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La indignación como espectáculo

4 diciembre, 2016

 

Al principio se acercaban a nosotros cuando entrábamos en el Congreso, con su micrófono en la mano, mientras un cámara nos apuntaba con su objetivo, y nos hacían preguntas, simples unas veces, complejas otras, casi siempre inesperadas y ajenas a nuestra tarea como diputados, para las que, en ocasiones, no tenías una respuesta y se te quedaba una cara de tonto que luego, por la noche, daba mucha risa a la gente que volvía de su trabajo y encendía la tele para entretenerse un rato.

 

Entonces nadie se indignaba demasiado, porque la economía iba como un tiro, y un joven escayolista, que había dejado la escuela unos pocos meses antes, ganaba un sueldo cercano al de un médico residente. Luego vino la crisis, y el escayolista, que se había casado y tenido un hijo, se encontró en una trampa vital y con una trampa económica. Los ánimos empezaron a cambiar, y alguna gente necesitaba una explicación, o mejor, un culpable. Los escaños vacíos, o la foto de un diputado dormitando, ilustraban el relato de una “clase política” poco trabajadora e indiferente a los problemas de la gente. Aquellas fotos, que también podían reflejar el cansancio de alguien que madrugó para llegar a Madrid desde un extremo de la Península, fueron ayudando a señalar a los culpables.

 

La política, la democracia, el Estado, los gobiernos, los parlamentos, se habían ido desarmando bastante antes de la crisis. Los países habían ido cediendo soberanía a entidades supranacionales como la Unión Europea o al Banco Central, los gobiernos habían vendido las empresas públicas y privatizado los medios de comunicación públicos. Todo el mundo se felicitaba porque, nos decían, el mercado sería más eficiente que la burocracia pública. Y los gestores de las empresas públicas siguieron como gestores de esas mismas empresas privatizadas. Cuando vinieron los problemas, el nombre de los cargos políticos era el mismo, presidente del gobierno, ministro, diputado, senador, pero el perímetro del poder y la capacidad de respuesta de la política se había achicado.

 

Y ahora hay gente que se dice: “ya que no pueden acabar con el desempleo, por lo menos que nos diviertan”. Y unos señores muy inteligentes e ingeniosos, al servicio de otros muy ricos, han organizado circos televisivos en los que los representantes del pueblo luchan entre sí, como aquellos ricos y obesos patricios romanos que los gladiadores de Espartaco pusieron a pelear para divertirse. En la película de Kubrick, Espartaco reprende a sus compañeros y les dice: “¿Qué somos, Griso? ¿Nos hemos convertido en romanos? ¿No aprendimos nada? ¿¡Qué nos ocurre!? Nos damos al vino en vez de procurarnos el pan. No podemos ser una banda de ladrones borrachos”.

 

El espartaquismo ha vuelto de nuevo, y esta vez, como predijo Marx, como farsa. Los bolcheviques digitales han convertido la revolución, la solidaridad y la justicia en parte del espectáculo. Se equivocan los que gritan “no nos representan”, al contrario, cada día hay más gladiadores o payasos que, para el consumo de una democracia de audiencias, los representan.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 4 de diciembre de 2016

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