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Autocrítica

11 octubre, 2015

Un lugar común en el mundo del derecho es la máxima: “quien se defiende a sí mismo tiene a un tonto por abogado”. A poco que uno se pare a pensarlo se da cuenta enseguida de que ese dicho condensa la sabiduría que dan siglos de experiencia en el oficio de defender a la gente. Somos malos abogados de nosotros mismos, incluso cuando somos buenos abogados de otros. La subjetividad nos suele jugar malas pasadas, unas veces porque estamos poseídos por nuestras propias pasiones, otras veces porque, sencillamente, estamos demasiado cerca de nosotros como para vernos con la mirada de ese otro que es el juez.

Toda esta alabanza a los abogados, de la que ya me estoy arrepintiendo, en realidad es el preámbulo de lo que realmente quiero decir: si quien se defiende a sí mismo tiene a un tonto por abogado, quien se critica a sí mismo ¿tiene a un genio por crítico? Si tenemos déficits cognoscitivos a la hora de defendernos, ¿se evaporan a la hora de atacarnos a nosotros mismos? ¿Somos tontos para ver nuestras virtudes, pero geniales para reconocer nuestros defectos? Si no nos fiamos de la lucidez del que se defiende a sí mismo, tampoco deberíamos fiarnos de la lucidez del que se ataca a sí mismo. De hecho un juez no debe condenar, sin la existencia de otras pruebas, a una persona que se autoinculpa de un delito.

Viene todo esto a cuento de que el lunes pasado tuve la oportunidad de asistir a la presentación del libro de Miguel Sebastián titulado Falsa bonanza. Lo compré ese día y lo leí casi de un tirón, es magnífico. El editor trataba de llamar la atención con el señuelo de la autocrítica, pero no era la autocrítica como político, sino la crítica que hacía como economista a los fallos de su disciplina, la más interesante: es necesario conocer las razones por las que se produjo la crisis, pero también las razones por las que ni los expertos la vieron venir (menos los dos jubilados de Soria, lo sé, he dicho expertos). La autoinculpación de los socialistas no ha ayudado mucho a comprender las razones de la crisis. Nos preguntamos por qué no pinchamos la burbuja, pero hablamos poco de quiénes y por qué la hincharon y cebaron la crisis durante los dos gobiernos del presidente Aznar. Miguel Sebastián apunta una interesante explicación: los prejuicios ideológicos de los economistas, y del resto de la sociedad, sobre la bondad de la deuda privada y sobre la irrelevancia del déficit exterior, sin reparar en sus excesos.

Como en las películas de aventuras, de pronto nos encontramos exactamente encima de la señal que marca nuestro objetivo, pero precisamente por estar demasiado cerca de ella no la vemos. Tenemos un prejuicio ideológico a favor de los ricos como gestores de la economía. De modo que vemos al rico vicepresidente, que presuntamente aprovechó su cargo para enriquecerse aún más, pero no prestamos atención al incompetente economista que, en el ministerio, en el FMI y en Bankia, nos empobreció a todos. Codiciosamente atentos al origen de su fortuna, estamos completamente ciegos al de nuestra desgracia.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 11 de octubre de 2015

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