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Hasta pronto, Obama

15 enero, 2017

 

Esta semana el presidente Obama se despidió de la presidencia de Estados Unidos con un magnífico discurso. Obviamente, Obama está en los días finales de su presidencia, pero eso no significa que esté en los días finales de su liderazgo político y moral para la sociedad norteamericana y, en general, para el mundo. Al escuchar su discurso resulta evidente que su combate por las ideas, por los valores, por la gente, por todas las cosas por las que ha luchado toda su vida, continúa. Estoy convencido de que seguiremos escuchando su voz durante mucho tiempo.

 

El Obama que hablaba el pasado martes en Chicago es un hombre con una experiencia que han tenido muy pocos. Con la experiencia pasa como con los años, no se puede tener noventa años si uno no tiene la paciencia, y la fortuna, de vivir noventa años. No se tiene la experiencia de haber sido presidente de tu país, o alcalde de tu pueblo, si no lo has sido al menos un día en tu vida. Por lo demás puedes tener la mala suerte de haber vivido mucho y no haber entendido nada. Y es que ninguna fórmula de éxito es segura, porque la vida es incalculable. Escuchando al presidente Obama uno tiene la poderosa impresión de que ha vivido mucho y también ha comprendido mucho.

 

Del discurso del Obama que deja la presidencia después de haber enderezado la economía de Estados Unidos, ampliado la protección sanitaria a otros veinte millones de norteamericanos, pero también habiendo visto los limites de su poder democrático a la hora del limitar la venta de armas en su país, se desprende que su mayor preocupación para el futuro es, precisamente, el riesgo que corre la democracia. La insolidaridad ante la pobreza, las desigualdades extremas, es una de las principales amenazas, el racismo, la xenofobia, y en general la exclusión del diferente, es otra, pero la más novedosa y más preocupante amenaza sobre la que nos advierte el presidente Obama es la ruptura del espíritu de la Ilustración.

 

La racionalidad, el respeto a la verdad de los hechos, la tolerancia, forman parte del legado de la Ilustración, y ese legado está en la base de la democracia como forma de civilización. Ciertamente los Ilustrados eran, quizá excesivamente, optimistas respecto a la naturaleza humana. Hoy empezamos a conocer las debilidades, no ya morales, sino cognitivas, de los seres humanos. No sólo como individuos, sino como especie, tenemos mala memoria, tendemos a extrapolar erróneamente a partir de unos pocos casos, vemos, literalmente, sólo lo que nos interesa. Por desgracia hay quienes de manera fría y sistemática usan nuestros fallos cognitivos para su beneficio, y lo que es peor, para nuestra destrucción. Ciertas redes sociales, tan sofisticadas tecnológicamente, antes de para mejorar la democracia, sirvieron para convencer a los votantes de Trump de la burda mentira de que con Obama había crecido el paro.

 

No es la primera vez que nos encontramos frente a la advertencia de Adorno y Horkheimer, los padres de la Escuela de Frankfurt, y de Goya mucho antes que ellos, de que el sueño de la razón produce monstruos.

 Publicado en el diario SUR el 15 de enero de 2017

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