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La democracia del espectáculo

26 octubre, 2014

En una entrevista de marzo de este año, el filósofo coreano alemán Byung-Chul Han hacía la siguiente afirmación: «La transparencia que se exige hoy en día de los políticos es cualquier cosa menos una demanda política». En efecto, según el filósofo, lo que mueve a la gente no es el compromiso cívico por comprender y fiscalizar los procesos de decisión de los políticos, sino el espectáculo pornográfico de ver su intimidad completamente desvelada.

La publicación de los datos de las llamadas tarjetas negras de Bankia ha alimentado la democracia del espectáculo. De todos los comentarios que he oído y leído sobre el tema, el que me ha parecido más digno ha sido un artículo de mi admirado Ignacio Sánchez Cuenca en el que analizaba los gastos que se habían realizado con esas tarjetas en función de la ideología de los propietarios de las mismas. Así, por ejemplo, los miembros del PP y la patronal han gastado relativamente más que los demás en flores y joyas. Los representantes de IU y CCOO han gastado más, en términos relativos, en restaurantes de lujo y discotecas. En tanto que los del PSOE y la UGT han gastado más en productos culturales, libros, discos y películas. Con toda esa información Sánchez Cuenca ha hecho un inteligente estudio de sociología del consumo.

Sin embargo, más allá de mostrarnos la intimidad de estas personas, el detalle de los datos publicados no nos aporta información política útil para entender por qué han ocurrido estas cosas y cómo evitarlas en el futuro. ¿Qué nos aporta a ese respecto saber que tal consejero de Caja Madrid compró flores a la una y media de la mañana? Probablemente alguien incluso nos llegue a decir que, si el dinero gastado ha sido obtenido de manera ilegal o inmoral, todos tenemos derecho a conocer hasta el último detalle. La desnudez como una especie de espontáneo anticipo popular al castigo que determine la justicia; y, sobre todo, como una forma de entretenimiento.

Pero ese argumento es solo una excusa. La democracia del espectador no necesita siquiera que una persona haya hecho algo ilegal o inmoral para mostrarla desnuda. De hecho hace unos días leí que un catedrático de derecho sostiene que los medios de comunicación tienen derecho a publicar una foto robada de la enfermera Teresa Romero en su habitación «habida cuenta del enorme interés público que despierta esta persona». La cuestión debería ser ¿qué tipo de interés público ilustra la exposición de la intimidad de una persona?

Hoy tenemos una ingente información sobre la intimidad de los directivos de Bankia, pero con toda esa información lo mejor que podemos hacer es un artículo de sociología del consumo. Lamentablemente los procesos de toma de decisión que llevaron a la ruina a muchos de sus impositores, al paro a buena parte de sus empleados y a todos nosotros a aportar miles de millones de euros para su rescate, siguen siendo opacos; pero eso no forma parte del espectáculo. Y en la democracia del espectador lo único importante es que siga el espectáculo.

Publicado en los diarios SUR y El correo el 26 de octubre de 2014

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