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El debate en el PSOE

11 noviembre, 2016

Hace unos días, mientras oía una radio muy seguida por los votantes y militantes socialistas, escuché decir a un valioso periodista: “¿Otras ponencias, otro debate, otros papeles de Granada? Magnífico inútil entretenimiento para no hacer nada. Le vale cualquier cosa al cenáculo de notables menos hablar del Congreso y de la elección de un nuevo líder, que es lo que la militancia y los votantes están esperando”.

 

Me impresionó la sencillez con la que planteó el dilema, o debatimos de ideas o elegimos a un líder, y me impresionó, igualmente, la rapidez con la que lo resolvió: elijamos al líder. Lo que ocurre es que cuando el periodista dice que nos dejemos de zarandajas y elijamos inmediatamente a un líder, está eludiendo el debate más importante que tiene el PSOE ante sí. Pues, por muy importante que parezca, la cuestión fundamental no es si el próximo líder ha de ser viejo o nuevo, hombre o mujer, bajo o alto, del norte o del sur, sino cuál es el perímetro del poder que los socialistas estamos dispuestos a otorgarle al próximo líder del PSOE.

 

Desde que el “no nos representan” se instaló en la conciencia de una parte de la sociedad española, y por primera vez desde la Transición, el debate público trasciende a las políticas sectoriales, para alcanzar el corazón mismo de nuestro sistema político. Hasta el 15M las protestas sociales en nuestro país se habían dirigido contra el gobierno de turno, desde entonces las protestas se extendieron contra el Congreso y contra los representantes elegidos por los propios ciudadanos, es decir, contra el sistema político nacido del pacto constitucional de 1978. Como dijo José Luis Rodríguez Zapatero ya hace unos años, el PSOE es el partido que más se parece a España, y del mismo modo que una parte de la sociedad critica al Congreso, y llama casta a los diputados elegidos por todos, algunos militantes socialistas denuestan al Comité Federal y llaman barones a los secretarios generales de las federaciones, elegidos por procedimientos igual de democráticos que el secretario general federal.

 

El PSOE no ha sido históricamente inmune a las modas políticas del momento. No lo fue en los años treinta del pasado siglo, y no lo es ahora. Y la moda política del momento es el populismo. No debe confundirse el populismo con el uso de un lenguaje popular, ni con la apelación al pueblo como instancia de legitimidad política, ¿qué otra cosa es, si no, la democracia? El populismo es otra cosa, es una forma de la política, de la antipolítica, deberíamos decir, para ser más precisos. Una forma que es capaz de servir a objetivos muy diferentes como estamos viendo en todo el mundo. Hay populismos de derecha que enfrentan a los locales con los extraños, y populismos de izquierda que enfrentan a los excluidos con las élites, pero todos ellos comparten un mismo diagnóstico: las dificultades a las que se enfrenta la sociedad derivan de un problema de representación, y pueden resolverse fácilmente cambiando el sistema político para que de verdad exprese la voluntad del pueblo, a ser posible encarnado en un líder carismático que, sin las molestias de la política, pueda pasearse por las calles señalando edificios y diciendo “exprópiese”.

 

 

Cuando se nos dice a los socialistas que nos dejemos de debates teóricos y, sin más dilación, elijamos a ese hombre providencial que exprese y ejecute de manera poderosa e inmediata la auténtica voluntad de los militantes y de los votantes, se nos está colando de matute todo un planteamiento teórico populista. Un planteamiento que propone sustituir la lenta y compleja arquitectura de la democracia representativa y deliberativa en el seno del partido por la elección directa de un hombre capaz de sintetizar las preferencias de los socialistas de clase obrera y de clase media, por un hombre capaz de armonizar las preferencias de la ordenación territorial de los socialistas andaluces, castellanos y extremeños con las de los vascos, gallegos y catalanes, y todo ello sin tener que escuchar las voces de sus líderes regionales, sin los premiosos procedimientos de la política, como el Pacto de Granada, sino a golpe de liderazgo. El periodista expresa lo que él supone el deseo de militantes y votantes de poner al frente del PSOE a un hombre cuya voz haga callar esa molesta cacofonía que, según algunos, ocasionan las voces plurales de los socialistas de un país tan diverso como España. Sin embargo hay algo en ese planteamiento que choca duramente con el pensamiento y los valores del socialismo.

