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Ricos y pobres

18 diciembre, 2016

Hace unos días, una gran periodista le preguntaba a mi maestro, Julio Carabaña, por qué tanto revuelo mediático, si, en realidad, el nuevo informe PISA no supone ninguna novedad sobre los anteriores. Mi maestro contestó algo así como: “porque hacen falta noticias”. Lo dijo con tanta resignación como ironía. Lo curioso es que, además de explicar el verdadero significado de los datos de PISA, que es en lo que el profesor Carabaña es un experto, tuvo que explicar que a algunos periodistas les preocupan más las noticias que la verdad. Es verdad que también algunos políticos se han sumado a la locura, y es que el espectáculo debe continuar las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, para satisfacer a una demanda social creciente.

El sistema, sea lo que sea tan fabuloso animal, necesita novedades a un ritmo en el que sólo la banalidad, o la mentira, son capaces de producir. Y es que la verdad necesita su tiempo para nacer, pero la mentira se puede fabricar al instante. La posverdad, ese término que se ha puesto de moda este año, crece bien en el exuberante terreno de una sociedad que, aterrada por el aburrimiento, vive permanentemente conectada a una pantalla. Miramos las pantallas, que nos distraen la vida, sin parar. Ya no nos aburrimos ni los domingos por la tarde. Y eso tiene un precio.

Julio Carabaña acaba de publicar un libro sobre la evolución de la desigualdad y la pobreza en España, que se titula Ricos y pobres. Es un libro extraordinariamente riguroso que analiza los mejores datos que tenemos en nuestro país, y fuera de él, sobre estos temas. Lo curioso es que los datos que el profesor Carabaña saca a la luz coinciden más con lo que vivimos que con lo que pensamos. Ocurre también que, en demasiadas ocasiones, lo que pensamos tiene que ver más con lo que nos cuentan que con lo que nos pasa. Y lo que nos cuentan no es lo que nos pasa.

Entre 2007 y 2011 el índice de Gini, que mide la desigualdad económica, creció en España 1,8 puntos (de 0,324 a 0,342). Stiglitz, premio Nobel de Economía, dice que 1,4 puntos es una variación pequeña. En nuestro país, a una variación de 1,8 puntos se la ha calificado de “crecimiento exponencial” y “emergencia social”. Y si en lugar de desigualdad, hablamos de pobreza severa, también los datos tienen una magnitud bien distinta a las palabras. Entre un 3 y un 5% de pobres severos es algo que se puede resolver con un acuerdo político.

La izquierda más alejada sociológicamente de los pobres y de los que “lo pasan mal”, que, por otra parte, es la más conectada a las redes y a los llamativos titulares de prensa, se ha radicalizado más en función de los adjetivos que de los sustantivos. También la derecha se ha creído esas exageraciones y ha sentido miedo por la magnitud de la redistribución necesaria para resolver el problema social. Lo irónico es que con mover un 2% de la renta hacia los pobres, bastaría. Algo al alcance de la socialdemocracia, incluso en su famosa crisis, pero imposible para los reaccionarios y los revolucionarios de tertulia, incluso en su esplendor.

Publicado en los diaríos SUR y El Correo el 18 de diciembre de 2016

 

 

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