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El cielo puede esperar

6 marzo, 2016

 Era una noche del verano de 1976 y teníamos el último turno para regar nuestro campo de naranjos. Había luna llena, tan luminosa que hasta se podían distinguir los colores de las cosas. Mientras el agua hacía su trabajo, justo antes del amanecer, mi padre y yo nos sentamos al borde de un ribazo. Entonces yo tenía dieciséis años y una enorme curiosidad por la política, que en pocos meses desembocaría en mi afiliación al PSOE. Quería saber qué le había ocurrido al tío Juan, el hermano seminarista de mi abuela, al que un día de 1936 se llevaron unos milicianos, lo castraron, lo torturaron y lo quemaron vivo. Mi padre me explicó que, por lo que pudieron averiguar el padre y los hermanos del tío Juan, la orden de asesinarlo la dio un socialista. Habían pasado cuarenta años desde que lo asesinaron.

 Unos meses más tarde de aquella conversación, en diciembre de ese mismo año de 1976, Willy Brandt vino al XXVII Congreso del PSOE. Mi padre me dijo: “si Willy Brandt apoya a Felipe, él es nuestro hombre, porque Willy Brand se portó muy bien con los españoles que éramos emigrantes en Alemania”. Quiero creer que dentro de unos años, los hijos de los emigrantes retornados a Perú, a Honduras o a Bolivia, pensarán de José Luis Rodríguez Zapatero, de los socialistas, y de los españoles en general, lo mismo que yo pienso de Willy Brandt y de los socialdemócratas alemanes. Porque lo cierto es que el presidente Rodríguez Zapatero trató muy bien a los inmigrantes, para escándalo de quienes nunca quieren comprender nada que les sea ajeno.

 Cuando el miércoles pasado escuché al líder de Podemos acusarnos a los socialistas de ser “el partido del crimen de Estado”, me acordé de unas palabras que, según he leído, dijo su abuelo, un socialista al que la dictadura condenó a muerte en una sentencia que, felizmente, no se cumplió: “Si los hombres nos conociéramos mejor, nos odiaríamos menos”. Y pensé: qué poco nos conoce el nieto a tenor del oscuro sentimiento que nos profesa. Porque lo cierto es que nunca ningún órgano de mi partido aprobó una resolución política a favor de un crimen. El PSOE tiene una larga historia, y cuando se tiene una larga historia te han sucedido muchas cosas, también en esto nos parecemos a España. Si alguien actuó mal alguna vez, nos traicionó, pero no son los traidores a las organizaciones los que las definen, sino quienes permanecen leales a sus valores. No nos define el hombre que ordenó matar al hermano de mi abuela, sino muchos otros hombres y mujeres que son como el líder de Podemos piensa que era su abuelo.

 Han pasado cuarenta años desde aquella conversación con mi padre. Ni mi abuela, ni sus hermanos, cuando supieron que me había afiliado al PSOE, me hicieron ningún reproche. Con su cariño y su respeto me liberaron a mí de un dolor que, generosamente, se guardaron para ellos solos y se llevaron para siempre al morir. Mi abuela estaba convencida de que no se hereda la ideología, pero sí el carácter moral. Ella me lo dijo con otras palabras: “sé prudente, tú no piensas como mi hermano, pero eres como él”.

 Publicado en el diario SUR, el 6 de marzo de 2016.

One Comment
  1. 7 marzo, 2016 17:26

    Un estupendo artículo, como siempre. Salud!

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