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Consultar el arreglo

3 agosto, 2014

El Centre d´Estudis d´Opinió (CEO) de la Generalitat de Cataluña hace regularmente una encuesta a la sociedad catalana. Una de las preguntas que formula la encuesta es una escala de identidad territorial en la que se ofrecen cinco opciones: “sólo español, más español que catalán, tan español como catalán, más catalán que español y sólo catalán”. La inmensa mayoría de la sociedad catalana se concentra en tres posiciones de la escala: “tan español como catalán” con un 31%, “más catalán que español” con un 26%, y “sólo catalán” con un 29%. Así que, de estar dividida en dos comunidades, la sociedad catalana no lo estaría entre una comunidad nacional española y una comunidad nacional catalana, sino que en todo caso lo estaría entre catalanes que se sienten españoles y catalanes que no se sienten españoles.

Para una sociedad así, el Estado Autonómico supuso un arreglo institucional inteligente. No solo entre Cataluña y el resto de España, sino, sobre todo, entre las dos supuestas comunidades de catalanes. Por un lado, ese modelo, o uno federal, permite amplias cuotas de autogobierno para que quienes se sienten catalanes pero no se sienten españoles puedan preservar su identidad, a la par que también permite que quienes se sienten a la vez catalanes y españoles sigan unidos al resto de los españoles. Las dos comunidades de identidad nacional ganan algo con el arreglo y ninguna lo pierde todo. La propuesta de los independentistas no mejora ese arreglo, sino que lo empeora drásticamente.

La mencionada encuesta del CEO dice que los partidarios de la independencia son casi la mitad de los entrevistados. Lo cual significa que de haber un referéndum es difícil saber quién ganaría, pero lo que es seguro es que perdería mucha gente. Con cualquier resultado perdería la mitad de la sociedad catalana. Y no de la manera en que se pierden unas elecciones entre partidos, es decir, con la esperanza de volver a intentarlo dentro de cuatro años, sino de una manera desconocida hasta ahora. Suponiendo que ganara el sí, los gobernantes de una Cataluña independiente tendrían que afrontar su tarea de construcción de un Estado nacional sabiendo que habrían obligado a romper sus lazos nacionales con el resto de los españoles a la mitad de la población catalana. Y los independentistas, que tanto saben de la importancia de la identidad nacional, comprenderían lo traumática que habría resultado su exigencia de ruptura con el resto de los españoles para la otra mitad de los catalanes. Encontrarían entonces que no solo habrían roto con el resto de España, sino que, sobre todo, habrían roto su propia sociedad.

No hace falta ser un político de primera fila, de esos que hacen la historia, para darse cuenta de que, en estas condiciones, con un acuerdo en Cataluña, sobre todo entre catalanes, ganaría mucha más gente que con una votación.Y no porque haya que tener miedo a una votación, sino porque, en todo caso, y pese a la última mala experiencia del Estatut, lo democrático y más prudente sería consultar el arreglo en lugar de arreglar la consulta.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 3 de agosto de 2014

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