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Constitucionalismo para usuarios

25 junio, 2017

 

El pasado jueves, al terminar el Pleno del Congreso, los miembros de la Comisión para las Políticas Integrales de la Discapacidad elegimos al nuevo presidente de la misma, a mi buen amigo Jordi Xuclà, diputado de PDeCAT, la antigua Convergencia. Salió elegido por unanimidad, y después de que nos diera las gracias con un breve discurso me acerqué a felicitarlo. Con una sonrisa cercana a la carcajada le dije: “espero que reconsideres lo de la independencia, al fin y al cabo, ahora eres presidente de una Comisión del Congreso de los Diputados, y no querrás perder el puesto”. Luego le hice una foto con mi móvil, con la imagen de los padres de la Constitución a su espalda, incluido Miquel Roca, que, además, fue uno de los fundadores de Convergencia. Jordi Xuclà me recordó que yo le hice su mejor foto, y es verdad. Unas vacaciones de verano de hace muchos años tuve la fortuna de atrapar con mi cámara las miradas arrobadas que le dedicaban sus dos hijas pequeñas. Él y yo sabemos que nunca nadie lo volverá a mirar así, y aquella foto se convirtió en la rosa sustraída del paraíso que prueba que, efectivamente, una vez estuvo allí.

 

Estoy seguro de que Xuclà será un buen presidente de Comisión, es decir, que velará con independencia e imparcialidad por los derechos de todos los diputados y diputadas que la conformamos. Por eso es frecuente que se produzcan unanimidades a la hora de elegir a los miembros de las mesas de las comisiones del Congreso, porque esa elección por los diputados de todos los grupos políticos simboliza que, desde ese momento, el elegido ya no se debe al grupo que lo ha propuesto, sino a la institución que preside. Su honor, y el honor político del grupo que lo propone, se juega, a partir de ese momento, en el terreno de la lealtad a la institución.

 

Precisamente, para evitar tentaciones, es decir, para evitar que su partido intente instrumentalizar a los presidentes o a los miembros de las mesas, viciando su función institucional, todos ellos son elegidos por todos los diputados. Los portavoces, por el contario, son comunicados a la Cámara por el grupo al que pertenecen y basta con otra simple comunicación para revocarlos. Recuerdo que en mi época de presidente de la Comisión de Educación solía ser muy generoso con los tiempos de intervención de la oposición cuando comparecían los miembros del gobierno de mi partido, no sé si eso molestaba a alguien pero yo sabía que, en todo caso, los míos se tenían que aguantar, porque no me podían quitar.

 

Cuando cambia la dirección política de un grupo parlamentario, se puede estar más o menos de acuerdo, puede parecer más o menos ético o estético, pero es legítimo que la nueva dirección cambie a los portavoces para poner a otros en los que tenga más confianza política. No sería igual de legítimo, desde el punto de vista constitucional, sustituir a los presidentes y miembros de mesa por razones de confianza política de la nueva dirección, porque ellos se deben a la totalidad de la institución, y la sola insinuación de lo contrario los deshonraría a ellos y a su grupo.

Publicado en el diario SUR el 25 de junio de 2017

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