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Kant, el big data y Rajoy

10 julio, 2016

 

Hay cosas que aprendes mucho mejor cuando las vives que cuando las estudias. En la época en que hacía mi tesis doctoral andaba enfrascado con un sofisticado análisis estadístico de datos sobre desigualdad educativa. Me había comprado un ordenador Pentium 90. Mi mujer y yo acabábamos de tener a nuestro hijo, como tantos, no teníamos coche, vivíamos de alquiler, me renovaban el contrato de profesor ayudante en la Universidad Complutense año a año, pero tenía el ordenador más potente de todos los amigos. Aproveché las vacaciones de Navidad parar dejar programada una enorme batería de regresiones logísticas relativamente sencillas. Nos fuimos a Málaga allá por el 22 de diciembre, cuando volvimos, el 5 de enero, mi ordenador todavía estaba terminando de hacer los cálculos.

 

El siguiente paso fue hacer una análisis más complejo, con más variables y con más interacciones entre las variables, y ahí mi flamante ordenador fracasó rotundamente. De modo que hablé con mi muy querido amigo y paisano Juan Miguel Márquez, que era el director de los servicios informáticos de la Complutense y me aseguró que el ordenador central de la Universidad tenía potencia de computación suficiente para resolver mis ecuaciones. Acertó y, en efecto, al cabo de un rato tuve en mis mortales manos, y ante mis maravillados ojos, una inmensa sábana con los resultados. Me fui para casa y, en poco rato, comprendí mi error. En efecto, el ordenador tenía potencia para computar todas aquellas múltiples interacciones entre variables, pero mi pobre cerebro era incapaz de pensarlas todas al mismo tiempo. El cerebro humano no es capaz de computar toda la realidad, ni siquiera un modelo relativamente simple de toda la realidad. Sabía aquello, lo sabía desde que, en primero de carrera, estudié filosofía de la ciencia, me lo había advertido mi maestro Julio Carabaña, pero sólo cuando tuve aquella inmensa sábana de resultados ante mí, fui verdaderamente consciente de lo que significaban mis limitaciones.

 

Mucho antes de que existiera el Big Data, e incluso mucho antes de que existiera el Pentium 90, Immanuel Kant vino a advertirnos que los seres humanos debíamos tener mucho cuidado para evitar convertirnos en instrumentos de otros o de nosotros mismos. Si, en pos de otra cosa, hacemos algo que no queremos hacer, corremos el riesgo de arruinarnos moralmente. Hasta ahí Kant. Pero es que, además de actuar mal, cuando hacemos un mal para producir un bien, lo más probable es que nos equivoquemos en el cálculo de las consecuencias de nuestras acciones. Como hemos visto, nuestra incapacidad de computar toda la realidad nos dificulta predecir el futuro. ¿Cómo computábamos el Brexit en las predicciones electorales españolas? ¿Cómo pudo imaginar Izquierda Unida que el presidente Aznar nos llevaría a la Guerra de Irak, mientras ellos le ayudaban a acabar con los socialistas? ¿Cómo podemos saber los socialistas cuáles serán las consecuencias de dejar que gobierne el PP, con el señor Rajoy a la cabeza? Si lo hiciéramos, dejaríamos de ser responsables, para ser los responsables.

 Publicado en el Diario SUR el 10 de julio de 2016 

 

 

 

One Comment
  1. 10 julio, 2016 11:44

    Claro que nos equivocamos, yo prefiero decir””me he equivocado””, al “” si yo hubiera hecho””.
    Lo que importa es estar convencidos que lo,que hacemos, es en favor de los ciudadanos, y que lo,hacemos con generosidad y grandeza, los errores se perdonan, las divisiones y las tomas de decisiones variables de un día para otro, se pagan.¿Verdad.
    Yo, si se lo que va hacer Rajoy si continúa, decretos leyes si puede y sino paralizará todo el sistema, en el PP son unos artistas de echar balones fuera y culpabilizar a los demás.
    Los hechos cantan, y ellos no variarán, son poseedores de la verdad, cosa está, muy peligrosa.

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