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Cibermalos y cibertontos

12 marzo, 2017

Decía Umberto Eco que, en el pasado, los imbéciles hablaban en la barra del bar, sin que sus palabras pudieran ir mucho más allá de las paredes del local y de los oídos de los parroquianos que estuvieran allí en ese momento, pero que hoy, gracias a las redes sociales, cualquier imbécil puede llegar a millones de personas.

 

Lo que vale para los imbéciles, vale también para los malvados. Hasta no hace mucho, las personas ruines, mentirosas, crueles, podían amargarle la existencia con sus insidias a un número relativamente pequeño de seres humanos. Ahora, gracias a Internet, esas personas pueden hacer objeto de su crueldad al deportista, al político, o al famoso más lejano y socialmente inalcanzable para esa persona. De modo que si una estrella del fútbol tiene un mal día, se encontrará con los dardos envenenados de todos los campeones locales de la infamia de Algeciras a Estambul, y más allá.

 

Los imbéciles suelen escribir sus imbecilidades con su identidad real, se les ve sonrientes en su foto de perfil, solos, o en compañía de su familia y su mascota, o adornándose con los símbolos de su tribu. Generalmente son personas tan desconocidas que ni siquiera al mostrar su identidad real, con su cara y su nombre, corren el peligro de salir del anonimato, y mucho menos de perder su reputación social, sencillamente porque no tienen.

 

El problema es cuando los imbéciles arruinan la reputación de un proyecto colectivo, por ejemplo, cuando, con las siglas de un partido en su foto de perfil, insultan a sus compañeros o a sus adversarios. Por que, en esos casos, no son ellos quienes pagan la cuenta de sus estupideces, sino la empresa común en la que tantos han puestos sus trabajos y sus anhelos.

 

La otra especie más numerosa del mundo de las redes sociales son los malvados, y aunque también pueden ser imbéciles, la maldad les dota de cierta inteligencia, lo que les lleva a ocultar su verdadera identidad, de forma que hacen daño sin correr ningún peligro. Las redes les permiten, además, multiplicarse hasta el infinito. Una misma persona puede tener tantos perfiles distintos como quiera, dependiendo el tiempo y las ganas que tenga de hacer daño.

 

Sin embargo a los malvados, a pesar de su inteligencia, les ocurre igual que a los imbéciles. En especial cuando combaten a favor de una causa política. No hay ningún honor en luchar por una causa tapado con una máscara, es decir con una identidad falsa, cuando la forma de luchar es la agresión y el insulto. Quienes luchan así, no honran su causa, sino que la degradan. En la tradición política democrática, desde Atenas, las personas que luchan con limpieza por una buena causa, se honran con su causa y con su lucha, y su único premio es el reconocimiento de sus conciudadanos. En la España de la democracia sólo un cierto tipo de gente ha tratado de hacer política con capucha, y ahora todos sabemos por qué. Si para hacer o decir algo sientes la necesidad de ocultar tu identidad, más que un signo de inteligencia, es un aviso de tu conciencia para que no lo hagas.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 12 de marzo de 2017

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