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Trabajo político

27 agosto, 2017

 

Este verano ha traído dos interesantes polémicas sobre las vacaciones de los políticos, una en España y otra en Francia, protagonizadas, respectivamente, por la presidenta de la Comunidad de Madrid, que anunciaba que este año tampoco se toma vacaciones, y, en el caso francés, por el líder del Partido de Izquierda, que, en sentido contrario, se quejaba de que el parlamento galo se reuniera en agosto. De modo que es probable que la amable lectora, o lector, de estas líneas, se pregunte: ¿quién tiene razón? En los tiempos que corren seguramente la respuesta más popular sea que ninguno. Lo que es cierto, aunque probablemente por razones equivocadas.

 

Convendría tener en cuenta, para empezar, que nuestra cultura asocia el trabajo con un castigo divino. En el Paraíso, Adán y Eva no tenían que trabajar, lo que técnicamente nos llevaría a concluir que tampoco tenían vacaciones. En 1899 Thorstein Veblen publicó un libro maravilloso en el que cuenta cómo las élites sociales han eludido el trabajo desde que han podido, entre otras cosas porque, incluso en las sociedades que no son de la Biblia, el trabajo está mal visto. Veblen aclara que se refiere al “trabajo industrial”, que él llama tráfago, esto es, a cosas como plantar maíz con estaquilla, fregar platos o apretar tornillos en una cadena de montaje. Tareas, todas ellas, que podría hacer un gorila amaestrado, como decía el ingeniero y economista Frederick W. Taylor, por los mismos años en que Veblen escribió su famoso libro.

 

En realidad, según Veblen, las élites pueden llegar a estar muy atareadas en cazar elefantes, hacer la guerra, calmar a los dioses para que llueva, gobernar los destinos de la patria, pintar las Meninas o subir al Everest. Algunas de esas son bastante cansadas y peligrosas, pero, en general, tienen más de heroica proeza que de tráfago. Cuando Dios condenó a los seres humanos a ganarse el pan con el sudor de su frente, estaba contraviniendo la naturaleza que él mismo nos había dado, obligándonos a realizar tareas para las que cualquier asociación protectora de animales no consentiría que se usara a un gorila, es decir, nos condenó al tráfago, hasta en vacaciones.

 

Quizá la genuina proeza unas verdaderas élites sociales debería ser liderar a la humanidad en su lucha por liberarse de la condena divina, y recuperar nuestra naturaleza original. En 1870, John Adams, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, escribió desde París una carta a su esposa en la que proponía un maravilloso programa político: “Debo estudiar la política y el arte de la guerra para que mis hijos gocen de libertad para estudiar matemáticas y filosofía. Mis hijos deben estudiar matemáticas y filosofía, geografía, ciencias naturales e ingeniería naval, navegación, comercio y agricultura para transmitir a sus hijos el derecho a estudiar pintura, poesía, música, arquitectura, escultura y artes decorativas”.

 

Que las élites renuncien a sus vacaciones no es necesariamente bueno, sobre todo si su propósito es tan poco heroico como mantener a la humanidad encadenada al trabajo.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 27 de agosto de 2017

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