Skip to content

Mi voto inamovible

29 marzo, 2015

Uno de los fenómenos más curiosos de nuestra democracia es la relación que tenemos, en general, con el Centro de Investigaciones Sociológicas. No tengo ni idea de cómo sería la relación de los griegos con el Oráculo de Delfos, pero seguro que hay algún parecido. Salvo que los poderosos de la antigua Grecia sobornaban a los encargados del Oráculo, y el CIS y sus presidentes no se dejan sobornar, si es que alguien lo ha intentado alguna vez.

Viendo el uso que algunos medios de comunicación hacen de la sociología electoral para manipular las conciencias de los ciudadanos, las prácticas del CIS deberían ser obligatorias para todos los que publican encuestas. Por ejemplo, desde que fue presidenta del organismo Belén Barreiro, el CIS ofrece gratuitamente los microdatos de sus encuestas para que cualquiera pueda explotarlos por su cuenta. Y con ocasión de las elecciones andaluzas, Felix Requena, el actual director, puso los microdatos a disposición del público antes de las elecciones. Si a alguien no le gusta la cocina, puede hacer la suya.

Saber lo que harán seis millones de votantes el 22 de marzo preguntándole a tres mil personas cinco semanas antes, tiene sus riesgos a pesar de las maravillosas leyes de la estadística. Pero la verdad es que el CIS, y las demás casas de encuestas, en general, han hecho bien su trabajo.
El CIS pronosticaba un 35% para el PSOE y el resultado fue del 35%; un 26% para el PP y el resultado fue de un 27%. Un 7% para IU y obtuvo un 7%. Ciertamente los pronósticos para Podemos estaban 4 puntos al alza y los de Ciudadanos 3 puntos a la baja de los que luego obtuvieron. Pero también es verdad que el trabajo de campo de la encuesta del CIS se inició a final de enero y se acabó el 17 de febrero y las elecciones se celebraron el 22 de marzo. Y en el momento político tan volátil en el que estamos lo sorprendente es precisamente los pocos cambios que se produjeron durante las semanas de campaña electoral.

De modo que a uno se le ocurre sacar una primera conclusión y es la cantidad de palabras que gastamos comentando la campaña y los debates para descubrir que a la postre no han cambiado nada. Al final, querido lector o lectora, va a pasar con los electores lo mismo que nos pasa a los parlamentarios: que los discursos que escuchamos en el hemiciclo rara vez cambian nuestro voto. Horas de tertulia apasionada en los medios de comunicación, columnas y más columnas en los periódicos, mítines y reparto de octavillas, carteles y pancartas, días y esfuerzos sacrificados en el altar de un demos que ya tenía tomada su decisión.

En esta democracia de audiencia tendemos a olvidarnos con frecuencia de que la campaña no puede sustituir al producto. La realidad de tres años de política y de políticas, incluso en un momento de extraordinaria volatilidad como el actual, no se puede sustituir por un cartel electoral, por bueno que sea. Alguna vez le he oído decir a mi admirado José Luis Zárraga que, con frecuencia, las campañas solo sirven para recordarnos que hay elecciones. Aunque no siempre.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 29 de marzo de 2015

One Comment
  1. 29 marzo, 2015 13:17

    muy acertado

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: