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La historia interminable

16 agosto, 2015

Las clasificaciones son una desgracia como otra cualquiera. Las necesitamos, es verdad, pero están sobrevaloradas. Cuando una novela o una película se sitúan en el género infantil, da igual lo que haya dentro, hay un montón de gente que se las pierde por culpa de la etiqueta. Así que me paso la vida regalando “La princesa prometida”, una película de 1987 dirigida por Rob Reiner. En cuanto me entero de que mis amigos tienen hijos de diez o doce años les regalo la película con la condición de que la vean con ellos. Y cuando les pregunto, todos me dicen: “a mis hijos les gustó, pero quien la disfrutó de verdad fui yo”. Y es que además de una ácida crítica social, la película tiene unos diálogos magistrales. Uno de los que más me gusta es cuando Fezzik, el gigante, le pregunta al temible pirata Roberts: “¿Por qué lleváis máscara? ¿Os quemasteis con ácido o algo parecido?” Y Roberts le responde: “¡Oh, no!, es que resulta muy cómodo, todo el mundo la llevará en el futuro”. Qué razón tenía, no hay más que mirar alrededor o, a veces, al espejo, para ver máscaras por todas partes.

Michael Ende tuvo que lidiar a lo largo de su carrera literaria con la misma desgracia. Cuando uno lee Momo, o La historia interminable, incluso si es un niño, intuye que hay bastante más que una historia de aventuras al uso. Los hombres grises que impelían a los amigos de Momo a ahorrar tiempo y perder vida, la Nada que devoraba el reino de Fantasía en La historia interminable, son conceptos capaces de penetrar la vida de manera tan incisiva como pueda hacerlo uno de los excelentes y actuales ensayos de Byung Chul Han.

La idea de la Nada que va extendiéndose por el reino de Fantasía haciéndolo desaparecer bien podría representar la racionalidad burocrática de la que hablaba Max Weber, pero a mí me ha traído a la mente otra asociación. Poco a poco el cinismo está devorando nuestra democracia y a nosotros mismos como ciudadanos. Estos días hemos sabido del encuentro entre el ministro Fernández Díaz y el exministro Rato, en el despacho oficial del primero.

En febrero de 2009 el ministro de Justicia del Gobierno Socialista coincidió con el juez Garzón, entonces instructor de la Gürtel, en una cacería. No habían quedado a solas en el despacho de uno de ellos, no era eso, coincidieron públicamente. El PP lanzó una campaña pidiendo su dimisión, y la obtuvo. El entonces diputado de la oposición Fernández Díaz, declaró a una radio el día de la dimisión del señor Bermejo: “el ministro Bermejo no ha dimitido por que haya coincidido en una cacería con un juez, eso puede ser más o menos estético, más o menos agradable a la vista, pero eso no es causa suficiente para que un ministro dimita. ¿Por qué ha dimitido? porque la opinión pública ha entendido que esa coincidencia perturbaba uno de los pilares fundamentales de un estado social, democrático y de derecho, que es la independencia del poder judicial”. ¿Qué máscara devolverá estos días el espejo al ministro? ¿Y a la opinión pública?

Cuesta creer lo mucho que ha avanzado la Nada en España en los últimos años.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 16 de agosto de 2015

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