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Óptimo Peláez, un candidato ideal

19 febrero, 2017

  Dicen que todos llevamos dentro un entrenador de la selección nacional de fútbol, quien más y quien menos lleva también un crítico de cine, varias especialidades médicas, un preparador físico, un vendedor de coches, un psicólogo, un político, un dietista, un estilista, un tertuliano, un consejero de familia, un pedagogo, un informático, en fin, que hay días que se te apelotona tanta gente dentro que, más que una persona, podrías ser un piso patera. Con todo, los socialistas, en general, también llevamos un experto en marketing electoral.

 

Acabados ya los procesos congresuales en el resto de las fuerzas políticas, los socialistas nos quedamos solos en la pista. Alguna vez he escrito que lo que más nos interesaría sería aclarar nuestro modelo de democracia interna, es decir, si nos sumamos a la moda populista de un caudillo salvador y unas bases enfervorecidas, o si continuamos con nuestra tradición de democracia representativa y deliberativa, con sus mecanismos de control y contrapoder. Por desgracia, lo que nos interesa y lo que nos resulta interesante no siempre coinciden, como sabe cualquiera que, en mitad de una clase de trigonometría, haya descubierto que su compañero de pupitre se ha traído una rana viva.  

 

Lo interesante, para propios y extraños, suelen ser los nombres propios, es decir, quién ha de liderar el PSOE, o más modestamente, quién ha de ocupar la secretaría general, porque no siempre que elegimos un secretario general elegimos un líder. En este sentido es frecuente encontrar a expertos electorales, de balde o de pago, que te dicen el perfil exacto de la persona que deberíamos elegir para atraer el voto ilustrado que se nos ha ido.

 

Hace unos días, uno de estos expertos, nos explicaba a un grupo de socialistas que la persona que elijamos debería ser políglota, por supuesto bilingüe en inglés, francés, alemán e italiano, o sea pentalingue, y naturalmente debe dominar el catalán, el euskera y el gallego, por lo de la España plural, y algo de ruso y de árabe, digamos un nivel B2. Por supuesto, además de Derecho y Económicas, sería bueno que tuviera una ingeniería. Teleco o Caminos están bien. También un doctorado en Harvard, y además de haber vivido unos años en Estados Unidos, no estaría mal, que también lo hubiera hecho en Bruselas, y conociera por dentro las instituciones europeas. Que haya trabajado en el sector privado resultaría de lo más conveniente, pero si, además, fuera abogado del Estado, miel sobre hojuelas. Por otro lado, estaría bien que fuera aristocrático, aunque de origen obrero. Y que tocara el piano y tuviera buena voz. En fin, el perfil habitual de nuestras élites.

 

Todos nos quedamos bastante fastidiados, ¿de dónde sacar alguien así? nos preguntábamos. Hasta que una compañera exclamó: “¡lo conozco!, es uno de mi agrupación local, se llama Óptimo Peláez, además es alto y guapo, pero es un friki insoportable, sin una pizca de empatía, nadie que lo conozca lo votaría, no he visto tipo más creído y distante”. Ya es mala suerte, pensé, ahora que casi lo teníamos.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 19 de febrero de 2017

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