Skip to content

La vida sigue igual

3 septiembre, 2017

Sé que hay muchas personas que lo desean, pero es altamente improbable que ocurra. No creo que veamos la siguiente escena en ningún parlamento del mundo:
 

– La presidenta de la Cámara: el señor presidente del Gobierno tiene la palabra.

– El presidente del Gobierno: señoras y señores, lo hemos hecho mal, muy mal. En política económica hemos tomado las medidas más injustas y más ineficaces para salir de la crisis. Por lo demás, nos hemos dedicado a beneficiar a los amigos en lugar de favorecer el interés general. De modo que voy a presentar mi dimisión con carácter inmediato.

– La presidenta de la Cámara: tiene la palabra el líder de la oposición.

– El líder de la oposición: no se maltrate, señor presidente, la cosa no es para tanto. En economía usted ha hecho lo único que se podía hacer, lo que hubiéramos hecho cualquiera de nosotros, incluso mejor. Es verdad que han preterido el interés general, pero, por otro lado, ustedes honran la amistad… De modo que ni se le ocurra dimitir.

No, no veremos una escena como esta en la vida. Veremos al presidente defenderse con uñas y dientes, y veremos a la oposición atacarlo con todo lo que tenga a mano. Y, después de todo, eso es lo razonable. La famosa quinta enmienda de la Constitución norteamericana se sustenta en un principio de dignidad humana elemental: no se puede obligar a una persona a hacerse daño a sí misma. Nadie tiene derecho a ordenarte que te des dos bofetadas, aunque esa es una práctica que he visto alguna vez en tiempos más infames que los actuales: “date más fuerte, Fulanito”. Lo bueno de la democracia es que puedes poner a parir al presidente del gobierno en la prensa y en sede parlamentaria sin que te pase nada, salvo que seas de su partido, claro. Y eso conlleva que él tiene derecho a defenderse.

 

Lo que vimos el miércoles pasado en el pleno extraordinario del Congreso ya lo habíamos visto en otro pleno en el verano de 2013. Entonces fue el escándalo de los telegramas a Bárcenas. Al igual que ahora, la oposición atacó lo mejor que supo, y Rajoy se defendió también lo mejor que pudo. Si la justicia no lo condena, es bastante improbable que Rajoy asuma voluntariamente el veredicto de la oposición y se vaya. Si no se determina una responsabilidad penal, nos dice el presidente Rajoy, ¿quién puede establecer la responsabilidad política sino el electorado? Después de aquello el PP volvió a ganar las elecciones dos veces. Es verdad que los ciudadanos, con su veredicto en las urnas, dejaron abierta la posibilidad de quitar a Rajoy de la presidencia, pero los líderes de la oposición han demostrado tener otras prioridades. Para unos lo importante es la independencia de Cataluña, para otros la unidad de España, para otros el triunfo de la izquierda verdadera, para todos su supervivencia política. Al final, farisaicamente, de lo que nos quejamos es de que los ciudadanos no castiguen más la corrupción política de lo que la castigan los líderes de la oposición. Y es que también esperamos que los demás sean mejores que nosotros.

Publicado en el diario SUR el 3 de septiembre de 2107

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: