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Palabras de madre

25 febrero, 2018

El Hemiciclo del Congreso de los Diputados es un lugar bastante ruidoso, cuando no está vacío. Casi siempre ha sido así a lo largo de su historia. En esto no es muy distinto de cualquier parlamento de un país democrático. Los discursos parlamentarios sirven para dejar constancia pública de las razones del voto. Generalmente, cuando un parlamentario va a votar, lo hace en función del juicio que él mismo se haya hecho sobre la ley que se debate, y no de la habilidad retórica del encargado de defenderla. Con palabras de un célebre primer ministro y parlamentario británico, Lord Palmerston: “he oído muchos discursos que me han hecho cambiar de opinión, pero ninguno me ha hecho cambiar de voto”.

El pleno del pasado jueves fue corto, pero el Hemiciclo estuvo lleno y en silencio. Se debatía una proposición de ley contra la discriminación de las personas por su orientación sexual. En general los distintos Grupos Parlamentarios eligieron buenas oradoras, pues casi todas eran mujeres. Y todos los que subieron a la tribuna, sin excepción, rindieron palabras de homenaje a Ekai Lersundi, un adolescente transexual que se quitó la vida la semana pasada, sin haber conseguido el tratamiento hormonal que necesitaba.

Desde la pasada legislatura han cambiado ciertas costumbres en el Hemiciclo. Antes un Grupo Parlamentario se levantaba muy raras veces a aplaudir a sus oradores, se reservaba casi exclusivamente para cuando su líder hacía una buena intervención. Ahora es relativamente frecuente que los Grupos Parlamentarios aplaudan de pie. El Grupo Socialista, por el contrario, rara vez lo hace. El jueves el Grupo Parlamentario Socialista se levantó al terminar su intervención Lola Galovart, diputada socialista por Pontevedra. Escuchándola recordé los tres elementos de la persuasión que enseñaba Aristóteles: Ethos, Logos y Pathos. Quién habla, cuáles son sus razones y cómo nos conmueve. Es difícil que un discurso funcione si esos tres elementos no van juntos y en armonía, y Lola Galovart consiguió unirlos armónicamente.

La diputada Galovart comenzó, como todos, hablando de Ekai Lersundi, pero hubo un giro en sus palabras: “demasiadas batallas para un adolescente: lograr el cambio de nombre en el registro, recibir el tratamiento que necesitaba, conseguir el respeto de su realidad en su instituto… Con el corazón dolido, por su memoria y por todos los chicos y chicas que siguen esperando y luchando como Ekai, por todos los que no pueden más, vamos a seguir”. Lola Galovart llevó las palabras de las familias a la tribuna. En su discurso, Ekai no era ni una víctima, ni un mártir, ni un héroe, ni una bandera, sino un hijo. Lola Galovart habló como una madre, pensó como una madre y sintió como una madre. Y su discurso nos puso en el lugar de la madre, de todas las madres, y los padres. Nos hizo sentir desesperación y esperanza, tristeza y alegría, impotencia y fuerza, rabia y amor.

No llevaba pines, ni camisetas anuncio, sin ningún adorno, con un vestido blanco, que es el color del luto en Oriente, Lola honró a todos y todas los Ekais, y a sus madres.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 25 de febrero de 2018

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