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Parpadeos

18 junio, 2017

A Maribel Martínez Marín

y a Carlos Martínez Orgado,

que supieron decir lo esencial a tiempo.

 

En la tribuna del Congreso hay una luz que empieza a parpadear cuando se te acaba el tiempo del que disponías para intervenir. A diferencia de lo que ocurre con las intervenciones parlamentarias, en la vida no sabemos con precisión cuánto tiempo nos queda, pero, a partir de cierta edad, como ocurre con la luz que hay en la tribuna, la vida te hace un parpadeo.

 

A los veinte años eres inmortal, la muerte no te toca, va con los abuelos, pero los abuelos no son como tú. Es como si fueran de otra raza, incluso de otra especie, de una especie mortal. Te entristece su muerte, pero los abuelos son de otro tiempo, piensas que han vuelto a ese tiempo, con sus colegas. Un tiempo que ya pasó, un tiempo lejano, que ya no está. Por el contrario tu tiempo está aquí, lo puedes sentir, puedes percibir sus colores, brillantes, nuevecitos. Incluso, cuando en esa primera juventud pierdes a un amigo de tu edad, más allá del dolor de la pérdida, más allá del impresionante dolor de sus padres, y del reflejo de ese dolor en el abrazo que te dan los tuyos, sientes que la muerte no va contigo.

 

Al paso de los años, de pronto, un día, sin saber por qué, te das cuenta de que en el camino perdiste el don de la inmortalidad. Algo hiciste, algo pasó, pero un día notas el parpadeo ese de la vida, que se parece al de la luz que hay en la tribuna de oradores del Congreso. Esa señal puede ser la llamada de un íntimo amigo al que le han diagnosticado un cáncer, o la muerte de una amiga de juventud, que apenas había cumplido los cincuenta. Lo cierto es que te das cuenta de que has perdido la inmortalidad. Hubo un tiempo en el que pensaba que la gente se muere porque se olvida de que es inmortal, en ocasiones todavía lo pienso. Pero no, es todo lo contrario. Nos morimos porque somos de la misma raza que nuestros abuelos, lo que ocurre es que nos olvidamos constantemente de que somos una especie mortal.

 

Cuando en el Congreso ves que la luz parpadea sabes que ya estás en manos de la benevolencia de la Presidencia, y que en un instante te puede quitar la palabra. Entonces es el momento de aprovechar el tiempo, de decir lo más importante que tenías que decir, de saber distinguir entre lo esencial y lo accesorio, porque todo tu discurso puede echarse a perder si le falta la clave de bóveda, esa frase que pones al final y le da sentido a todo lo que has dicho.

 

En la vida pasa igual, cuando ves el parpadeo que te avisa de que estás en manos de la benevolencia de Dios, del azar, del destino, o como sea que se llame, debes darte prisa en decir y hacer lo importante. En la tribuna unos ruegan más tiempo o discuten con la Presidencia, y así estropean su discurso, otros gesticulan con el micro cortado tratando de decirlo todo, sin que ya nadie pueda oír nada, y otros pelean consigo mismos para renunciar a decir todo con tal de decir lo esencial. Al final todos nos tenemos que bajar de la tribuna, es verdad, pero sólo los que luchan contra sí mismos, escuchan aplausos verdaderamente sentidos.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 18 de junio de 2017

One Comment
  1. Enrique permalink
    18 junio, 2017 13:01

    Gracias José Andrés.

Los comentarios están cerrados.

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