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Infames por un día

6 mayo, 2018

Hace años, muchos si lo pienso, allá por finales de los noventa, se estrenó una película, protagonizada por Denzel Washington, que contaba la historia de un ángel caído que se apoderaba de los cuerpos de las personas para cometer sus crímenes. La dificultad que tenía el policía para detener al demonio estribaba en la facilidad que tenía este para pasar de un cuerpo a otro.

Lo cierto es que, en los últimos tiempos ocurre que, en cuestión de horas y sin que importe mucho la gravedad del asunto, de repente una cadena de personas se van volviendo, una a una, objeto de las iras de todo el mundo, y después de haber recibido las atenciones de tertulianos, columnistas, políticos, monjas de clausura, comunidades veganas, asociaciones de vecinos, cofradías, redes sociales, o asociaciones deportivas, de esas personas solo quedan los huesos, mondos y lirondos, como aquellos que encontraba Charlton Heston después de que hubiera pasado la marabunta.

Así las cosas, lo más sensato es atrincherarse en casa y no salir para nada, como hacían los nobles medievales cuando la peste asolaba el mundo. Estás apedreando tranquilamente, en mitad de la multitud, a un chivo expiatorio y, de pronto, la gente te mira. Y ya solo puedes esperar que tu final sea rápido.

Y aunque lo mejor es no apuntarse a apedrear a nadie, eso no te garantiza nada. Hace poco publicaron que una compañera diputada había añadido una titulación nueva a su currículum. Cosa que hizo legítimamente tras aprobar las pocas asignatura que le faltaban. No obstante le dieron la del pulpo. Por supuesto quienes la atacaron gratuitamente ya lo habrán olvidado. Los seres humanos tenemos memoria de pez para el daño que hacemos y memoria de elefante para el daño que nos hacen.

Es verdad que si no te metes en política no es fácil que te conviertan en el blanco de las iras populares, pero eso puede cambiar deprisa. El Ministerio de Hacienda quiere publicar las listas de los funcionarios absentistas. No les basta con apercibimentos y sanciones, necesitan el linchamiento. De modo que, algunos empleados públicos, mientras hacen tiempo para fichar la salida del trabajo, podrán poner a parir en Facebook, Twitter o Instagram, a los compañeros que aparezcan en la lista de absentistas. Naturalmente, el siguiente paso, ya lo habrá adivinado la amable lectora, o lector, es que Internet, que todo lo sabe, facilite los accesos a las redes sociales de los trabajadores públicos durante su horario de trabajo. Al fin y al cabo, como se argumenta para los políticos, también su sueldo lo pagamos todos. Y seguro que pronto se encontrará una buena razón para extender el derecho a un minucioso escrutinio público de las vidas de todo el mundo. Bienvenidos al juego.

En los últimos años ha hecho fortuna un libro del escritor israelí Yuval Noah Harari, titulado ‘Sapiens’, donde explica que una razón de la fenomenal evolución de la especie humana es su capacidad para el cotilleo. Ahora ha escrito otro en el que sostiene que en un par de siglos seremos como dioses, y desde luego, si es por cotillear, seguro que lo logramos.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 6 de mayo de 2018.

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