Skip to content

Pesas y medidas

29 septiembre, 2013

He dejado pasar un tiempo para escribir sobre Lincoln, la película de Spielberg. Con el cine me pasa lo mismo que con el ordenador, todo mi conocimiento cabe en esa expresión tan clarificadora: «a nivel de usuario». Aunque si uno lo piensa un poco, hay que ver la cantidad de cosas que solo conocemos a nivel de usuario. Cosas tan importantes como la amistad, el matrimonio, la paternidad; por ejemplo, uno no estudia para ser hijo, eso se aprende con la práctica.

Por cierto, que me llamó mucho la atención en la película el contraste dramático entre lo bien que Lincoln se comunicaba con su país y lo mal que se entendía con su hijo. Se ve que la vida es bastante más complicada de lo que imaginamos, y que las mismas cualidades, según el contexto, son una bendición o una desgracia. Aunque estas cosas se entienden mejor en la vida que en las películas o en los libros. Dicho con todo el respeto y toda la pasión por los libros y las películas; que, todo sea dicho, la verdad es que mejoran mucho nuestra comprensión de la vida.

Una de esas enseñanzas, de la película y de la vida, es la que se sigue de las dificultades que crean los abolicionistas más radicales a la victoria de sus propias ideas. El mundo está lleno de idealistas, llenos de pureza, que hacen imposible cualquier avance real de sus propios ideales. Lo más difícil, en un debate parlamentario, o de cualquier tipo, no es decir todo lo que uno quiere, sino contenerse y decir lo que le conviene a la causa que uno defiende.

Con todo, lo que más me llamó la atención de la película de Spielberg fueron ciertas reacciones a la historia que contaba: la compra de los votos de una veintena de congresistas, que organizó Lincoln al final de la Guerra de Secesión, para conseguir que la Cámara de Representantes aprobara una enmienda a la Constitución destinada a acabar con la esclavitud. La compra no se produce con dinero, sino con puestos de trabajo, y los congresistas a los que se dirigen son aquellos más vulnerables, es decir, los que van a perder su escaño.

La cuestión es que hay quien se escandaliza de que un hombre tan honesto como Lincoln recurriera a una maniobra tan sucia, como es la compra de votos, incluso para un objetivo tan elevado como acabar con la esclavitud. En la Guerra de Secesión murieron en combate casi un cuarto de millón de soldados, jóvenes de veinte años que eran hijos de alguien, de alguien que un día los vio partir con el terror de que fuera para siempre y nunca los vio volver. Jóvenes como el propio hijo de Lincoln, al que su padre se niega a dejar ir a la guerra. No he leído que ningún moralista, de esos que se escandalizan con las turbias maniobras políticas de Lincoln, diga nada del precio que supuso aquella guerra, quizá porque una guerra debe parecerle a esa gente un medio más noble para acabar con la esclavitud que la compra de veinte votos. Y luego hablan de los políticos. Quizá todos debiéramos calibrar nuestro sistema de pesas y medidas.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 29 de septiembre de 2013

One Comment
  1. 29 septiembre, 2013 18:32

    Los poseedores de la verdad me dan mucho miedo, esto es los idealistas, si son radicales, y no desean contrastar con los demás. El discurso parlamentario es un arte, que pocos saben realizar, es bueno saber decir lo que u no quiere con lo que conviene al momento. Por eso parlamentarios con buena predica ha muy pocos. Otros, tambien muy pocos, saben expresar por escrito ideas muy claras, concisas y concretas, esto tambien es un arte.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: