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El fruto del árbol envenenado

9 abril, 2017

 En el frontis del libro de Erving Goffman, La presentación de la persona en la vida cotidiana, hay una maravillosa cita de George de Santayana que dice: “los seres vivientes, en contacto con el aire, deben cubrirse de una cutícula, y no se puede reprochar a las cutículas que no sean corazones”.

 

Goffman describe la vida social como una gran obra de teatro en la que hay un escenario, a la vista de todos, y un espacio detrás del escenario, entre bastidores, que está fuera de la vista del público. En cierto modo, seamos conscientes o no, todos nos comportamos como actores de teatro en la vida social, y públicamente procuramos atenernos a nuestro papel. En los hospitales, en los restaurantes, en las iglesias, en los programas de televisión, en nuestra propia casa, necesitamos separar un espacio interior del exterior, que nos preserve a nosotros y a los nuestros, pero que también preserve a los otros de nuestra intimidad.

 

Forma parte de la civilidad respetar la diferencia entre el espacio de adentro y el de afuera. Avisamos de nuestra visita, para que las personas a las que vamos a ver tengan tiempo de prepararse para recibirnos. Si estamos en pijama en nuestra casa y, de pronto, alguien pega en la puerta, pasaremos un momento de apuro, hasta saber quién nos va a ver, y si es razonable que nuestra visita nos vea así vestidos.

 

Dice Goffman que la palabra persona viene, etimológicamente, de la palabra máscara. La máscara es el concepto que tenemos de nosotros mismos: “nuestro “sí mismo” más verdadero, el yo que quisiéramos ser”. El papel que representamos ante la sociedad, nuestro rol social, se convierte en nuestra segunda naturaleza. “Venimos al mundo como individuos, logramos un carácter y llegamos a ser personas”.

 

En buena medida la vida social funciona como un mecanismo en el que todos nos ayudamos a sostener nuestras máscaras antes que a desenmascararnos. Todos nos concedemos el derecho a recomponer la figura antes de adentrarnos en espacios íntimos del otro, porque todos sabemos que en esos espacios no somos del mismo modo que en público. Los Estados de Derecho prohíben que la policía pueda hurgar en nuestra vida privada. De hecho, si consiguen pruebas contra nosotros obtenidas de forma ilegal no podrán usarlas en un juicio. Los frutos del árbol envenenado no se pueden comer.

 

Los sistemas totalitarios se caracterizan por eliminar la intimidad de las personas de manera sistemática, no como un delito, sino como un derecho del poder. Si no has hecho nada malo, te dirán, nada tienes que ocultar, por tanto, toda tu vida, todos tus actos, todo tú, debes estar expuesto al escrutinio constante del poder, sea quien sea el poder. Esa violencia panóptica es igual de dañina si la hace la policía secreta en nombre de un tirano, o los medios de comunicación y las redes sociales, en nombre de una multitud tiránica. Lo que un Estado de Derecho no le tolera a la policía, hoy lo puede hacer un periodista, un compañero de trabajo o de partido, y muchos lo celebran, pero el veneno es el mismo y hace el mismo efecto.

Publicado en el diario SUR el 9 de abril de 2017

One Comment
  1. 9 abril, 2017 17:22

    Ni el veneno es el mismo, ni sus consecuencias tampoco.
    Una cosa es que el Estado de Derecho, por sus deficiencias e interpretaciones permitan maldades y otra que un individuo pueda hacer daño,con sus actos o comentarios.
    La importancia de una u otra son muy distintas y creo,que la primera es más perjudicial que la segunda.

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