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Memoria, olvido y democracia

12 enero, 2014

Ayer se inauguró el Monumento en Memoria de las Víctimas de la Guerra Civil en el Cementerio de San Rafael, un monumento sufragado con aportaciones de las administraciones públicas y de la sociedad civil a través del gran trabajo de la Asociación contra el Silencio y el Olvido y por la Recuperación de la Memoria Histórica de Málaga. Se sorprende uno mismo de la cantidad de pensamientos que lo asaltan en actos como el de ayer. Imposible parar el cerebro en su ir y venir. Por momentos uno piensa en los días de la Guerra Civil, en las personas que, en aquel mismo espacio, caían bajo los disparos de sus victimarios. En su miedo y en su valor, en su desesperación y en su serenidad, en su humillación y en su grandeza. Uno piensa en las distintas horas en las que fueron fusilados y en las distintas luces que vieron por última vez. En la temperatura que hacía el día concreto de su asesinato, quizá frío como ayer, o paradójicamente fuera uno de esos días de atmósfera tan sensual que tiene Málaga, ese clima que te hace pensar que no, que no hay otro paraíso, que este es el paraíso del que no quieres irte a ninguna parte.

Allí, frente a la blanca pirámide de mármol de Macael, el pensamiento volvía veloz desde los días de la Guerra a los debates de la llamada Ley de la Memoria Histórica, de la que fui ponente por el Grupo Socialista del Congreso. Me venía a la memoria la llamada de María Teresa Fernández de la Vega, entonces Vicepresidenta del Gobierno, un sábado por la mañana, mientras paseaba por la Ciudad Universitaria de Madrid con mi hijo adolescente, para encargarme la defensa del proyecto de ley. En la Ciudad Universitaria luchó Diego, el marido de María Camacho, de Yunquera. El hombre que me enseñó a leer tantas tardes cuando volvía del campo. Y solo después de que Felipe González ganara las elecciones de 1982 pude ver que, tras su foto de boda, había otra foto, guardada durante cuatro décadas, con Diego vestido de soldado de la República. Así que si ahora soy profesor de la Complutense fue, en parte, gracias a un joven que arriesgó su vida y perdió su libertad cuando mi campus universitario era su campo de batalla.

Mientras se cogían de mi mano los niños de Enrique Benítez, parlamentario andaluz, y veíamos volar una paloma que soltaron al final del acto, me vino a la mente un dato: en 2008, después de que aprobáramos la ley, el CIS hizo una encuesta sobre el recuerdo de la Dictadura y la Guerra Civil. Se preguntaba a los entrevistados si sabían con qué bando estuvieron sus familiares. Entre los mayores de 65 años, un 23% declaraban que con los nacionales y un 25% con los republicanos. Entre los menores de 24 años, un 12% declaraba que su familia estuvo con los nacionales y un 25% con los republicanos. Seguro que el amable lector o lectora reparará en la asimetría entre el recuerdo de los jóvenes y los mayores. Desde luego la democracia que hicieron nuestros padres ha hecho su trabajo. Y también lo ha hecho el caprichoso olvido, tan justo en ocasiones.

Publicado en el diario SUR el 12 de enero de 2014

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