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De la inteligencia de los cajeros automáticos

27 abril, 2014

Dicen los expertos en memoria que no tenemos que alarmarnos por olvidarnos de dónde dejamos las llaves, o por buscar el móvil por toda la casa al mismo tiempo que lo tenemos pegado a la oreja mientras le decimos a un amigo que saldremos en cuanto encontremos el dichoso teléfono. Al parecer, que nos pasen estas cosas es bastante normal, porque son una consecuencia de la capacidad de nuestro cerebro para realizar algunas actividades en automático, lo que nos permite, por ejemplo, conducir y mantener una conversación al mismo tiempo (incluso a los varones). El precio que pagamos por tener esa capacidad es que, en ocasiones, no recordemos haber adelantado a un camión que hacía un rato iba por delante y ahora vemos por el retrovisor.

Hace tiempo me contaron cómo consiguieron que olvidáramos con menor frecuencia las tarjetas bancarias en los cajeros automáticos. La gente llevaba la cabeza en que tenía que sacar tal o cual cantidad de dinero, la sacaba, y con el tema resuelto se iba tan contenta dejando la tarjeta a medio salir en la ranura del cajero. Generalmente la persona que las encontraba solía entregarla en las oficinas, pero a veces no, y se producían las molestias propias de perder la tarjeta bancaria.

Consejos, amonestaciones y pagos por pérdida de la tarjeta, fueron algunos de los mecanismos con los que se trató de poner coto a la desmemoria de los usuarios de los cajeros. Pero el cerebro humano es como es, y la memoria funciona como funciona, así que alguien pensó que ya que no podemos poner más memoria, ni más atención, ni más inteligencia en el cerebro humano, sí las podemos poner en el cajero. Y no pudiendo cambiar la naturaleza humana (ni siquiera ellos), los bancos cambiaron el orden por el que los cajeros automáticos dan el dinero y la tarjeta. Desde entonces los cajeros no te dan el dinero hasta que no retiras tu tarjeta. De hecho, algunas veces no te acuerdas de que cogiste la tarjeta, pero puedes estar seguro de que la cogiste, porque de lo que no te olvidas es de tu propósito inicial, que es recoger el dinero, al menos con tanta frecuencia como te olvidas la tarjeta. Naturalmente hay quienes se siguen dejando la tarjeta y hasta el dinero, pero son menos que antes.

Viene todo esto a cuento de que, en ocasiones, si bien no podemos cambiar la naturaleza humana, incluido el funcionamiento del cerebro, sí podemos hacer más inteligentes los procedimientos y las instituciones. Mucha gente está convencida de que no tenemos políticos suficientemente preparados. No lo voy a discutir, pero en el escaño de mi derecha tengo a un médico, en el de mi izquierda a un ingeniero, en el de delante a un catedrático de física, y en el de detrás a un economista. Siempre podremos elegir a gente más honesta, mejor formada y más inteligente todavía, pero no bastará. Creo que tenemos más margen para mejorar la inteligencia de la política que la de los políticos. Es necesario transferir inteligencia a los procedimientos y a las instituciones, como hicieron los bancos con los cajeros. Eso, o cambiar la naturaleza humana.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 27 de abril de 2014

One Comment
  1. 30 abril, 2014 0:29

    José Andrés: Esta será de las pocas veces en las que tomar ejemplo de los bancos pueda ser razonable e inteligente. A ver si somos capaces de cambiar los procedimientos y a las instituciones allí donde es evidente que no funcionan. Citaré el ejemplo del voto exterior, donde el voto rogado (puesto en marcha en 10 meses de subcomisión parlamentaria) está lastrando la participación desde hace ya más de 3 años, ante la desolación oficial de todos pero sin que las cosas cambien. Un abrazo.

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