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Esclavistas, sí; pero demócratas

22 septiembre, 2013

Hace muchos años, en otro milenio, viví una divertida escena en una asamblea de la facultad. Protestábamos por algo, seguro que con razón, pues éramos jóvenes y muchos, dos buenas razones para tener razón. Acudió a la asamblea una vicedecana, buena conocedora de la historia del pensamiento político. La profesora sostenía que, en lugar de asambleas y huelgas, debíamos usar los cauces de participación institucional que teníamos a nuestra disposición, reprochándonos nuestra escasa participación en los procesos electorales. Entonces un joven, que había sido alumno suyo, le dijo a la profesora: es que nosotros somos partidarios de que los cargos se sorteen en lugar de elegirlos, como tú nos enseñaste en tus clases que hacían los antiguos griegos. La profesora, llamando al estudiante por su nombre, le dijo: «recuerda que los griegos tenían esclavos». A lo que el estudiante, tocado por los dioses, le contestó: «los esclavos eran cosas para los griegos, si es necesario, que entren en el sorteo los bancos en los que nos sentamos y las mesas en las que escribimos».

La profesora cayó en su propia trampa. Incapaz de dar una respuesta política satisfactoria para defender la elección respecto al sorteo, trató de desacreditar moralmente a quienes practicaban el sorteo diciendo que no serían tan buenos como ejemplo, si tenemos en cuenta que eran esclavistas. Introducir argumentos morales para desacreditar las ideas políticas del contrario es una práctica usual, sin embargo no es justa ni intelectualmente aceptable. En el caso que nos ocupa, además, tanto el sorteo como la elección eran formas de selección de cargos políticos en la antigua Grecia, así que si la práctica del esclavismo servía a la profesora para desacreditar el sorteo, el mismo argumento la llevaba a desacreditar también la elección. Eso es lo malo de la demagogia, que te da el gato de la moral por la liebre de la política; lo bueno, no obstante, es que funciona bastante bien. Y hay muchos que cuando se quedan sin argumentos frente a las ideas del contrario lo primero que hacen es tratar de acabar con él, cívica o físicamente, según la costumbre social.

Hoy, además, la corrupción, sirve para ocultar las malas políticas. Basta que alguien grite «¡corrupción!» Para que nuestras inteligencias salgan en estampida y nos dejen solos a merced de los demagogos, como salía la gente en estampida, cuando Paul Newman gritaba «¡fuego!» en mitad de un cine, en Cortina rasgada.

Aquel día, en la asamblea de la facultad, muchos estudiantes se quedaron sin saber por qué era mejor la elección que el sorteo. ¿Debían renunciar a una buena idea porque la hubieran pensado y puesto en marcha unos hombres capaces de esclavizar a otros? ¿O podían examinar la idea de manera independiente, abstrayendo lo que no formaba parte de la esencia de la misma? Aquel estudiante hizo, con razón, lo segundo; pero se quedó sin saber por qué la democracia seleccionó históricamente la elección frente al sorteo. Y no solo él, por desgracia para nuestra democracia.

Publicado en el diario SUR, el 22 de septiembre de 2013

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