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Puerto Gallego

9 julio, 2017

 Conozco a muchas personas a las que una determinada situación les recuerda una película, a otras una canción, a mi también me pasa, pero con frecuencia las cosas me recuerdan a un libro. No siempre el mismo libro, no siempre Republicanismo, de Philip Pettit, como intuyo que estará pensando algún amigo malpensado. Por ejemplo, cuando escribo estas líneas me acaba de llegar una buena noticia, el archivo de la causa que obligó a una magnífica diputada a dejar el escaño hace unos meses. Y lo primero que me ha venido a la cabeza es el título de un excelente libro del profesor Ángel Rodríguez, catedrático de derecho constitucional de la Universidad de Málaga: El honor de los inocentes.

 

En su libro el profesor Rodríguez advierte de un triángulo al que debemos prestar atención, el que componen los medios de comunicación, por un lado, los policías y fiscales, por otro, y los jueces, no sé si en el vértice. Un triángulo en el que, en ocasiones, desaparece el honor de personas inocentes, en medio de operaciones policiales diseñadas como un espectáculo mediático, y seguidas de juicios paralelos y ejecuciones sumarias llevadas a cabo por columnistas justicieros, por no hablar de los ciberlinchamientos, por llamarlos de algún modo, a manos de sujetos sin perfil y por perfiles sin sujeto, por robots insultadores.

 

Todo eso es posible gracias a una justificación que ha hecho fortuna. Hace unos años un amigo politólogo me decía que para recuperar el prestigio de nuestra democracia era necesario sacrificar a algunos políticos inocentes. ¿Cuántos? cabría preguntarse. Todos, contestarían algunos de los que hoy disputan el poder político a la democracia. Estos días leemos que algunos altos mandos de la policía llevan años haciendo un uso espurio de su poder y de los instrumentos que la democracia ha puesto en sus manos. Resulta que esos policías, al igual que algunos fiscales, jueces y periodistas, hacen más política, y una política más corrupta, que los representantes elegidos por los ciudadanos, y uno de sus servicios es ofrecer víctimas propiciatorias en el altar de la regeneración democrática. Resulta paradójico que se instituya el crimen como instrumento para recuperar la virtud.

 

También los partidos han ido pasando de aprovecharse oportunistamente de los casos de corrupción que surgían entre los adversarios a reaccionar aterrorizados aplicando la consigna de mi amigo politólogo, es decir, a sacrificar preventivamente a personas inocentes al severo dios de la regeneración de la democracia.

 

Puerto Gallego, que así se llama la exdiputada cuya causa ha sido archivada esta semana, es una pediatra con una enorme vocación social, fue alcaldesa de Santoña con mayoría absoluta. Un adversario político la denunció, y hoy en nuestro país una denuncia es ya una condena. Ella, sabiéndose inocente, dimitió antes de ser juzgada, para no perjudicar a su partido. Quienes la conocemos no necesitábamos que la rompieran para saber de qué está hecha, de su integridad y de su nobleza. Mi amigo está equivocado, sacrificar a inocentes no mejora la democracia.

 Publicado en el diario SUR el 9 de julio de 2017

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