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Dolor con partido

2 marzo, 2014

En el Congreso de los Diputados, como en la vida en general, algunas de las cosas más interesantes ocurren al final de la sesión. El pasado martes, a eso de las diez menos diez de la noche, cuando terminaba la primera jornada del debate del estado de la nación, se produjo una interesante controversia entre el Presidente Rajoy y la líder de UPyD sobre el uso de la pobreza infantil como objeto de pugna política. Le decía la señora Díez al señor Rajoy: “dice usted además que no ha hablado de esa cuestión porque no quiere que se utilice en el debate político. Me parece una ofensa, qué quiere que le diga. Hablar de los problemas no es utilizarlos”. A lo que el presidente Rajoy le replicó: “cuando habla usted de la pobreza infantil lo único que le voy a decir es que mejor no entro en su intervención sobre este asunto. Véase usted a sí misma en televisión”.

Es fina la línea que separa la voluntad de denunciar el sufrimiento,de la voluntad de aprovecharse políticamente de ese sufrimiento. Claro que algunos extienden la sospecha incluso a aquellos que, sencillamente, tratan de ayudar a quienes pasan por dificultades. Según esa filosofía, no se podría hacer políticas sociales so pena de ser acusados de buscar el “voto cautivo” de la gente que las necesita. Es lo malo de exagerar.

En todo caso, uno no puede negar la evidencia de que hay ocasiones en que se hace un uso espurio del dolor humano para sacar beneficio político. Supongo que el presidente Rajoy creyó identificar esa intención en el gesto de la señora Díez y por eso le pidió que se mirara en la televisión. He de confesar mi frecuente torpeza a la hora de ver las malas intenciones en la cara de la gente, quizá porque, en general, para reconocer esas intenciones en la cara de los demás, debemos tenerlas antes en nuestro propio cerebro. Así que deberíamos ser capaces de establecer algún criterio algo más objetivo para juzgar si la denuncia del sufrimiento humano responde a la solidaridad más noble o a un interés más egoísta. Sin olvidarnos de que un seguidor de Mandeville nos diría que la mejor ayuda es la más interesada.

De hecho, después de que los terroristas asesinaran a Tomás y Valiente, estuve llamando durante unos días a un admirado profesor para asegurarme de que tenía protección antiterrorista. Ese profesor había escrito un libro en el que fundaba la ética en cierto razonable egoísmo. De broma, y en alusión a su libro, le dije: «mi verdadera razón para preocuparme por ti era puramente egoísta: quiero poder seguir disfrutando de tus escritos». A lo que él me dijo: «¿ves cómo tu interés interesado me da más seguridad que si fuera desinteresado?».

Cuando veo al presidente Rajoy y a la señora Diez competir entre ellos en su solidaridad con las víctimas del terrorismo, y poner en duda la solidaridad de todos los demás, y a pesar de esforzarme mucho, nunca he conseguido ver sus verdaderas intenciones. Seguro que ellos dos sí las pueden reconocer en la mirada del otro cuando hablan del terrorismo, de sus víctimas y de la unidad de España.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 2 de marzo de 2014

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