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Después de veinte años

1 febrero, 2015

A Martín

Han pasado veinte años. Mi amigo era jornalero y alcalde de su pueblo. Lo acusaron de haber participado en el llamado fraude del Plan de Empleo Rural (PER). Eran años de mucho paro, como estos. Para recibir la ayuda del PER había que haber trabajado 60 peonadas al año. Hay fronteras que se establecen sobre un accidente natural, como un rio o una cordillera. Otras son un meridiano o una raya en un mapa. Legalmente tienen la misma validez, pero las rayas se saltan o se mueven más fácilmente. Sobre todo, en caso de necesidad. Las 60 peonadas tenían ese carácter contingente de la raya en el mapa. Como muchas personas no llegaban a esa cifra de peonadas, cambiaron las leyes rebajando el requisito.

Pero antes de que se cambiaran las leyes, algunas personas iban a ver a mi amigo a la alcaldía, o a su casa, o lo abordaban en la calle o en la plaza; les faltaban seis peonadas, tres, cinco, y le pedían completarlas en trabajos para el ayuntamiento. Un hombre acusó a mi amigo de que, cuando el ayuntamiento ya no podía pagar esos trabajos, firmó peonadas por trabajos que no se habían realizado. Hubo más casos en más pueblos y hubo más alcaldes que, como mi amigo, fueron condenados. En el caso de mi amigo las pruebas nunca estuvieron claras. Se trataba de trabajos de limpieza de montes; y cada año, después de haberlos limpiado, la maleza, como es su costumbre, volvía a crecer en aquellos montes. Pero algunos jueces son muy sensibles al clima, al clima social me refiero, y también al hecho de haber comido o no. No es un reproche, sino una constatación. Y entonces el clima social estaba marcado por lema que el presidente Aznar y el PP, todavía vírgenes, habían instalado en la conciencia colectiva: paro, despilfarro y corrupción. Pasado el tiempo, y visto lo que hay, ahora uno ya no sabe si aquello era una denuncia o su programa.

Por cierto, que el hombre que denunció a mi amigo era un seguidor del señor Anguita, que entonces estaba en lo de la pinza y el sorpasso. Aquél hombre no podía aceptar que lo bueno, lo bello y lo justo no siempre vayan juntos, y que eso nos desgarre. El radicalismo no entiende bien la vida. El radicalismo, dice Laclau, como el populismo, son formas políticas, más que contenidos. Por eso Aznar y Anguita se entendían tan bien. En nombre de ese radicalismo de ideales puros, entregaron a mi amigo en las manos muy humanas de unos jueces que lo condenaron a la pobreza perpetua y no revisable.

En la sentencia, los jueces hablaban de que mi amigo no se había lucrado, pero que había ayudado a sus vecinos con la intención de obtener rédito electoral. Les dio igual que mi amigo hubiera perdido las elecciones. No pudiendo juzgar otra cosa, juzgaron sus intenciones. Cuento todo esto porque la juez Alaya sostiene que los EREs fraudulentos se hicieron para obtener réditos electorales. Los datos no lo demuestran, pero con un clima tan propicio ¿a quién le importa la epistemología? Veinte años no es nada, excepto para mi amigo, a él y a su familia se les han hecho muy largos.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 1 de febrero de 2015

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