 

El socialismo es la libertad, decía Pablo Iglesias en 1895. “Socialismo es libertad”, decíamos los socialistas españoles en la Transición, frente al “Socialismo en libertad” que decían los comunistas. Para los socialistas, si no hay libertad, no es socialismo. La arquitectura organizativa del PSOE, aquilatada a lo largo de su historia, responde a la voluntad de los socialistas de preservar la libertad política también en el seno del partido. Se trata de una arquitectura institucional de matriz liberal-republicana y federal, basada en la democracia representativa y deliberativa, en órganos de dirección colegiados, en órganos de control y dirección política distribuidos por los diversos ámbitos territoriales. Los socialistas sabemos bien que la concentración del poder es una invitación a la arbitrariedad y la tiranía, también dentro del partido. El federalismo sirve a la tradición republicana en la medida en que dispersa el poder entre diversas instancias territoriales. Si eres alcalde o alcaldesa, y la Diputación está en las manos de tu adversario, te viene bien que en el Gobierno de la Comunidad Autónoma tengas aliados, o que los tengas en el Gobierno de España, y si no, que puedas obtener ayudas en Bruselas, o hasta en la ONU, si es necesario. Y lo que vale para un alcalde vale para cualquier ciudadano o ciudadana, siempre es más fácil encontrar amparo frente a la arbitrariedad cuando hay varias instancias de poder a las que acudir que cuando hay una sola.

 

Si llamamos feudos a las federaciones, si llamamos barones a los secretarios generales elegidos democráticamente por los militantes, si llamamos aparatos a los Comités Provinciales, Regionales y Federal, si llamamos paniaguados a los compañeros y compañeras que, con el respaldo del partido y el voto de los ciudadanos, ocupan cargos institucionales, es muy probable que ya hayamos perdido la batalla del lenguaje y del pensamiento, y una vez perdida esa batalla, como advertía Gramsci, está perdida la batalla política. En la extensión de ese lenguaje resulta esencial una parte de la prensa, que viene cultivando el populismo mediático desde mucho antes de que emergiera el populismo político.

 

Describir la división de la izquierda como el enfrentamiento entre una izquierda pura y otra corrupta, y vendida a la derecha, es aceptar el marco de los más encarnizados adversarios del PSOE. Quienes promueven esa descripción, dentro o fuera del PSOE, consciente o inconscientemente, trabajan para la derrota del socialismo. La verdadera división política de la izquierda se ha producido en torno al sistema político de 1978. Hay una izquierda que sigue creyendo en él y otra izquierda que quiere derribarlo aunque no sabe qué poner en su lugar, ni cómo hacerlo. Hay una izquierda reformista que, con sus reformas, ha cambiado la vida de la gente, y que ahora ve disminuir dramáticamente su fuerza institucional, y hay una izquierda revolucionaria sin revoluciones, que está dentro y fuera del sistema, en el Congreso y contra el Congreso, al mismo tiempo, que promete cambiarlo todo para, finalmente, no cambiar nada.

 

El populismo político y mediático está explicando la crisis del PSOE como un golpe de Estado interno motivado por las ambiciones de poder de un “cenáculo de notables” para entregar las llaves del gobierno a una derecha insensible y corrupta. Una explicación que exige aceptar unas premisas delirantes. Que el máximo dirigente del PSOE acuse de complicidad con la derecha a los cuatro secretarios generales que le han precedido a lo largo de cuarenta años de democracia, a cinco de los seis actuales presidentes autonómicos socialistas, a la mitad más uno de los miembros de la Comisión Ejecutiva Federal, que él mismo formó y dirigía, a la mayoría del Comité Federal, que él contribuyó a constituir, y a la mayoría del Grupo Parlamentario Socialista, que aprobaron los órganos del partido bajo su mandato, sería el reconocimiento de un fracaso personal brutal, si fuera cierto; y la mayor agresión que un dirigente del PSOE le haya hecho a su partido en toda su historia si esa afirmación fuera falsa, como es el caso.

 

Lo cierto es que no han sido barones de una oligarquía hereditaria, sino secretarios generales de federaciones, con una legitimidad democrática igual que la del secretario general federal dimitido, los que, entre otros, han parado un intento de concentración de poder interno hecho a costa de la deslegitimación de la arquitectura representativa y federal del PSOE. Cuando el secretario general dimisionario convocó, en el limite de la disolución de la legislatura, una votación para ser reelegido directamente por las bases del partido no estaba compartiendo la decisión de qué hacer con la legislatura, sino pidiendo a las bases un poder que le permitiera actuar por encima de un Comité Federal previamente desprestigiado.

