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Sin nombres

23 noviembre, 2014

A mi amigo y a su mujer, que descansó ayer para siempre.

El lunes, mientras cenaba con mi familia, los presentadores del programa de la noche dedicaban toda una hora a contar las torpezas de un popular presidente autonómico a la hora de explicar sus viajes. El populismo es lo que tiene, que un día todo el mundo se da cuenta de que el líder está desnudo, y entonces todo da mucha risa y mucha vergüenza ajena. El presidente se enredaba en sus palabras, incapaz de explicar lo que él mismo es incapaz de comprender.

Me levantó de la mesa la llamada de un amigo, mi antiguo compañero de pupitre, que me dice: «no sabía a quién llamar, y te he llamado». Él dejó de venir a clase a mitad de sexto de bachiller, allá por 1976. Tuvo que ponerse a trabajar, y trabajó. Llegó a tener una empresa de treinta trabajadores, todos con contrato. Calculó bien las fuerzas de su empresa, pero mal la duración de la crisis, y lo perdió todo. A veces le pedía que me llevara a algunos pueblos en mis visitas como diputado, lo invitaba a comer y, en un descuido suyo, le dejaba en la guantera del coche el dinero para llenar el depósito. Él me perdonaba esa ofensa.

Unos de esos días, después de que mi amigo me dejara en la estación, casi milagrosamente, me encontré en el AVE a un antiguo y valioso alumno. No lo veía desde hacía casi veinte años. Charlamos un buen rato y me contó que trabajaba como ejecutivo de una multinacional que acababa de instalarse en la provincia. Le pregunté si necesitaban personal, y resultó que algunas de sus necesidades coincidían con el perfil de mi amigo. Se quedó con su teléfono, lo llamó y lo contrató a tiempo parcial. Un año más tarde me escribió: «me hiciste un regalo, más que un colaborador, es un hermano mayor para mí».

Hace un año le detectaron una terrible enfermedad a la mujer de mi amigo. Desde hace dos meses ella está en cama, ya en su casa, sin poder moverse. Mi amigo no puede, ni quiere, separarse de su lado, y está preocupado por su trabajo. Su jefe, mi antiguo alumno, le ha dicho que tranquilo, que lo primero es su mujer. Pero mi amigo sabe que su jefe tiene otros jefes. El lunes me llamaba, preocupado, para pedirme consejo. Gana 616 euros mensuales.

El mismo lunes, un periódico publicaba que un dirigente político de un nuevo partido lleva tiempo cobrando unos 1800 euros mensuales de la universidad a cambio de un trabajo, no presencial, equivalente a cuarenta horas semanales. Como el presidente autonómico al que aludíamos, el nuevo dirigente no ha sido capaz de explicar lo que no es capaz de comprender, y se ha apresurado a dejar su contrato con la universidad, aunque no su cargo en la política. Mi amigo no puede alejarse de su lugar de trabajo; el nuevo dirigente político no tiene ni que acercarse al suyo. Se dirá que no es exactamente el mismo trabajo; pero, con razón o sin ella, muchas personas, en la política y en los medios de comunicación, han convertido la situación de mi amigo, y de las personas como él, en la medida de todas las cosas. Con esa comparación avivan el fuego de la indignación, y esa comparación lo destruirá todo, también a ellos.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 24 de noviembre de 2014.

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