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El gorila de Willis

30 noviembre, 2014

En nuestro país somos muy respetuosos con las ideas de los demás, me atrevería a decir que las consideramos sagradas, es decir, que ni las tocamos. ¿Para qué discutir las ideas de nadie, piensan muchos, si podemos acabar previamente con la reputación de la persona que las defiende? No es un comportamiento muy ético, pero tengo que reconocer que resulta bastante eficaz a corto plazo.

Todavía recuerdo mi perplejidad cuando, en las pasadas elecciones, escuché a un joven candidato que se reclama comunista, y por ende marxista, afirmar como elemento esencial de su argumentación, que “esta crisis es una estafa”. Puedo entender la expresión como una queja, ¿quién no diría, a veces, que “la vida es una estafa”? Sobre todo después de que te hayan ocurrido cosas terribles e injustas. Pero eso no es un análisis. Reducir la crisis a una consecuencia exclusiva de la inmoralidad de determinadas personas es insultar la memoria de Marx. Claro que ¿a quién le va a importar la memoria de Marx si los que la insultan son los que se dicen sus seguidores?

Ni siquiera esa izquierda, heredera de una tradición que trata de explicar los fenómenos de la explotación económica como consecuencia de lógicas estructurales, intenta entender y explicar esas lógicas. “¿Para qué tanto esfuerzo?”, te dicen, “si la prensa y la gente se conforman con una historia moral”. De modo que todo el debate político sobre los problemas económicos y sociales de España ha sido sustituido por un juicio moral sobre sus dirigentes, un juicio siempre urgente y sumario.

No sé, igual todo esto no es más que una manía de un profesor de sociología, pero después de diez años en el Congreso tengo la sensación de que muy pocas personas quieren enterarse de lo que, de verdad, ocurre allí y con el poder político en general. Los cuestionarios que nos envían los investigadores universitarios y las preguntas de los periodistas, con honrosas excepciones, siempre se dejan fuera lo que realmente importa. Al menos lo que importa para quien lleva una buena temporada haciendo algo bastante más intenso que eso que en el argot de las ciencias sociales llamamos “observación participante”.

Y hablando de observación participante, Paul Willis, en su magnífico libro Aprendiendo a Trabajar, subtitulado Cómo los chicos de clase obrera logran trabajos de clase obrera, transcribe la historia que le contó un joven obrero: de niño, visitando el zoo con su padre vieron que había mucha gente concentrada frente a la jaula del gorila y que, de vez en cuando, se escuchaba una sonora carcajada colectiva. El padre se esforzó en ponerse en primera fila para ver mejor lo que ocurría, y lo que vio fue que el motivo de la risa es que el gorila bebía agua y se la escupía al que estaba el primero. El muchacho contaba que su padre, después de que el gorila le escupiera, “se puso detrás de la gente, esperando que algún otro imbécil se pusiera delante”.

Algunos apenas si acaban de llegar a la primera fila y ya se están quejando del gorila.

Publicado en el diario SUR el 30 de noviembre de 2014

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