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Los Juegos del Hambre

5 enero, 2014

Siempre he culpado de mi afición a la ciencia ficción a mis amigos ingenieros del Colegio Mayor San Juan Evangelista, aunque también debo reconocer la influencia mucho más previa de Julio Verne. Sin embargo Asimov, Bradbury o Arthur C. Clarke pertenecen, para mí, a la vida del Johnny y a mis largas conversaciones con Juan Miguel Márquez y José Agustín París, dos brillantes telecos que también sospechaban que la vida era algo más que la rutina académica. Aquellas historias nos sacaban de nuestras pequeñas habitaciones para ver y vivir otros horizontes. Al final de aquella etapa de mi vida corresponde una soberbia novela, El juego de Ender, que este año ha sido llevada al cine. No la he ido a ver. Sin embargo, aprovechando las fiestas, sí he visto con mi familia la segunda parte de Los juegos del hambre, basada en la novela homónima de Suzanne Collins.

La película, y la novela, narran la historia de una sociedad postapocalíptica dividida en trece distritos en cada uno de los cuales se eligen por sorteo cada año a dos jóvenes, chico y chica, para ser enviados a unos juegos que consisten en una lucha a muerte de todos contra todos hasta que sólo quede uno. El que gana es elevado a la categoría de héroe y pasa a disfrutar de honores y privilegios en una sociedad muy cruel y desigualitaria.

Tanto en la selección de los jóvenes concursantes como en el combate entre ellos impera un estricto sistema de igualdad de oportunidades. En todo lo demás la sociedad es profundamente desigual. Dirigida por un presidente que es en realidad un dictador, en la que está extendida la pobreza, es común la brutalidad policial, y una televisión no menos brutal ocupa el ocio de la gente, la sociedad que describe la película es una exageración distópica de los peores rasgos de nuestra sociedad.

Viendo la película me pasó lo contrario que en mi juventud. En lugar de hacerme salir de la pequeña habitación del Colegio Mayor, la película me llevó a ella. A los esfuerzos que hacíamos muchos jóvenes de clase obrera por conseguir y mantener la beca del Patronato de Igualdad de Oportunidades. A las oposiciones y a todos los ejercicios de competición a los que obliga la ideología meritocrática.

Siempre sentí que había algo tramposo, y que lo sigue habiendo, en la ideología de la igualdad de oportunidades cuando se aplica en sociedades desigualitarias. Que la igualdad de oportunidades en esos casos funciona como un mecanismo de legitimación de la desigualdad social. El sistema funciona perversamente: se pueden reducir tanto como se quiera las oportunidades, pues la legitimación sigue produciéndose siempre que todo el mundo tenga una oportunidad. Algo así es lo que está haciendo el gobierno con nuestro sistema de becas. A menos becas, y apelando a la cultura del esfuerzo, hasta consiguen más legitimidad para el sistema. Encima lo moralizan. Por suerte, en la película, algunos de los triunfadores no creen que la justicia de su triunfo haga legítimo el orden social.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 5 de enero de 2014

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