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El mal de la banalidad

18 agosto, 2013

Hace unos días fui a ver, con mi mujer y mi hijo, la película de Margarethe von Trotta sobre Hannah Arendt. Hacía un calor de esos que derriten el asfalto y hace que se peguen la suelas de los zapatos al suelo. Y quizá fue por esa razón por lo que llegamos cuando acababan de apagar las luces de la sala. Así que me tuve que reír cuando, en la penumbra, vi levantarse a Manuel Borja Villel, el director del Reina Sofía, para dejarnos pasar a mi familia y a mí. «Ya es casualidad. El mundo de las películas en versión original es un pañuelo», le dije en un susurro; mientras él, divertido, me reconvenía por llegar tarde.

Al salir, ya con luz y calor, coincidimos en que nos había gustado a todos. Cuando mi familia empezó a bromear con mi devoción a Hannah Arendt, les conté que fue Salvador Giner el que me puso en su pista hace muchos años y he procurado no perderla. Salvador Giner fue discípulo directo de ella, así que no pude evitar imaginar que uno de aquellos estudiantes que la escuchaban en la película era el joven llegado de España y que muchos años después yo conocería ya consagrado y prestigioso catedrático de Sociología. Por un rato pensé que Barbara Sukowa, la actriz que protagoniza la película era Miss Arendt, y que yo también estaba allí, sentado al lado de Giner, en el Chicago de 1963, participando de toda aquella batalla filosófica y política sobre la banalidad del mal.

Me gusta vivir la vida con los libros, no sustituyéndola por libros, sino acompañándola con libros. El libro de Arendt sobre el criminal nazi Eichmann, el burócrata y buen padre de familia, nos ilustra, con los rasgos más brutales de la tragedia, sobre lo que ocurre en una escala mucho menos terrible en la vida de todos los días, incluso en la vida de una democracia avanzada como la nuestra. Gente que hace todo lo que tiene que hacer, menos hacerse preguntas. Gente que dice: «yo hago lo que me mandan», y lo hace a conciencia, normalmente sin preguntar quién ni para qué lo manda.

Unas veces lo que mandan es vender preferentes a jubilados; otras veces lo que mandan es defender lo indefendible o atacar lo inatacable, según convenga, desde una tribuna institucional, mediática o religiosa; en ocasiones mandan hacer la vista gorda ante un expediente administrativo o buscar los tres pies al gato en un procedimiento judicial; a veces mandan cobrar y no hacer preguntas, o pagar y tampoco hacer preguntas. En todos los casos la clave es no hacer preguntas. Hacer lo tuyo y no meterte en líos. Dejar que todo fluya como siempre.

Un día te enteras de que aquel dinero que financió la campaña de tu partido era el fruto de un cohecho, o que aquella persona a la que humillaste y vejaste desde tu columna, o desde tu cuenta de Twitter, era una persona digna y decente. Ese día tratas de quitarle importancia a lo sucedido, de banalizarlo. Eso es de lo que nos advierte Arendt, no de que el mal sea banal, sino de que la banalidad puede ser muy mala.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 18 de agosto de 2013

3 comentarios
  1. Josu permalink
    18 agosto, 2013 10:22

    Peor todavía es, todo un gobierno planificando bombardeos indiscriminados con napal, que es lo que en ese momento de Chicago en el 63, preparaba el gobierno de los Estados Unidos, para Vietnam…

  2. 19 agosto, 2013 17:54

    El mal, no puede ser banal, es malo , pernicioso y muy peligroso, pues crea hábitos, esto es lo peligroso, que nos acostumbremos a él. Disiento en lo de Democracia avanzada, yo diría incipiente, no solo por los pocos años, además por sus gandes carencias.El dejar hacer y no preguntar era de obligado cumplimie nto en la dictadura y por ello, el PP, intenta imponer estas normas, lo llevan en los genes, son sus muy ilustres herederos, por vía directa, sanguínea y doctrinal.

  3. 20 agosto, 2013 20:51

    El miedo a la verdad provoca q el fundamentalismo y el nacionalismo exacerbado crezca hacia la tentación totalitaria. Mercedes Monmany citando a Safransky hoy en la Tercera de ABC. Pienso yo en la frustración q en cierta medida ha seguido a las primaveras árabes, pero quizá lo podamos aplicar más cerca..” Fin de la (auto) cita.

    Con varias erratas productos del mal manejo del corrector del móvil, ahora corregidas por pudor, ayer compartía algunas palabras en Facebook sobre lo que acababa de leer en el periódico.

    A veces compartir sirve, además de por otras razones evidentes, como recordatorio de algo que me ha interesado. Y ahí dejé mi apunte que en realidad me invitaba a ver la película sobre Hannah Arendt. Judía cuestionando axiomas judíos, a distancia pero con cierta similitud a cuando socialdemócratas, como yo, leemos la Tercera de ABC de vez en cuando, disfrutando con el ejercicio intelectual de confrontar o empatizar con las ideas liberales bien trazadas, o con colaboraciones de nivel…respectivamente.

    Hoy llego a ti por razones bien distintas y me encuentro está casualidad. Y me gusta.

    La razón por la que te busco en Twitter y luego en tu blog no es otra que la de oír tus argumentos. Una amiga con la que he hablado de la magia d ela tauromaquia me hizo llegar hace tiempo un enlace que tenía pendiente visitar. En el vídeo se desgranan argumentos duros por parte de un veterinario abolicionista. Busco tu intervención que comienza empatizando, sensible, … Pero que se corta sin que los argumentos del GS lleguen a escucharse.

    He buscado en el portal del Congreso y no lo encuentro. No sé si hablaste, perdona el tuteo, del choque entre emociones y del sentido ancestral, inexplicable, que supone el toreo.

    En todo caso, en esta tarde agosteña, aunque frustrada en la profundidad, mi mente le da vueltas, porque la mente no para, a cuánto se puede compartir y aprender de esos políticos, todos iguales, según el común triunfante, con tan buena cabeza.. y tan desconocidos por muchos.

    Gracias. Rogelio de la Carrera. La Puebla del Río, pueblo de Morante.

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