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Hakuna Matata

6 septiembre, 2015

Me acuerdo del debate de toma en consideración del Estatuto de Cataluña en el Pleno del Congreso de los Diputados, allá por noviembre de 2005. Después de que el presidente Rodríguez Zapatero interviniera pidiendo la toma en consideración del Estatuto, hizo uso de la palabra el líder del principal partido de la oposición: “Señor presidente del Gobierno de España, si, como dice usted, todo está tan bien, la Constitución es buena, hemos ido a mejor, somos ciudadanos libres, iguales en derecho y solidarios, ¿por qué hay que cambiar la Constitución, los estatutos, los modelos de financiación y todo? ¿Por qué, señor presidente del Gobierno?”. En otras palabras, lo que el señor Rajoy le estaba diciendo al presidente Zapatero era: “si está bien, no lo toques” o hakuna matata. Una palabra suajili que en castellano significa: ningún problema. Algo que sabemos perfectamente todos los padres e hijos comprendidos en un amplio segmento de edades, sobre todo tras haber visto más de quince veces El rey león. Una película de Disney, en la que explica Hamlet a los niños.

Pero pasaba algo. En las elecciones que dieron la victoria al presidente Rodríguez Zapatero, Esquerra Republicana de Cataluña había obtenido ocho diputados y grupo parlamentario propio, cuando cuatro años antes había obtenido un solo diputado. No era el único mensaje que habíamos recibido, desde el País Vasco el señor Ibarretxe también nos había enviado su plan. Esta parecía la respuesta que desde los nacionalismos periféricos se daba a la exaltación del nacionalismo español de aquella segunda legislatura del presidente Aznar, en la que izó una bandera española de 294 metros cuadrados en la plaza de Colón de la capital. La misma legislatura en que “con viento fuerte de Levante” reconquistamos el peñón de Perejil a Marruecos, pero no sólo. Sino que, ya metidos en rutas imperiales, nos fuimos a lejanos desiertos y montañas. Así que hakuna matata, el Estatuto de Cataluña era, según nuestra derecha nacionalista española, el fruto de una frivolidad del presidente socialista.

Después de haber escuchado toda esta legislatura al presidente Rajoy hablar con tanta rotundidad y tranquilidad sobre la imposibilidad de la secesión de Cataluña, sin hacer nada, uno se pregunta: si nuestra Constitución no permite la escisión de Cataluña del resto de España, ¿por qué hay que preocuparse? ¿Cómo va Artur Mas a convocar unas elecciones plebiscitarias, si nuestras leyes lo impiden? Así que, hakuna matata. Y, de pronto, el PP presenta a última hora y de prisa y corriendo una proposición para reformar la Ley del Tribunal Constitucional. No sé cómo se dirá en suajili, pero algo va muy mal y estamos en muy malas manos.

Rajoy ha aceptado jugar al juego de Artur Mas, que es el juego del gallina. Como si fueran James Dean y Corey Allen en “Rebeldes sin causa”, aunque bastante talludos. Y, además, no conducen un coche robado, sino un país con muchas vidas dentro. El juego del gallina es un juego de machotes nacionalistas, da igual los colores de sus banderas, que a veces son los mismos, y siempre acaba mal.

Publicado en el diario SUR el 6 de septiembre de 2015

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