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Razones para ganar

21 febrero, 2015

Muchas personas le dan vueltas a las razones por las que una mayoría de ciudadanos y ciudadanas sienten desafección por algunos partidos en particular y por la política en general. Estoy convencido de que no hay una única causa que explique ese fenómeno, pero también lo estoy de que una de las más importantes es la falta de autenticidad de los partidos y de los políticos. Los ciudadanos nos reprochan, no sin razón, que nos parezcamos poco a nosotros mismos, que seamos bastante distintos a lo que decimos ser, y que no practiquemos lo que predicamos.

Si algo nos caracteriza a los socialistas es nuestro compromiso democrático. Mientras que para otros la democracia es una carga, nosotros siempre la hemos considerado un motor. No sólo porque la democracia nos da legitimidad, sino porque es una fuente de conocimiento, de proximidad a la gente; condición necesaria, aunque no siempre suficiente, para tomar las mejores decisiones. La democracia entendida como un sistema de elección, por supuesto; pero también la democracia entendida como una ética, como una forma de vida pública. La democracia para elegir a nuestros candidatos y a nuestros gobernantes; la democracia para elaborar nuestros programas, para deliberar antes de la acción; la democracia tan buena puertas adentro de los partidos como puertas afuera. Los socialistas podemos discutir los candidatos, los programas, pero no podemos discutir la democracia como forma de elegirlos, porque entonces nos estamos poniendo en cuestión a nosotros mismos. Nos estamos desacreditando.

Es cierto que la verdadera democracia tiene muchas formas legítimas, nos gusten más o menos. Pero cualquier demócrata sabe reconocer el límite entre lo que es democrático y lo que no lo es. Por eso los que nos invitan a saltarnos los procedimientos democráticos no pretenden engañarnos, no niegan que lo están haciendo, sino que nos ofrecen mejores resultados. Pero cuando sacrificamos las garantías democráticas a los resultados estamos contaminando esos resultados. Decía el poeta Juvenal: «y por salvar la vida perdisteis los motivos para vivir». Si sacrificamos la democracia a la victoria, es posible que obtengamos una victoria, pero no será nuestra victoria. Ni será la victoria de la gente que nos vota, sino la de quienes nos torcieron el brazo, la de quienes nos convencieron de que sacrificáramos nuestra identidad al éxito. Su éxito. Y quienes ganan en esas condiciones lo saben. Saben a quién se deben, y si se les olvida, sus patronos no tardan en recordárselo. No es un tema menor, porque la política es precisamente la lucha entre esos poderosos patronos y el demos.

Los socialistas, como demócratas experimentados, sabemos bien que la función del liderazgo está expuesta a los golpes y a las tentaciones del establishment, a ser cooptada o a ser destruida. Como ciudadanos de una democracia mediatizada nos sentimos sobre aviso de la construcción artificial de un liderazgo. Sospechamos prudentemente de un candidato que nos muestran lleno de virtudes. Sin embargo, ingenuamente, no nos paramos a pensar que los malos candidatos también pueden ser construidos artificialmente. Quizá porque nos hemos vuelto cínicos, y pensamos que solo el mal es de verdad. A veces esa destrucción y esa construcción de la reputación de las personas son tan evidentes que resultan obscenas. Uno asiste atónito a la demolición del compañero que ha luchado con valentía en un combate asimétrico, dentro y fuera del partido, contra poderes mucho más fuertes que él y que cada uno de nosotros individualmente. Cuesta trabajo creer que los mismos que han destruido su imagen hasta desfigurarle el rostro nos adviertan que no debemos elegir a un candidato con tantas cicatrices. Resulta humillante incluso que te ofrezcan a alguien que lo reemplace, precisamente porque está intacto. ¿Pero quiénes son los que no tienen cicatrices en este tiempo? ¿A quiénes han respetado los poderosos? ¿Nos defenderán igual frente a los poderosos los que no tienen ninguna herida? ¿O dentro de unos años, en el caso que gobernemos, la gente nos reprochará que, cuando gobernamos, no resultamos ser quienes decíamos ser? ¿No es eso lo que desalienta a nuestra sociedad ahora?

Quizá porque los socialistas sabemos que nuestra lucha es esencialmente asimétrica, que consiste en ponerse por sistema de parte del débil, sabemos que al cabo de un tiempo nuestros candidatos no están muy guapos, por decirlo metafóricamente. Que después de fuertes campañas negativas, su reputación ha sufrido injustamente. Pero nos mantenemos a su lado. Por eso, aunque al establishment que nos corteja no le gusten los líderes con cicatrices son ellos y no otros los que ganan en nuestras elecciones internas. Porque los conocemos, y porque además de los medios de comunicación, también el partido, con sus estructuras, media en ese conocimiento que tienen los militantes de los dirigentes. Nunca he creído que la decisión de una cúpula dirigente a la hora de decidir candidatos y programas, mediante unos instrumentos supuestamente científicos, valga más que la decisión de los miles de afiliados de esa organización. Llamar endogamia a la democracia interna de un partido político no es más que una forma poner en cuestión la autonomía política de ese partido. Porque hay algo más endogámico que la decisión de quince o veinte mil personas, y es la decisión de cuatro o cinco.

A estas alturas algunos han terminado descubriendo a Podemos, si no en su ideología, sí en su metodología. Cinco tipos espabilados que gozan del favor de algunos medios de comunicación, a los que les estorban las estructuras de participación política de los partidos, porque lo que quieren es la ratificación plebiscitaria de una multitud dispersa de espectadores y consumidores. Confían en que la victoria les dé la razón, pero en política la victoria sólo nos da el poder. Hasta Maquiavelo, si los escuchara, se escandalizaría.

Publicado en Infolibre el 20 de febrero de 2015

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