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De Marx a los Illuminati

26 marzo, 2017

 

Cuando empecé a estudiar Sociología, allá por 1977, todo el mundo era marxista en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense. Alumnos, profesores, bedeles, personal de administración y servicios, jardineros, camareros, todos éramos marxistas. Hubiéramos leído o no a Marx. Se sabía de algún catedrático que no lo era, y los estudiantes le huíamos como si fuera un apestado. En algún caso he de reconocer que huíamos con toda la razón, pero no porque aquel profesor no fuera marxista, sino porque no era nada, o todo lo más, era una máquina de dictar apuntes que nos convertía a nosotros en otras máquinas, en este caso, de tomar apuntes. Algunos profesores decían que las aportaciones de Marx o de Weber eran tan relevantes que todo el mundo, incluida la derecha, era, en cierto modo, marxista o weberiano sin saberlo.

 

Una cosa que me mosqueaba bastante por aquella época es que mis compañeros de clase que militaban en el PCE, y no digamos los de la ORT y de la LCR, eran más y mejores marxistas que yo, habiendo leído menos a Marx, o incluso no habiéndolo leído en absoluto. Resulta que tener el carné de alguna de aquellas organizaciones te eximía de leerte, enteritas, las Obras Escogidas de Marx y Engels de la Editorial Akal, los Manuscritos de Economía y Filosofía de 1844 de Alianza de Bolsillo, o algunas partes de El Capital. Te daban el carné y directamente comprendías la lógica del capitalismo, el destino de la historia humana y, sobre todo, aquellas películas lentas, aburridas, y en checo, que ponían en los cines de algunos Colegios Mayores.

 

Lo interesante de Marx es que, en cierto sentido, no era un moralista. Sin duda hay un criterio moral en su obra, pero lo más interesante es su intento de explicar los acontecimientos sociales y la historia humana como la consecuencia de las lógicas moralmente ciegas de las fuerzas sistémicas de la economía y de la técnica. De modo que leer a Marx me ha hecho atender siempre más a la evolución de la estructura social y económica que al desarrollo de las conspiraciones políticas. De hecho siempre me pareció de mal gusto intelectual prestar atención a los dimes y diretes de los conspiradores. Craso error, cuando uno se dedica a la política práctica, pero qué le vamos a hacer a estas alturas.

 

En fin, todo esto viene a cuento porque me siento muy decepcionado con el abandono por los dirigentes de Podemos del significante vacío “casta”, para sustituirlo por el significante vacío “trama”. Al fin y al cabo “casta” hacía una vaga referencia a la teoría de clases, con toda su carga de elegancia científica decimonónica. Pero lo de “trama” me recuerda a las teorías conspirativas de la historia, desde los Protocolos de los Sabios de Sión, los Illuminati, la Conspiración Judeo Masónica, o las Armas de Destrucción Masiva. Shakespeare, con una historia de ambición, adulterios y asesinatos era capaz de hacer una obra de arte, otros sólo sabrían hacer un programa de cotilleo. Los sofisticados electores de Unidos Podemos no se merecen esta degradación populista del relato político.

Publicado en el Diario SUR el 26 de marzo de 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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