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Los terroristas cuentan a sus víctimas

27 marzo, 2016

 En general, todas las sociedades intercambian mercancías y regalos. Sin embargo, las lógicas que rigen ambos intercambios son distintas. Las mercancías se pagan por el equivalente de su valor, la relación que establecemos con el tendero es fría, él nos da la mercancía y nosotros el dinero que corresponde, y ahí queda todo. No nos sentimos obligados con el tendero a nada más. Los regalos, por el contrario, no se intercambian por el equivalente de su valor, salvo que queramos quedar como un tendero ante nuestros amigos. Los regalos nos obligan de una manera muy distinta a como nos obliga el intercambio con el tendero. Cuando nos hacen un regalo sabemos que, a la vuelta, deberemos hacer un regalo de mayor valor que el que nos han hecho. El intercambio de mercancías es frío, el de regalos es cálido. Todas las sociedades separan los circuitos de las mercancía y los regalos, y castigan a quienes transfieren los bienes de un circuito al otro. Los padres y los hijos no se cobran los besos. Por otra parte, las cosas que se regalan, como los besos, suelen tener mucho valor y poca utilidad.

 

Las cosas más valiosas suelen ser únicas e irrepetibles, como las obras de arte y como los seres humanos. En la antigua tradición bíblica estaba prohibido censar a las personas. Para hacer un censo hay que contar a las personas, es decir, hacerlas equivalentes unas a otras. Pero, bien pensado, un ser humano no tiene un equivalente, ni siquiera en otro ser humano. Tampoco los seres humanos tienen una utilidad, no son un instrumento, sino un fin en sí mismos, no nacen para trabajar en el negocio familiar, o para cuidar a sus padres, sino para la vida y para la libertad.

 

En las lejanas clases de Antropología me explicaron que en muchas culturas, la destrucción ritual de bienes valiosos (el potlatch) es una forma de competir por honor y reconocimiento social. Y nada es tan valioso como un ser humano. Por eso, en 1963 un monje budista, un bonzo, se mató quemándose vivo en una concurrida calle de Saigon para protestar contra la discriminación a la que el régimen de Diem sometió al budismo. El pueblo vietnamita supo leer el desafío que lanzó el monje a las autoridades, un desafío en forma de un regalo, de un potlach, que a Diem le resultaba muy difícil devolver con creces.

 

Sin duda, la del bonzo es una forma de considerar la vida humana muy distinta que la de los terroristas que se suicidaron esta semana en Bruselas, o los que antes lo hicieron en Madrid, Nueva York, o en otros muchos países. Los terroristas transfieren a los seres humanos del circuito de los dones al circuito de las mercancías, convierten a los seres humanos, únicos e irrepetibles, en instrumentos, en cosas que se pueden sumar. Los seres humanos son para el terrorista como el dinero en la economía mercantil: un equivalente universal de valor, dos personas valen el doble que una, como dos euros valen el doble que uno. Los terroristas cuentan a sus víctimas, sin importarles sus nombres. Y eso ofende al Dios en cuyo nombre dicen actuar.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 27 de marzo de 2016.

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