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Dies irae

12 octubre, 2014

El viejo sindicalista era un tipo duro, y puro. El honorable presidente era un hombre virtuoso, y duro. La dureza y la pureza suelen ir unidas en nuestro imaginario, juntas las vemos como algo bueno: un diamante. El puro tiene una bula para su dureza que no le aceptamos al corrupto, o sencillamente al que es normal y corriente, es decir, susceptible de corromperse.

Poco antes de su muerte, Robespierre afirmó: «si el resorte del gobierno popular en tiempos de paz es la virtud, el resorte del gobierno durante la revolución son, al mismo tiempo, la virtud y el terror, la virtud sin la cual el terror es mortal, el terror sin el cual la virtud es impotente». Sus principales biógrafos afirman que Robespierre era un hombre virtuoso, un revolucionario honesto y bienintencionado. Aunque pocos de esos biógrafos justifican el periodo del Terror que él instauró y que se llevó por delante la vida de miles de personas, incluida la suya. Tengamos paz Zizek, lejos de mi intención justificar a los corruptos de cualquier bando.

Mucha gente se siente doblemente defraudada cuando descubre que aquel sindicalista o aquel presidente, duros como el acero, no son puros. Esas personas se sienten defraudadas, como nos sentimos todos, porque el sindicalista o el presidente se corrompieron. Pero esas personas también se sienten defraudadas de una manera distinta a la que nos sentimos defraudados otros. Esas personas comprendieron y toleraron comportamientos inaceptables porque venían de hombres puros, aceptaron comportamientos que hubieran combatido de haber procedido de otras personas. Al caer la justificación de la virtud, en esos comportamientos que ellos consintieron y avalaron, aparece ahora el autoritarismo, el egoísmo y el capricho, duros y nada puros. Ahora ellos, además de defraudados como todos, se sienten secretamente contaminados.

Volviendo a Robespierre, las personas virtuosas no suelen ser nada partidarias del terror, sin embargo los que usan el terror (material o simbólico) en política suelen enarbolar con frecuencia la bandera de la virtud. Por eso cuando veo que alguien que aspira al poder político exhibe mucho sus votos de honestidad, humildad y pobreza, tiendo a mirarlo con bastante inquietud. Mi inquietud crece cuando, en lugar de a explicar su programa de gobierno, dedica la mayor parte de su discurso a hablar de su propia estatura moral y de la vileza de los contrarios. Me inquieta porque, cuando esas personas alcanzan el poder y no son capaces de cumplir sus promesas políticas, tienden a compensar su fracaso ejerciendo un mayor rigor moral sobre sus sociedades. Cuantas más dificultades encuentran para acabar con los parados, más se centran en exterminar a los corruptos. La caza del corrupto se convierte así en un alivio moral para el parado, y hasta en un entretenimiento, hasta que pedir empleo se convierte en un acto contrarrevolucionario, es decir, en un acto de corrupción.

Estos son tiempos para nuevos savonarolas y robespierres, hombres y mujeres muy virtuosos y austeros; que no quieren dinero, solo quieren el poder. Ese tipo de poder que permite purificar una sociedad corrupta. El paro ya tal.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 12 de octubre de 2014

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