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La libertad de elegir

15 mayo, 2016

Decía Henri Ford, el fundador de la empresa automovilística que lleva su nombre, hablando de su famoso modelo T, que «cualquier cliente puede tener el coche del color que quiera, siempre y cuando sea negro». Además de dar nombre a su empresa, el apellido Ford se asocia al sistema de producción industrial en cadena: el fordismo. Junto con el taylorismo, el fordismo fue esencial para la revolución industrial y la expansión del consumo. Las mercancías producidas en serie eran más abundantes, más baratas y facilitaron el llamado consumo de masas.

 

Ocurrió que la vida fordista era bastante aburrida, por decirlo de una manera suave, aburrida en la producción y aburrida en el consumo. Los obreros se pasaban su existencia repitiendo unos pocos movimientos reglados, sin ninguna creatividad. Los consumidores, por su parte, tenían poca variedad entre la que elegir. Si podías, te comprabas un Ford T de color negro, y si no te gustaba ese color, siempre podías comprarte otro Ford T, pero en este caso de color negro. Lo que seguro que le hacía mucha gracia a Henri Ford, pero bastante menos a los compradores de sus coches, sobre todo a la hora de buscar cada uno el suyo en el aparcamiento.

 

El mundo del fordismo era bastante uniforme, y uniformado, y su espíritu fue extendiéndose por todas partes. Primero fue la fábrica la que se organizó bajo la lógica del fordismo, luego fueron los partidos y los sindicatos obreros, al final la vida entera se hizo fordista. Unos pocos, los ingenieros, los tecnócratas, los del comité central, se quedaron con la inteligencia y la creatividad, poca, y el resto se quedó con la nada, esa Nada, de la que Michael Ende hablaba en La historia interminable, que acaba con la autenticidad de la vida humana.

 

Cansados de la rutina de la fábrica fordista, y paradójicamente organizados gracias a la producción fabril, los obreros sabotearon la cadena de montaje una y mil veces. Los ingenieros llegaron a la conclusión de que había que liberarlos de la repetición monótona de los mismos movimientos y enriquecer sus tareas. Al enriquecimiento de las tareas de los obreros se llamó toyotismo, y con el toyotismo, y de camino que se hicieron más variadas las tareas de los obreros, se amplió la variedad de los productos que fabricaban. Del capitalismo de producción, en el que mandaban los ingenieros, se pasó al de consumo, en el que mandan los técnicos de marketing. A eso, además de Milton y Rose Friedman, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, lo llamaron libertad, más concretamente: libertad de elegir. Y la gente se puso muy contenta, porque se siente libre. Libre de elegir los complementos, naturalmente. La izquierda no lo entendió, y siguió hablando sólo de igualdad, sin tan siquiera darse cuenta de lo entretenido que es elegir los complementos.

 

Ahora todo el mundo está muy contento porque en nuestro sistema político se ha incrementado la libertad de elegir. Nunca los ciudadanos habíamos tenido tanto donde elegir como en las últimas elecciones, y nunca habíamos decidido tan poco como en las últimas elecciones.

 

 Publicado en el diario SUR el 15 de mayo de 2016

One Comment
  1. 15 mayo, 2016 10:12

    Para elegir hay que saber, conocer, discernir, estudiar, trabajar, cuando esto no,ocurre, porque hay pasión, que sabemos que ciega, lo que elegimos no es lo apropiado y esto es lo que les pasa a ,los chiquitos que se quieren apropiar del pensamiento de izquierdas, que por,otra parte me da la impresión que no saben lo que es, a lo mejor si, pero no desean comprometerse con qué significa, libertad, conocimiento, trabajo, compromiso,social.

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