las ideas de liderazgo, fuerte o débil, carismático o burocrático, innovador o rutinario, reformista o revolucionario, pueden aplicarse lo mismo a la directora de un hospital que al capitán de un equipo de fútbol infantil, o a un cabo del ejército.

Del término fuerte, tal como lo usa Brown, podría afirmarse lo mismo que decía Tony Judt cuando distinguía entre la concepción antigua y moderna del término duro. Los antiguos reservaban el término duro para quienes son capaces de soportar el dolor, en tanto que hoy en día, duro es el quien es capaz de producírselo a los demás. Se puede ser un líder fuerte a la manera de Rafael Escuredo, esto es, haciendo una huelga de hambre para conseguir la igualdad entre todas las autonomías, y se puede ser un líder fuerte a la manera de Donald Trump, capaz de soportar el hambre de los demás sin que se le mueva el tupé. Obviamente cuando Archie Brown usa el término fuerte para referirse al liderazgo está pensando en gente como Trump.

El texto de Brown milita claramente contra el prejuicio a favor del liderazgo fuerte: “existen muchas cualidades deseables en un líder político que deberían tener más peso que el criterio de la fortaleza, más adecuado quizá para juzgar a un profesional de la halterofilia”. Y entre esas cualidades cita el historiador inglés: “la inteligencia, la integridad, la elocuencia, el compañerismo, la capacidad de juicio, la curiosidad, la capacidad de defender puntos de vista diferentes, la capacidad de absorber información, la flexibilidad, la buena memoria, el valor, la visión de futuro, la empatía o una energía ilimitada”. Ya ve, la amable lectora, o lector, que la fuerza es una variable demasiado limitada para gobernar en un mundo tan complejo como el nuestro. A todas esas virtudes añade, por si fueran pocas, la modestia, aunque, a estas alturas, nuestro autor, piensa que quizá eso ya sea “picar demasiado alto”.

En fin, un panorama mucho más rico que la idea tan extendida del líder amo, o del pueblo amo, igual de impropias para una democracia. No estaría mal que la nueva hornada de candidatos a las miles de alcaldías de nuestro país, además de a otras responsabilidades más altas, leyeran esta aguda reflexión sobre el liderazgo, que es además un excelente compendio de biografías de líderes de todo el mundo entre los que se encuentra el español Adolfo Suárez.

Publicado en el Diario SUR el 10 de junio de 2018

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