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Lo barato sale caro

20 marzo, 2016

 Empezaré por decir que me ha gustado el libro del profesor Víctor Lapuente titulado El retorno de los chamanes. La tesis del libro viene a ser que nuestra conversación cotidiana determina nuestro destino histórico como país. Si nuestra conversación está dominada por las grandes discusiones abstractas sobre la necesidad de “cambiar el modelo”, entonces vamos mal. Esa es, dice Lapuente, la perspectiva de los chamanes. Si, por el contrario, nuestra conversación social está dominada por la perspectiva de “arreglar el problema”, que él llama la perspectiva de la exploradora, entonces vamos bien. Los chamanes viven en el mundo de las grandes abstracciones, las exploradoras en el de las pequeñas, o no tan pequeñas, soluciones prácticas.

 

En cierto modo podemos contraponer el chamán al experto, pero probablemente no haya mejor escuela de chamanismo político que la de los expertos. De hecho el chamanismo es muy común entre expertos de una materia que se pronuncian sobre otra de la que no son expertos. Por ejemplo, un cirujano de primer nivel puede ser un verdadero chamán hablando de economía, o un economista de primera, puede resultar un verdadero charlatán a la hora de hablar de educación. Sobre todo, si en uno y otro caso, para formular sus opiniones sobre las materias de las que no son expertos, lo único que han hecho es leer por encima los titulares de los periódicos.

 

Generalmente los expertos de verdad miran con escepticismo al que viene de fuera presumiendo de haber encontrado un atajo a algún problema que ellos, que llevan toda la vida investigándolo, no había visto. Si son amables y pacientes, te acompañan por el atajo que crees haber descubierto y te enseñan el precipicio al que conduce para que entiendas que ni ellos son tan tontos, ni tú tan listo. Si no son ni amables ni pacientes, te mandan a hacer puñetas por hacerles perder el tiempo. Lo curioso es que esos mismos expertos que saben que determinada enfermedad no tiene cura, o que no puedes cambiar el modelo productivo en una legislatura, cuando se ponen a hablar de otros temas, los arreglan en dos patadas.

 

Por ejemplo, hay una teórica izquierda que, cuando ve crecer los problemas sociales, desempolva la solución que acabará con todos ellos, la revolución. Esa izquierda suele pensar que para que se produzca la revolución es necesario que haya mucho dolor embalsado en la sociedad. Pero suele ocurrir que justo cuando el dolor embalsado empezaba a tener una magnitud importante, los reformistas negocian con los poderosos y cambian la revolución por un plato de lentejas. Lo que, además de ser una trastada para las aspiraciones revolucionarias de ciertas izquierdas, es sobre todo la demostración de que mucho de ese dolor puede resolverse de forma razonable y barata. Y es aquí a donde queríamos llegar: a la mezquindad de una cierta derecha, que por no compartir un plato de lentejas sería capaz de arriesgarse a que le hicieran una revolución. Sería estupendo verles la cara si se llegan a enterar de lo barato que les hubiera salido ahorrarse todo esto.

Publicado en el diario SUR el 20 de marzo de 2016

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