 

El secretario general no expuso a la consideración de los militantes ni un acuerdo, ni una propuesta, ni siquiera a la manera genérica en que lo hizo en febrero con el pacto con Ciudadanos, tampoco se propuso consultarles los límites que podía asumir en la negociación de un gobierno alternativo, sencillamente pidió un depósito de confianza sin límites ni cortapisas. Y los secretarios generales de las federaciones ya fueron advertidos de cómo estaba dispuesto a ejercer ese poder el secretario general federal en febrero de 2015, cuando orillando los límites estatutarios, y con complicidades mediáticas, destituyó al secretario general de una federación tan importante como la madrileña. Una destitución, que incluía la destrucción de la reputación de un compañero que no estaba, ni está, incurso en ningún procedimiento judicial, y la disolución del Comité Regional de una Federación. Ese acto de intimidación hacia las federaciones respondía a una concepción del poder incompatible con la tradición republicana del PSOE, pero que una parte de la izquierda política y mediática estuvo encantada de convalidar, en el contexto de una nueva hegemonía populista. Después de ese acto de intimidación vendrían otros. Eso, aunque no se explica, es, sin embargo, lo que explica, mejor que la ambición de poder de nadie, que líderes regionales que, en principio, mantenían posiciones muy diferentes entre sí terminaran uniéndose frente al secretario general federal.

 

A la deriva hacia un populismo bonapartista interno hay que añadir la deriva externa a la que la máxima dirección federal empujó al PSOE tras las elecciones de junio. Si algo diferencia al PSOE del populismo de izquierdas es precisamente que estos últimos tienen una clara voluntad de ruptura del sistema político. Para lo cual están aprovechando un problema de diseño del artículo 99 de la Constitución Española, que rige la elección del Presidente del Gobierno, para convertir un problema procedimental en un problema político y ético. En ese contexto, los socialistas prometimos no bloquear las instituciones si no éramos capaces de formar un gobierno alternativo al PP. Para la autodenominada izquierda populista la prioridad es hacer saltar el sistema político, y para ello le viene bien no resolver las contradicciones, sino agudizarlas paralizando en cadena de todo nuestro sistema democrático y provocando un bucle de repetición de elecciones, aunque eso pueda llevar a una mayoría absoluta de la derecha. Porque para los dirigentes de una incierta izquierda, el dolor social provocado por los recortes es siempre una nueva oportunidad revolucionaria, por cierto, siempre desmentida por los hechos en la calle y en las urnas. Para los socialistas, la prioridad es el desbloqueo de las instituciones de nuestra democracia, incluidas el Congreso y el Senado, pero también de otras muchas que dependen de que haya un gobierno, aunque el efecto secundario sea que el PP pueda formar un gobierno sin mayoría absoluta. Con todo, la diferencia más importante entre el populismo de izquierdas y el PSOE no estriba en las consecuencias secundarias de sus estrategias, sino en sus objetivos últimos. La impugnación del sistema del 78 desde su raíz, con cal viva incluida, como hacen los líderes de Unidos Podemos, debería ser del todo inaceptable para los socialistas, especialmente para quien ostentaba su máxima representación.

 

Antes de elegir apresuradamente a un líder, los socialistas deberemos meditar qué partido queremos, si rendido a la moda populista del momento, o fiel a sus raíces políticas republicanas. Para los socialistas también sirve lo que en su día dijo Pericles de los demócratas atenienses: “En lugar de considerar a la discusión como una piedra que nos hace tropezar en nuestro camino a la acción, pensamos que es preliminar a cualquier decisión sabia”. Los socialistas no tenemos miedo a decidir, sino a hacerlo sin haber reflexionado lo suficiente, sólo tenemos miedo a decidir llevados de la mano de las modas o cegados por las pasiones. Como el personaje de Moliere hay, entre la prensa de izquierdas y entre algunos socialistas, personas que hablan en prosa populista, pero no lo saben. No es fácil combatir al populismo cuando infecta tu lenguaje y tu propio pensamiento, pero sólo ganándole al populismo cuando se manifiesta dentro, le podremos ganar al de fuera. Y nada mejor para ganar ese pacífico combate que las armas que nos proporciona la vieja tradición del republicanismo cívico.

 

José Andrés Torres Mora

Diputado socialista por Málaga

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