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Escuchando silencios

18 febrero, 2018

Estos días ando leyendo las ‘Crónicas parlamentarias’ de Julio Camba, magníficamente editadas por José Miguel González Soriano, que acaba de publicar la editorial sevillana Espuela de Plata. Me puso sobre aviso de la publicación del libro mi admirado Pepe Juan Díaz Trillo, diputado por Huelva, y magnífico poeta y novelista. Mis tareas parlamentarias me impidieron asistir el pasado miércoles a la presentación que, junto con Ana Pastor, la Presidenta del Congreso y el periodista Miguel Ángel Aguilar, realizó Pepe Juan, y lo lamenté, porque, por las alabanzas que escuché a quienes sí pudieron ir, debió ser un acto brillante y divertido.

Lo cierto es que leyendo a Camba resulta bastante injusta la afirmación que algunos comentaristas suelen hacer, con injusta frecuencia, sobre el descenso en la calidad de los políticos actuales. Tampoco los cronistas parlamentarios son todos peores que Julio Camba. Es verdad que, en algunos sentidos, las cosas no han cambiado en el último siglo en el Congreso. Probablemente porque los seres humanos tampoco lo hemos hecho. Por ejemplo, casi todo el mundo sigue recordando el tobogán de su infancia, metafórico o real, mucho más grande de lo que era. Y del mismo modo recordamos los discursos del pasado más interesantes, y más emocionantes, que los de ahora, aunque si los leemos, pasados los años, solo unos pocos resultan verdaderamente memorables. Y lo mismo ocurre con los personajes.

Hace un siglo, como ocurre ahora, había en el Congreso oradores más bien pelmazos, y otros ágiles y brillantes. Los había que tiraban de navaja para destripar, retóricamente, por supuesto, a sus adversarios, y los había que tiraban de florete y dejaban una fina mancha de sangre en el corazón del argumento de su contrincante. En eso el Congreso no ha cambiado, ni tiene visos de hacerlo, como tampoco parece que vayan a desaparecer esos diferentes estilos retóricos de las tertulias televisivas o de las reuniones de amigos. Es más, entre los parlamentarios de los nuevos partidos, los hay que tiran de faca retórica y los que tiran de florete, más o menos en igual proporción que todos sus predecesores.

Con los discursos ocurre como con los silencios parlamentarios. Hablando de don Benito Pérez Galdós dice Camba: “el maestro Galdós es también una figura parlamentaria, pero no piensa colaborar jamás en el Diario de Sesiones. Este honor se lo cede por completo al sr. Maura, a los ministros, a los diputados noveles, a los jefes de minorías y a esos señores que se llaman pomposamente individuos de la Comisión”. En efecto, el autor de los Episodios Nacionales apenas intervino en el Pleno, de ahí que, siendo colaborador de muchos diarios de la época, no lo fuera del Diario de Sesiones, que es el que recogía, como lo sigue haciendo ahora, las intervenciones parlamentarias. No obstante, su presencia silenciosa honró al Congreso y a España. Quizá lo que hace de Julio Camba un gran cronista parlamentario es saber distinguir entre los silencios, entre los discursos que no dicen nada y los silencios que lo dicen casi todo.

Publicado en el diario SUR el 18 de febrero de 2018

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