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¿Casarse con Albert Rivera?

17 mayo, 2015

Denis de Rougemont en El amor y Occidente describe así el mito de Tristán e Isolda: «Tristán e Isolda no se aman. Ellos mismos lo han dicho y todo lo confirma. Lo que aman es el amor, el hecho mismo de amar. Y actúan como si hubiesen comprendido que todo lo que se opone al amor lo preserva y lo consagra en su corazón, para exaltarlo hasta el infinito en el instante del obstáculo absoluto, que es la muerte».

Mucha gente vive la pasión política como los románticos viven la pasión amorosa: «soñada como un ideal y no temida como una fiebre maligna». Entienden pasión, no como padecimiento, sino como apasionamiento. La política se convierte, para esas persona, en la posibilidad de lograrlo todo, y de hacerlo en términos absolutos de perfección y de pureza. Esas personas están enamoradas de la idea de que con la política se puede construir una sociedad ideal por encima de las circunstancias históricas o de las debilidades humanas.

Su fe, su compromiso, su entrega apasionada a esa idea, tiene como condición que nunca se vean en la necesidad de llevarla a cabo, que nunca tengan que poner en práctica la tarea de mejorar la sociedad en los términos en los que, en su opinión, la política puede hacerlo. Son personas que podrán dedicar toda su vida a la defensa de sus convicciones, aguantarán los mayores reveses, resistirán todas las derrotas imaginables, podrán soportarlo todo, salvo la victoria. Para esas personas ganar es decepcionante. Porque ninguna victoria es lo suficientemente grande para producir el cambio que ellos sueñan, la victoria política siempre tiene límites y su paraíso no los tiene.

Generalmente, las personas poseídas por esa pasión romántica por la política tienen problemas a la hora de elaborar programas o elegir líderes. Es difícil traducir el paraíso a las medidas concretas de un programa, y es difícil hacer un programa sin medidas concretas. Y lo mismo ocurre con los líderes. Cuanto más se conocen los líderes más se van definiendo, y toda definición resulta limitante. Dante sólo vio una vez a Beatriz, y no habló con ella; probablemente si hubieran hablado un par de veces, Dante no hubiera escrito La Divina Comedia.

Esta semana el señor Rivera se ha desnudado por dentro, y esa es demasiada definición para quienes piensan que el mejor líder es aquél sobre el que no sabemos nada. Menuda decepción. Rivera, como otros igual que él, es ahora víctima de la misma lógica que antes lo había encumbrado tan vertiginosamente. En su Fisiología del matrimonio, Balzac hablaba del burgués que ya sólo podía desear a su mujer imaginándola su amante. A los románticos de la política española les está pasando lo mismo, pero al revés. En cuanto escuchan un par de veces hablar a los señores Iglesias o Rivera, no pueden dejar de imaginarlos como políticos al uso. “¿Casarse con Tristán?, menudo muermo”. Ellos no deberían sorprenderse, porque ese es también su juego. Viven de los grandes problemas y de las soluciones imposibles, con las soluciones posibles hacen lo que están haciendo ahora en el Parlamento de Andalucía.

Publicado en el diario SUR el 17 de mayo de 2015

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