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Visto de otra manera

6 octubre, 2013

En la mitología política medieval se creía que la salud del rey y la salud del reino estaban ligadas, y que la salud física del monarca determinaba la prosperidad del reino. No, no voy a relacionar la cadera del rey con la prima de riesgo. Además, habíamos quedado en que el culpable de todo, absolutamente de todo, es el presidente Zapatero. No parece necesario inventar nuevas tonterías, cuando las viejas todavía funcionan perfectamente.

Si traigo a colación el viejo mito medieval del “doble cuerpo del rey” es porque me parece una buena metáfora de otra relación. La que existe entre la salud política de representados y representantes. La idea surgió mientras paseaba durante este verano con un buen amigo filósofo. Inevitablemente la conversación terminó recalando en el desprestigio de la política y de los representantes. Así que, de pronto, le dije: «cuando la gente lo está pasando tan mal uno no puede esperar que lo traten bien».

Mi amigo lo interpretó en el sentido de la solidaridad del representante con el representado, que obligaría al representante a correr exactamente la misma suerte que el representado. Aunque no estoy seguro de que los abogados compartan esta idea con mucho entusiasmo. Así que traté de explicarlo mejor: «lo que quiero decir es que si representas a gente vulnerable, que ha perdido su empleo y su casa, que ve peligrar su pensión, no puedes esperar que te traten bien; pero si representas a gente muy poderosa, entonces seguro que te tratan con respeto y se cuidan de meterse contigo».

Al comienzo de Gladiator, la película de Ridley Scott, las tribus germánicas devuelven el cuerpo del emisario de los romanos atado a su caballo, por un lado; y por el otro, les tiran su cabeza como si fuera una pelota. Los germanos ni aceptan la autoridad de los romanos, ni están dispuestos a someterse a ellos, así que no se sienten, ni a la fuerza ni de grado, obligados a respetar la integridad del representante romano. Los romanos interpretan bastante bien lo que les espera y, desde luego, no se ponen a jugar a la pelota con la cabeza de su emisario.

No pretendo convencer a nadie de que la razón del desprestigio de la política y de los políticos sea otra que la ya establecida: la incompetencia para prevenir y resolver la crisis, por un lado; y la corrupción, por el otro, son la explicación que uno no debe discutir. Sin embargo, casi nadie ha dicho nada de los errores de predicción de los economistas que asesoraron a los políticos desde ámbitos de poder económico que se han reservado corporativamente para ellos, ni de su incapacidad para ofrecer salidas. Tampoco casi nadie ha dicho nada de los corruptores, ni del sistema que los produce. Porque en esta sociedad no te machacan cuando eres culpable, sino cuando eres vulnerable. Por esa razón, y sin eximir de culpa a nadie, quizá los ciudadanos no deberían fiarse demasiado de los que juegan a la pelota con la cabeza de sus representantes, porque es solo un anticipo de lo que van a hacer con ellos.

Publicado en el diario SUR el 6 de octubre de 2013

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