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El cliente y la razón

16 febrero, 2014

Estoy seguro de que si el amable lector o lectora de esta columna escucha a alguien decir: «mi jefe lo sabe todo y tiene siempre razón», pensará que se trata de un cínico o de un pelota. Sin embargo tendemos a no pensar lo mismo cuando escuchamos alguna vez a alguien, sea un político, un periodista, o un amigo, decir: «el pueblo tiene siempre la razón», o «el pueblo nunca se equivoca». La frase no nos choca porque, por un lado, parece que decir lo contrario es no ser un buen demócrata, y por otro, porque el que la escucha forma parte de ese magnífico sujeto que nunca se equivoca: el pueblo. En fin, que uno forma parte del jefe. Pero la democracia es el régimen político en el que el pueblo, el demos, tiene el poder, el krátos. Y una cosa es tener el poder y otra muy distinta es tener la razón o el conocimiento. Es verdad que, a efectos prácticos, muchas veces el poder es un sucedáneo bastante eficaz de la razón, sobre todo para el que tiene el poder. Pero no es lo mismo.

Le propongo a la lectora o al lector de esta columna que considere el siguiente caso. Si la dependienta de unos grandes almacenes le dice que una chaqueta, o una falda, no le quedan bien, y usted decide llevárselas de todos modos, y la dependienta le dice con una sonrisa forzada eso de «el cliente tiene siempre la razón». ¿Creería usted que la chaqueta, o la falda, le quedan perfectas, o se iría con la mosca detrás de la oreja? Su poder, adquisitivo en este caso, le permite llevarse la prenda, e incluso el reconocimiento, entre cínico y pelota, del comerciante, pero el poder que le ha permitido comprar la chaqueta no le ha permitido comprar la razón. El comerciante le ha vendido la mercancía, pero la razón no se vende, la razón se la ha dado como a los tontos, o como a los poderosos.

Es posible que si cualquiera que tiene un poder, tuviera también bien claro que ese poder no es necesariamente razón o conocimiento, usara su poder de manera más sensata. Pues bien, en nuestra democracia hay demasiados cínicos y pelotas que le dicen al pueblo que siempre tiene la razón, en lugar de decirle que lo que tiene siempre es el poder, y que con el poder hay que tener mucho cuidado, porque puede uno terminar comprándose una mayoría absoluta que luego le aprieta como unos zapatos dos tallas más pequeños de los que necesita.

No debería considerarse una ofensa decir que una mayoría se ha podido equivocar, sin embargo nos resistimos a hacerlo. Es más, aunque pensemos que la mayoría cometió un error, solemos buscar un culpable que la exonere de cualquier responsabilidad. Así, y ya parece un chiste, he oído a alguno culpar al presidente Zapatero de la mayoría que ahora tiene el presidente Rajoy, en lugar de responsabilizar a quienes, en el ejercicio libre y consciente de su derecho, votaron al PP.

Pensar que, sin otra institucionalidad, la simple agregación de decisiones de voto en la democracia, o de compra en el caso del mercado, produce automáticamente un sujeto consciente, sabio y bueno, es una ingenuidad. Y afirmarlo, hasta una tomadura de pelo.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 16 de febrero de 2014

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