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Si Roosevelt levantara la cabeza

22 enero, 2017

 

La historia de Europa es una historia de guerras, los europeos nos hemos robado, violado y torturado, nos hemos matado, durante siglos. La última la vez, entre 1939 y 1945, fuimos capaces de extender nuestra violencia a escala planetaria, en una guerra que segaría más de sesenta millones de vidas. Y, sin embargo, después del final de la II Guerra Mundial, no sin crueles excepciones, como la Guerra de Yugoslavia durante los años noventa del siglo pasado, y como por arte de magia, los europeos encadenamos una serie de buenas ideas que dieron lugar a décadas de paz. Primero comerciamos, nos enviamos nuestras mercancías unos a otros, luego empezamos a viajar las personas, los del sur íbamos como emigrantes, y los del norte venían de turistas. Más tarde, con el Erasmus, nos enviamos los hijos de unos países a otros. ¿Qué mayor prueba de confianza puede haber que la de enviar a los hijos?

 

Es más, el mundo empezó a abrirse, las fronteras se hicieron más porosas y la democracia, aunque en ocasiones irreconocible, se ha terminado convirtiendo en el sistema político de referencia en el planeta. Nada dura eternamente. La mortaja que tejía Penélope para Laertes, su suegro, es una buena metáfora de la política. Es evidente que la construcción de una Europa unida y pacífica no es irreversible. La primera ministra británica, Theresa May, ha anunciado que el Brexit será radical, y Donald Trump y Vladimir Putin están entusiasmados con esa idea. Para Trump y Putin, romper Europa es un objetivo deseable, que no ocultan.

 

La crisis de 2008 y, sobre todo, los errores en la respuesta a la misma, han debilitado, por dentro, la fortaleza del proyecto europeo. Un día tras otro, la prensa y los representantes políticos denuncian los errores de los burócratas de Bruselas. Esa denuncia constante es esencial para la buena salud de la democracia, pero no es suficiente. La buena salud de la democracia, exige una información verdadera, y eso exige equilibrio, exige contar lo malo, pero también contar lo bueno, en lugar de darlo por descontado.

 

En nuestro país, según la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, en 2015, de cada cien personas, 2,6 no podían permitirse comer carne o pescado al menos cada dos días. Es un dato terrible, sin duda, con el que podemos enardecernos hasta querer arrasar con todo un sistema que permite que esas cosas pasen. Y, sin embargo, las aguas del Mediterráneo son la mortaja de miles de personas, mejor informadas que nosotros, que tratan de llegar a una tierra en la que el 97,4 por ciento de la población puede comer carne o pescado al menos una vez cada dos días. Una tierra en la que la vida y la libertad de todos son respetadas y protegidas, y sus violaciones denunciadas, perseguidas y castigadas.

 

Hace casi 80 años, Rusia, Estados Unidos y Gran Bretaña se unieron para combatir al fascismo en Europa. No sé si Stalin se reconocería en Putin, porque los comunistas nunca han sido muy finos para distinguir entre el liberalismo y el fascismo, pero estoy seguro de que Churchill y Roosevelt correrían a gorrazos a Theresa May y a Donal Trump.

Publicado en los diarios SUR y el Correo el 22 de enero de 2017

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