Skip to content

Cabalgando un tigre

6 julio, 2014

Aprendí el significado del concepto de casta en la asignatura Estructura Social, en las clases de dos magníficos profesores, Juan José Castillo y Lorenzo Cachón, una asignatura que años más tarde me tocaría explicar a mí. Todavía recuerdo aquellas lecturas fotocopiadas de la trilogía «Clase, status y poder» de Lipset y Bendix, una trilogía que me compré en cuanto gané dinero; el libro de Nicole Laurin-Frenette sobre las teorías funcionalistas de las clases sociales; y, por supuesto, «Poder político y clases sociales en el Estado capitalista» de Nicos Poulantzas. Los leía como si fueran novelas, tal era mi entusiasmo por aquellos asuntos.

A diferencia de la clase social que es relativamente porosa, de modo que uno puede ascender o descender de clase, la casta es cerrada. Uno nace en ella y muere en ella. Y si tiene la fortuna de nacer en una casta privilegiada mantendrá su privilegio de por vida y se lo transmitirá a sus hijos. Así que en una sociedad que se tiene a sí misma por liberal y meritocrática, la existencia de una casta repugna a la sensibilidad de cualquiera. En 2007 unos periodistas italianos, Antonio G. Stella y Sergio Rizzo, escribieron un libro titulado «La casta» en el que se explicaban los privilegios de los políticos italianos. Dos años más tarde un periodista madrileño, Daniel Montero, escribiría la versión española. En todo caso la cuestión es que aquellos libros acuñaron un término, que Max Weber usaba para describir la estratificación social en la India, para referirse a los políticos de las democracias occidentales. Y claro, ya que uno se pone, procura que la realidad encaje en el concepto, aunque tenga que retocarla un poco. Recuerdo que leí que el libro decía que el presidente Zapatero viajaba de vacaciones con 100 personas. Me sorprendió bastante, porque alguna vez lo visité con mi familia durante las vacaciones y debieron esconderse casi todos los que le acompañaban, porque yo vi a muy pocas personas, pero muy pocas. En todo caso su idea es atribuir los sueldos y condiciones de unos pocos a todos, del presidente del gobierno hasta el último concejal del último rincón de nuestra geografía.

De modo que hasta el PP llegó a creerse lo de la casta y a punto han estado de quitar a varias decenas de miles de concejales que, por cierto, no cobran, pero que aportan un importante valor a sus comunidades. Nada más que hay que pasearse con uno de ellos por su pueblo para comprobar el servicio que hacen a su comunidad y el valor que costaría su trabajo en el mercado. Porque cuando usas conceptos como el de casta, ya te animas y lo estiras hasta romper lo que sea, la realidad por ejemplo.

Algunos, leyendo «La razón populista» de Ernesto Laclau, descubrimos que un enemigo claro y un nombre vacío pueden articular a mucha gente dispersa en un mundo social tan fragmentado como el nuestro. En mis conversaciones con Pepe Saturnino Martínez pensábamos que la casta es el capital financiero. Pero otros, que también se dicen de izquierdas, han decidido que es mucho más fácil lanzar al pueblo contra sus representantes. Contra todos sus representantes. Solo porque pueden, ya lo creo que pueden. Ahora cabalgan un tigre. Y lo malo de cabalgar un tigre es que cuando te bajas, te come. Y, en democracia, a diferencia del sistema de castas de la India, te descabalgan de la noche a la mañana.

Publicado en los Diarios SUR y El Correo el 6 de julio de 2014

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: